Lo primero que siento al despertar es la migraña.
Una presión punzante que parece taladrarme la cabeza desde dentro. Permanezco unos segundos inmóvil, con los ojos cerrados, esperando que el dolor disminuya por sí solo.
No lo hace.
Estiro el brazo hacia la mesa de noche y tomo mi teléfono.
8:03 a. m.
Frunzo el ceño.
Había dormido casi siete horas.
Entonces, ¿por qué demonios seguía sintiéndome como si no hubiera descansado en absoluto?
Dejo el teléfono sobre la cama y me incorporo lentamente, arrepintiéndome de inmediato. El movimiento hace que la migraña se intensifique.
—Perfecto.
Camino hasta el baño arrastrando los pies.
Abro el pequeño botiquín que cuelga junto al espejo y saco las pastillas para la migraña. Trago una con un vaso de agua y me quedo viendo mi reflejo durante unos segundos.
Tengo una apariencia terrible.
El cabello revuelto.
Ojeras.
Labios resecos.
La expresión de alguien que probablemente debería volver a la cama y no tomar decisiones importantes durante las próximas veinticuatro horas.
Por desgracia, mi vida parecía tener otros planes.
Después de unos minutos, decido darme una ducha.
Una ducha larga.
De esas que uno pospone durante demasiado tiempo porque llega a casa cansada, se promete que la tomará mañana y termina repitiendo la misma mentira durante varios días.
El agua caliente comienza a recorrer mi cuerpo y cierro los ojos.
Por primera vez desde que desperté, siento que mis músculos empiezan a relajarse.
Entonces ocurre.
Una imagen.
Borrosa.
Tan rápida que apenas tengo tiempo de comprenderla.
Una habitación.
Oscura.
Una niña pequeña sentada en el suelo.
Abro los ojos de golpe.
El agua continúa cayendo sobre mí.
Permanezco quieta.
¿Qué fue eso?
Intento recordar la imagen, pero cuanto más trato de concentrarme, más borrosa se vuelve. Solo consigo distinguir la silueta de la niña.
Y una extraña sensación en el pecho.
Algo parecido a la angustia.
O al miedo.
No estoy segura.
Cierro los ojos durante un instante.
Nada.
La imagen ha desaparecido.
Exhalo lentamente.
Probablemente era un sueño.
O un fragmento de algún recuerdo absurdo que mi cerebro había decidido inventar mientras dormía.
Después de los últimos días, no me habría sorprendido.
Pero no pienso preocuparme por eso.
No hoy.
Hoy era mi último día en Londres antes de viajar a Budapest.
Mis problemas podían esperar.
Cuando salgo de la ducha, la migraña ha disminuido lo suficiente como para que vuelva a sentirme humana.
Por primera vez en días, incluso estoy de buen humor.
Me visto con unos jeans negros, mis botas de siempre y una chaqueta marrón, gruesa y cálida por dentro, perfecta para el frío de Londres.
Me recojo el cabello en una coleta y observo mi reflejo una última vez.
—Ahora sí soy persona.
Tomo mi bolso, las llaves y salgo del apartamento.
Todavía tenía que hacer algunas compras antes del viaje.
Nada demasiado emocionante.
Algunas cosas que Olivia probablemente consideraría indispensables y que yo había olvidado por completo, porque aparentemente organizar una maleta era más complicado que resolver una ecuación diferencial.
Pero antes de ir al centro comercial, haré una parada.
El gimnasio quedaba a unas pocas calles de mi apartamento.
Había entrenado ahí durante años. No siempre con la misma frecuencia, especialmente desde que mi trabajo en el centro de investigación había empezado a consumir prácticamente todo mi tiempo, pero aquel lugar seguía siendo uno de los pocos sitios de Londres donde mi cabeza conseguía estar en calma.
Además, quería saludar a Ethan.
No lo había visto en varias semanas.
Y, considerando que estaba a punto de desaparecer de Londres durante unos días, probablemente se ofendería si se enteraba de mi viaje por otra persona.
Conociéndolo, incluso sería capaz de hacer drama por eso.
Y no estaba dispuesta a soportar esa conversación por teléfono.
Así que cambié de dirección y comencé a caminar hacia el gimnasio.
Sin pensar en nada que pudiera arruinarme el único día de tranquilidad que he tenido desde hace mucho tiempo.
Porque, aparentemente, ignorar los problemas era mi nueva estrategia para resolverlos.
Una estrategia brillante.
Sin duda
......
El gimnasio estaba casi igual que siempre.
El sonido seco de los golpes contra los sacos, las pesas chocando unas contra otras y alguna playlist cuestionable sonando desde los altavoces.
Empujé la puerta y el olor familiar a caucho, sudor y desinfectante me recibió de inmediato.
Por alguna razón, me resultó reconfortante.
Había pasado demasiados años entrando y saliendo de aquel lugar como para no sentir cierta familiaridad.
—Mira nada más.
Reconocí la voz antes de girarme.
Ethan estaba apoyado contra el mostrador de recepción, con los brazos cruzados y una sonrisa de esas que normalmente significaba que estaba a punto de decir alguna estupidez.
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Editado: 13.09.2026