La sombra del primer mes

Capitulo dos

El sol comenzó a descender sobre las amplias colinas de Río Colina, pintando el cielo con tonos naranjas, Audrey pese a su agotamiento, no pudo evitar admirar la luz diferencia de la ciudad de Boston aquí se podía ver de mejor manera.

​Después de desempacar lo esencial, la ansiedad por la cena la golpeó. Se puso un delantal sobre su vestido de viaje, un gesto ridículo de inexperiencia. La cocina era funcional, con una estufa de hierro y una despensa llena de harina, latas y vegetales que no sabría cómo transformar en una comida.

​Justo cuando comenzaba a pensar que hacer con todo eso que tenía sobre la mesa , Ren regresó Escuchó el sonido seco de sus botas en el porche, un ruido que se detuvo cuando Bruto, el perro, se recostó con un suspiro.

​Entró por la puerta trasera. Se había lavado la cara y las manos, pero el trabajo del campo aún se aferraba a su ropa. No se disculpó por la suciedad.

​"El cercado está listo," anunció, mirando a Audrey en la cocina. Ella estaba de pie junto a la estufa, las manos cruzadas.

​"No he... empezado," admitió Audrey. Se sentía patética al lado de este hombre que había pasado el día entero construyendo . "No sé por dónde empezar. Ni siquiera sé dónde están las ollas."

​Ren no se rio, ni la reprendió. Simplemente se dirigió a un armario bajo y sacó una olla de hierro y un par de sartenes.

​"No es necesario que cocine esta noche, Audrey," dijo, con una calma desarmante. "Tenía esto preparado antes de la boda, por si acaso."

​Abrió una lata de carne de res enlatada y frijoles, calentándola rápidamente sobre el fuego. El aroma era simple, reconfortante y humillante para Audrey. Él la había previsto.

​Se sentaron a la pequeña mesa de madera. La única luz venía de una lámpara de aceite en el centro. El silencio no era incómodo, sino pesado; era el silencio de dos desconocidos obligados a convivir.

​"¿Qué tal el viaje?" preguntó Ren, rompiendo el silencio después de que ambos tomaron un bocado.

​"Largo. Y ruidoso," respondió Audrey, sinceramente.

​"Aquí no hay ruido. Solo el viento." Ren tomó su tiempo masticando, sus ojos fijos en la mesa. "Mañana pasaré por el almacén para traer algunas provisiones más. Si desea algo que no sea de la lista básica, puedo conseguirlo."

​Audrey sintió que ese era el momento de la verdad. "Yo... necesito arcilla. Y pigmentos, o al menos un lugar para trabajar. Mis cajas grandes están en la estación. Necesitaré un cobertizo o algo."

​Ren dejó el tenedor. Sus ojos se encontraron con los de ella, y por primera vez, Audrey vio una grieta en su compostura. No era enojo, sino de duda.

​"¿Escultura?" preguntó.

​"Es un pasatiempo que tengo " dijo ella "Me da tranquilidad No dejaré de hacerlo solo porque mi vida... cambió."

​Ren tomó aire. "No he visto arcilla aqui en rio colina , Audrey Pero hay tierra y la tierra de aquí es pesada, difícil de trabajar. No es un material bonito." Hizo una pausa. "Y los cobertizos son para guardar herramientas y grano"

​"El arte no es solo lo bonito," replicó Audrey, dolida por su juicio. "Es la verdad. Si voy a estar aquí, necesito una forma de procesar esto necesito distraerme "

​Ren la miró a través de la penumbra.

​Finalmente, asintió. "Bien. Podemos mirar el viejo establo pasado mañana. Por ahora, hay que comer. Y mañana, hay que empezar a ser la Señora Miller ante Río Colina."

​La mañana siguiente Ren había salido al amanecer para sus primeras labores en la tierra, volviendo a media mañana, limpio y vestido con ropa de trabajo fresca. Encontró a Audrey en la cocina, leyendo un libro, el delantal todavía puesto, pero la estufa fría. Ella no había intentado cocinar, y él no la había presionado.

​"Debemos ir al Almacén General," anunció Ren, sin preámbulos. "Necesito sacar grano para el pienso y usted necesita... bueno, cosas de cocina. Y la gente necesita verla."

​Audrey cerró su libro. "Sí. Ver a la ‘Señora Miller’."

​Ren la miró a los ojos. "Audrey, si va a ser difícil, al menos hagámoslo bien ,Mi madre Mary era muy querida aquí. Si me ven a mí, con... con usted, sin honrar el compromiso, no solo hablarán mal de usted. Hablarán mal de mí, y lo que es más importante, del bebe."

​Audrey sintió un escalofrío. El recordatorio del bebe siempre funcionaba como un ancla para su culpa. "Entiendo. ¿Qué debo decir?"

​"No diga mucho," respondió Ren con una media sonrisa, la primera que Audrey le veía. Era fugaz, pero atractiva. "Solo sonría y déjeme hablar. Mi madre se encargaba de hacerles saber a todos que estábamos bien."

​Minutos después, salieron de la casa. Ren se acercó a la vieja camioneta y luego se detuvo, esperando a que Audrey se acercara.

​"Audrey," dijo, su voz en un tono más bajo. "En Río Colina, cuando un hombre trae a su nueva esposa, le abre la puerta."

​Audrey sintió sus mejillas arder. No por romanticismo, sino por la obligación de la farsa. Ren abrió la puerta por ella.

​El viaje fue corto el Almacén General situado en un cruce de caminos donde se concentraban los pocos negocios y la iglesia.

​Apenas estacionaron, el aire cambió. Tres mujeres que conversaban junto a la entrada se quedaron en silencio absoluto, sus cabezas girando a la dirección de ellos.

​"Aquí vamos," murmuró Audrey.

​Ren le abrió la puerta y luego, con la mano, le tocó levemente el centro de la espalda para guiarla. Era un contacto mínimo, necesario, pero la electricidad del tacto sorprendió a Audrey.

​El almacén olía a café tostado, cuero y polvo. No había un solo rincón que no estuviera ocupado.

​"¡Warren! Creíamos que ya no volverías. ¿Quién es esta hermosa dama?" gritó un hombre mayor desde el mostrador.

​Ren contestl "Buenos días, señor Taggart. Esta es mi esposa. Audrey Miller" Él la acercó un poco más, su mano en la espalda se hizo firme "Nos casamos la semana pasada en la ciudad, antes de que viniera a establecer la casa. Acaba de llegar




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