La Sociedad de los Elegidos

CAPITULO 9

Durante unos segundos me quedé frente al espejo observándome. No estaba acostumbrada a verme así. El vestido rojo de seda caía hasta el suelo. Los pequeños detalles bordados y acompañados de diamantes en la parte superior brillaban sobre la tela y hacían que todo pareciera mucho más elegante de lo que me gustaba admitir.
Olivia había escogido el vestido y el collar. La cadena de diamantes rodeaba mi cuello y terminaba en el centro de mi pecho, justo sobre un rubí rodeado de pequeños diamantes. Lo toqué con cuidado.
—Demasiado para una noche —murmuré.
Miré el reloj. 9:20.
—Y demasiado tarde.
La gala comenzaba a las diez. Tomé el perfume y me puse un poco en el cuello. Después acomodé un mechón de cabello que se había soltado del peinado semirrecogido. Por fin parecía que estaba lista. Solo tenía que salir.
Entonces sonó el teléfono.
Fruncí el ceño y me acerqué a la mesa y contesté.
—¿Hola?
Silencio.
Esperé.
Entonces escuché un sonido.
Bip.
Levanté una ceja.
Bip... bip... bip... bip...
—¿Hola?
Nadie respondió.
Miré la pequeña pantalla del teléfono, esperando encontrar alguna falla o algún número extraño, pero la llamada seguía activa.
—¿Quién habla?
Silencio.
Entonces colgué.
Negué con la cabeza. Probablemente el teléfono del hotel estaba fallando. No le di mucha importancia hasta que volví a escuchar el timbre.
Me quedé quieta mirando el teléfono desde el otro lado de la habitación.
Respiré profundamente y contesté.
—¿Sí?
La misma secuencia.
Bip. Bip... bip... bip... bip...
Sentí un pequeño escalofrío.
—¿Quién es?
Nada.
La llamada terminó.
Bajé lentamente el teléfono. Esta vez no pensé que fuera una falla. Había algo en aquellos sonidos. Algo demasiado preciso. Me acerqué nuevamente al espejo, pero ya no me estaba mirando a mí misma. Estaba pensando.
Repetí la secuencia en mi cabeza, no parecía aleatoria. Intenté convertirla en números.
Binario.
Nada.
Probé con una combinación distinta.
Tampoco.
Entonces pensé en Morse.
Cerré los ojos y repetí los sonidos mentalmente. Hasta que las letras comenzaron a tener sentido. 10 Puente.
Abrí los ojos.
—¿Qué demonios...?
Miré el reloj. 9:45. Alguien quería que estuviera en un puente a las diez. El problema era saber cuál. Budapest no tenía exactamente uno. Pensé en el Danubio. En el Puente de las Cadenas. Era el más cercano al hotel y no tenía tiempo para investigar mucho más.
Me puse un abrigo largo para que cubriera el vestido, no quería llamar mucho la atención.
Mi celular empezó a sonar, era Olivia pero no contesté.
No sabía qué podía encontrar en aquel puente. Tampoco sabía quién estaba detrás de los mensajes. Podía ser una trampa y probablemente lo era.
Pero después de todo lo que había descubierto sobre mis padres, no podía ignorarlo. Necesitaba respuestas.
Salí del hotel, el frío me golpeó en cuanto puse un pie en la calle. Durante el trayecto miré el reloj varias veces.
9:52.
9:56.
9:58.
Cuando llegué, Budapest parecía distinta. El Danubio se extendía frente a mí como una enorme masa negra y las luces del Puente de las Cadenas se reflejaban sobre el agua. La estructura parecía aún más imponente desde abajo. Las cadenas, las enormes columnas de piedra y las luces que recorrían el puente le daban un aspecto casi irreal. Miré alrededor pero no había mucha gente, solo una pareja que se tomaba fotografías. Me senté en una banca y esperé alguna señal o que alguien se acercara.
El frío comenzaba a atravesar el abrigo. Miré el reloj. 10:17. Solté el aire lentamente.
—Soy una idiota.
Me levanté.
Quizá aquello había sido una broma y alguien había encontrado la manera de divertirse conmigo. Di unos pasos. Entonces alguien chocó contra mi hombro.
—Disculpe.
Me giré inmediatamente, pero la persona ya se alejaba.
No pude verle el rostro. Bajé la mirada. Había algo en el suelo. Un sobre. Mi respiración se detuvo. El sello era el mismo que había visto en el sobre donde estaba la fotografía de mis padres. Miré hacia donde había desaparecido aquella persona. Ya no estaba.
Lo recogí y abrí el sobre. Dentro había algo envuelto en papel. Era un pin. Me quedé inmóvil. Lo reconocí. Lo había visto antes en la fotografía, era el mismo que llevaban mis padres. El metal tenía un acabado antiguo y oscuro, con un diseño elegante en el centro. Las pequeñas piedras incrustadas reflejaban la luz de las farolas y, aunque parecía delicado, había algo en él que transmitía una extraña sensación de importancia.
Mis manos comenzaron a temblar. Lo giré. Dos letras estaban grabadas en la parte posterior. V.Y. Las observé durante varios segundos. No eran las iniciales de mi padre. Tampoco las de mi madre. Entonces pensé en la fotografía y en las otras dos personas que aparecían en la foto. Sentí un nudo en el estómago.

El celular comenzó a sonar, era Olivia otra vez. Ya eran las 10:30. La había dejado esperando durante demasiado tiempo. Guardé el pin y levanté la vista. Entonces lo vi. Un automóvil estacionado unos metros más adelante. Era extraño que un automóvil estuviera estacionado ahí. Algo en él me resultaba familiar. Creo que lo había visto antes. En el hotel.
Me quedé observándolo durante unos minutos. Las luces del vehículo se encendieron. Quise ver la matrícula, pero el automóvil se marchó antes de que pudiera distinguirla completa. Solo había alcanzado a ver los últimos números: "24".
Sentí que el estómago se me cerraba.

No sabía quién estaba dentro. No sabía si me estaba observando. Y, de repente, todo pareció conectarse. El mensaje, la foto, el pin, las iniciales y ese automóvil que había estado ahí quién sabe desde qué momento. Eran demasiadas coincidencias.
Pero todo era muy confuso y no estaba segura de qué sentía. Por un lado, sentía que no sabía absolutamente nada de mis padres y su vida. Por otro, comenzaba a sospechar algo mucho peor. Que mi llegada a Budapest no había sido una casualidad. Y esa idea me asustaba más que cualquier respuesta que pudiera encontrar.




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