La Sociedad de los Elegidos

CAPITULO 8

Decidí que, por unos días, iba a dejar de intentar entenderlo todo.

No porque hubiera dejado de importarme.

Simplemente había pasado demasiado tiempo buscando explicaciones donde quizá todavía no estaba preparada para encontrarlas. Y si había algo que empezaba a comprender, era que aquel mundo tenía reglas que yo desconocía.

Así que, por primera vez desde que había llegado a Budapest, decidí hacer algo mucho más sencillo.

Encajar.

Aunque solo fuera durante unos días.

Me levanté de la cama y caminé hacia el armario.

Olivia había dejado allí varias prendas antes de que yo llegara. Todo estaba perfectamente organizado, desde los vestidos hasta los zapatos, como si alguien hubiera dedicado tiempo a decidir qué versión de mí debía aparecer durante aquellos días.

Elegí un vestido negro de corte sencillo.

Nada exagerado.

Elegante, pero lo suficientemente discreto como para no sentir que estaba disfrazándome de alguien que no era.

Me puse los zapatos que Olivia había insistido en comprarme y recogí mi cabello frente al espejo.

Por unos segundos observé mi reflejo.

Era extraño.

Seguía siendo yo.

Pero había algo diferente.

Quizá era la ropa.

Quizá el lugar.

O quizá simplemente estaba empezando a comprender que, en ciertos ambientes, la apariencia no era una elección.

Era un idioma.

Y si quería sobrevivir ahí, tendría que aprender a hablarlo.

Tomé el bolso y salí de la habitación.

El hotel estaba mas lleno que hace unas horas.

Había personas entrando y saliendo de los ascensores, empleados caminando en silencio por los corredores y huéspedes que parecían tener algún lugar importante al que llegar.

Nadie parecía apresurado.

Eso era lo extraño.

En Londres, el lujo siempre me había parecido una forma de velocidad. Gente corriendo de una reunión a otra, teléfonos sonando, coches esperando en las entradas.

Aquí era diferente.

Todo parecía ocurrir con una calma estudiada.

Bajé al vestíbulo.

No tuve que preguntar por el coche.

Uno ya me estaba esperando frente a la entrada.

El conductor descendió en cuanto me vio y abrió la puerta trasera.

—Señorita Vane.

Asentí.

—Gracias.

El interior olía ligeramente a cuero y madera. No había pantallas enormes ni detalles innecesarios. Todo estaba diseñado para ser cómodo sin llamar demasiado la atención.

Eso parecía ser una constante en aquel mundo.

Nada gritaba riqueza.

La riqueza simplemente estaba allí.

Observé Budapest a través de la ventana.

La ciudad se deslizaba lentamente detrás del cristal mientras el conductor avanzaba por las calles.

Edificios antiguos.

Puentes.

Luces.

Personas caminando por las aceras.

Pensé en lo absurdo que resultaba estar ahí.

Hacía apenas unos días mi mayor preocupación había sido decidir si debía seguir trabajando en un proyecto que ya no soportaba.

Ahora estaba en esta ciudad que tanta intriga me causaba.

Vestida para una cena con una de las familias más poderosas que había conocido.

Y lo más inquietante era que empezaba a sospechar que nada de esto había ocurrido por accidente.

Apoyé la cabeza contra el asiento.

No.

No iba a pensar en eso.

Esta noche iba a disfrutar.

Aunque fuera solo por unas horas.

Quizá eso también formaba parte de encajar.

El coche finalmente se detuvo frente a un edificio cuya entrada estaba iluminada con una discreción casi absurda.

Miré hacia arriba.

El restaurante ocupaba los últimos pisos.

Las ventanas reflejaban las luces de la ciudad.

El conductor abrió mi puerta.

Luego un empleado se acercó inmediatamente.

—Señorita Vane. La están esperando.

Asentí y entré.

Mientras las puertas del ascensor se cerraban detrás de mí, tuve una sensación extraña.

No era miedo.

Era algo más parecido a la certeza de estar entrando en un lugar donde muchas personas sabían exactamente quiénes eran.

Y donde yo todavía estaba intentando descubrirlo.

El ascensor comenzó a subir.

Piso 27.

Las puertas se abrieron.

Desde el ascensor, pude ver un espacio amplio, silencioso y cuidadosamente iluminado. Las ventanas ocupaban casi toda la pared exterior y ofrecían una vista completa de Budapest.

El Danubio atravesaba la ciudad como una línea oscura bajo las luces.

Era hermoso.

También había algo inquietante en observarlo desde ahí arriba.

Como si la ciudad entera estuviera expuesta.

—Llegas tarde —dijo Olivia.

La encontré junto a una de las mesas.

—Llegue cinco minutos antes.

—Mi madre considera que llegar cinco minutos antes es llegar tarde.

—Eso explica muchas cosas.

Olivia sonrió.

—Ven.

La seguí.

La mujer que estaba sentada junto a la ventana levantó la mirada cuando nos acercamos.

No tuve que preguntarme quién era.

La elegancia de Olivia siempre había parecido natural, casi accidental.

En su madre era diferente.




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