La Sociedad de los Elegidos

CAPITULO 4

Llego al apartamento y lo primero que hago es dejar caer las llaves sobre la pequeña mesa junto a la puerta. El sonido metálico resuena en el silencio. Cierro la puerta y permanezco unos segundos inmóvil, con la espalda apoyada contra la pared.

Estoy agotada.

No físicamente, al menos no del todo.

Es otro tipo de cansancio. Uno que parece haberse instalado detrás de mis ojos y que hace que incluso pensar requiera más esfuerzo del necesario.

Me quito el abrigo y lo cuelgo en el perchero de la entrada. Durante unos segundos lo observo.

La fotografía.

La había guardado ahí.

Pero antes de empezar a preocuparme por eso, mi estómago decide recordarme que llevo demasiado tiempo funcionando únicamente con café, adrenalina y decisiones cuestionables.

—Perfecto —murmuro mientras camino hacia la cocina—. Renuncié a mi trabajo y ni siquiera tuve la decencia de hacerlo después de comer.

Abro la nevera.

La luz interior ilumina exactamente lo que esperaba encontrar.

Nada.

Bueno, no exactamente nada.

Hay media botella de leche, una caja de fresas que probablemente ya ha desarrollado una personalidad propia y algo dentro de un recipiente de plástico que no estoy dispuesta a identificar.

Cierro la puerta.

Abro uno de los armarios.

Encuentro una caja de pasta.

La observo durante unos segundos.

Después vuelvo a cerrar el armario.

No tengo energía para cocinar.

Finalmente, encuentro unas galletas y una barra de cereal en otro cajón. No es una cena particularmente digna, pero tampoco ha sido un día particularmente digno.

Me siento en una de las sillas de la cocina y abro la barra.

Entonces vuelve a mi cabeza.

Renuncié.

Me quedo mirando el envoltorio.

He renunciado.

A mi único trabajo.

A mi única fuente de ingresos.

Sin tener otro empleo asegurado.

Sin haber enviado una sola solicitud.

Sin siquiera haber revisado cuánto dinero queda en mi cuenta bancaria.

—Excelente, Elizabeth.

Le doy otro mordisco a la barra.

—Una decisión completamente racional.

Intento convencerme de que he tenido motivos.

Los tenía.

Henderson era un imbécil.

Andrew era incluso peor.

Había pasado meses soportando que me trataran como si mi única habilidad consistiera en servir café y organizar documentos, mientras personas que sabían menos que yo discutían sobre un proyecto en el que apenas me permitían participar.

Eso no era una exageración.

Había tenido razones para irme.

El problema era que tener razones y tener dinero para pagar el alquiler eran dos cosas completamente diferentes.

Apoyo los codos sobre la mesa y me cubro el rostro con las manos.

Quizá podría haber esperado.

Podría haber empezado a buscar otro trabajo primero.

Podría haber aguantado unas semanas más.

Un mes.

Tal vez incluso haber soportado a Andrew el tiempo suficiente para encontrar algo mejor.

Pero entonces recuerdo la forma en que Henderson me había mirado.

Como si años de estudios pudieran resumirse en una etiqueta pegada sobre mi escritorio.

Como si realmente no perteneciera ahí.

Como si las mujeres no tuviéramos un lugar en la ciencia.

Como si todavía tuviéramos que demostrar, una y otra vez, que nuestra presencia en un laboratorio no era un error administrativo ni una concesión hecha por cortesía.

Había aprendido hacía tiempo que, en ciertos lugares, no bastaba con ser buena.

Tenías que ser brillante.

Y, aun así, alguien siempre encontraría una razón para explicar por qué no merecías estar allí.

Siento la misma rabia regresar.

Me incorporo.

No.

No me arrepiento.

Bueno.

Quizá un poco.

Pero no por haber renunciado.

Me arrepiento de no tener un plan.

Había una diferencia importante.

Después de terminar mi improvisada cena, llevo el envoltorio hasta la basura y abro el grifo para lavarme las manos.

Mis ojos se dirigen hacia el perchero.

El abrigo.

La fotografía.

La había guardado en el bolsillo interior.

Estoy casi segura.

Seco mis manos rápidamente y camino hasta la entrada.

Meto la mano en el bolsillo.

Nada.

Frunzo el ceño y reviso el otro.

Después los bolsillos exteriores.

Vuelvo a revisar el primero con más cuidado, pasando los dedos por cada costura como si la fotografía pudiera haberse escondido ahí por voluntad propia.

—No puede ser.

Tomo el abrigo del perchero y lo sacudo ligeramente.

Nada cae.

La fotografía no está.

Durante unos segundos me quedo quieta, mirando el abrigo entre mis manos.

Intento recordar cuándo fue la última vez que la vi.

En el café.

Después de que Olivia atendiera aquella llamada.

La había sacado de mi bolsillo.

Estoy segura.

La había vuelto a mirar.

Luego...

Frunzo el ceño.

No logro recordar qué hice después.

Había guardado la fotografía.

¿Verdad?

La respuesta llega demasiado rápido.




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