La Sociedad de los Elegidos

CAPITULO 7

El coche se detuvo frente a un edificio que, a primera vista, ni siquiera parecía parte de un aeropuerto.

No había filas de taxis. No habían personas corriendo con maletas ni pantallas gigantes anunciando vuelos retrasados.

Solo una entrada discreta de cristal, varios vehículos oscuros estacionados frente a ella y un hombre de traje esperando junto a la puerta.
Miré por la ventana.

Luego miré a Olivia.

—¿Dónde estamos?

—En el aeropuerto.

—Eso no responde mi pregunta.

Olivia se desabrochó el cinturón.

—Es una terminal privada.

La miré durante unos segundos.

—Claro.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Te conozco.

—Que molesta eres.

El hombre abrió la puerta antes de que pudiera salir por mi cuenta.

—Señorita Sinclair.

Olivia respondió con un simple asentimiento.

Como si aquello fuera completamente normal.

Bajé del coche y tomé mi bolso.

—¿Y mis cosas?

Olivia comenzó a caminar hacia la entrada.

—Ya están dentro.

—¿Dentro de dónde?

—Del avión.

Me quedé quieta.

—Okay..

Ella se giró.

—¿Qué?

—Sigues respondiendo de forma extraña.

—Y tú sigues haciendo demasiadas preguntas.

—Soy física.

—Eso no es una excusa para todo.

—Funciona bastante bien.

Olivia sonrió y continuó caminando.

La seguí hacia el interior del edificio.

Todo era demasiado silencioso.

Demasiado limpio.

Una mujer detrás de un escritorio levantó la vista al vernos entrar.

—Buenas noches, señorita Sinclair. Todo está preparado.

—¿El vuelo sigue según lo previsto?

—Sí. Podemos despegar en cuanto estén listas.

Olivia asintió.

Seguimos caminando por un pasillo privado hasta llegar a una puerta de cristal.

Y entonces lo vi.

El avión.

No era gigantesco.

Eso, por alguna razón, me tranquilizó.

Pero era elegante.

Discreto.

Blanco, con detalles oscuros en el fuselaje.

Nada ostentoso.

Nada que tuviera que demostrar.

Lo cual, lo hacía parecer aún más caro.

Me detuve.

—¿Ese es el avión?

Olivia me miró.

—No, Elizabeth. Es decoración.

La fulminé con la mirada.

—Muy graciosa.

—Entonces no hagas preguntas absurdas.

Una mujer apareció en la entrada del avión.

—Buenas noches, señorita Sinclair.

—Buenas noches, Margaret.

Olivia la saludó como si se conocieran desde hacía años.

—¿También conoces a la tripulación?

—Si.

En cuanto entré, comprendí algo que no había considerado hasta ese momento.

Olivia no había exagerado.

Mi equipaje estaba allí.

Perfectamente colocado.

Junto a las bolsas que habíamos comprado.

Mi abrigo.

Mi bolso.

Me quedé inmóvil.

Una sensación incómoda me recorrió el estómago.

—Olivia.

—¿Qué?

—¿Quién recogió mis cosas?

Ella se volvió.

—Mi asistente.

—¿Entró a mi apartamento?

—Sí.

—¿Y cómo sabía dónde estaban mis cosas?

Hubo una pausa.

Casi imperceptible.

—Le di indicaciones.

La miré.

—¿Qué clase de indicaciones?

Olivia dejó escapar un suspiro.

—Elizabeth, no vamos a empezar con esto otra vez.

—No estoy empezando nada.

—Bien.

—Solo quiero saber qué sacaste de mi apartamento.

Por primera vez desde que habíamos llegado al aeropuerto, Olivia pareció perder un poco de aquella tranquilidad automática.

Solo un segundo.

—Lo necesario.

La respuesta no me gustó.

Pero antes de que pudiera insistir, una voz se escuchó desde la cabina.

—Señorita Sinclair, estamos listos.

Olivia volvió a sonreír.

—Perfecto.

Lo necesario.

No sabía por qué, pero esa frase volvió a hacer que recordara la llamada.

No me importa. Solo encuentra lo que te pedí.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

Miré hacia la puerta.

Todavía podía bajar.

Podía regresar a mi apartamento.

Comprobar qué habían dejado allí.

Preguntarle a Olivia qué estaba ocultándome.

Pero el avión comenzó a prepararse para partir.

Y, una vez más, tuve la sensación de que las cosas estaban pasando demasiado rápido.

Como si alguien hubiera tomado una decisión por mí mucho antes de que yo siquiera supiera que tenía que elegir.

….

Cuando el avión aterrizó, Budapest apenas comenzaba a despertar.

Abrí los ojos antes de que el avión se detuviera por completo. Durante unos segundos permanecí sentada, intentando orientarme.

La cabina estaba en silencio.

Olivia dormía frente a mí, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado y una manta cubriéndole las piernas. Por primera vez desde que la conocí, parecía completamente ajena a lo que ocurría a su alrededor.

Miré por la ventana.




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