La sombra del primer mes

Capitulo tres

De vuelta en la casa, en la noche ​Después de la cena el silencio en la sala de estar era más denso que el humo de la chimenea. Ren estaba sentado en el sillón de lectura, pasando las páginas de un manual de agricultura, con la lámpara de aceite proyectando sombras sobre su rostro concentrado. Audrey estaba en el sofá, fingiendo leer un folleto sobre jardinería que había encontrado en el Almacén General.

​Se sentía una presión palpable. Los recién casados, solos por primera vez

​Audrey finalmente bajó el folleto. "¿Su madre era muy querida?"

​Ren tardó un momento en registrar la pregunta. Cerró el manual, dejando el dedo dentro para marcar la página. "Mary Miller sí Era una de las primeras en establecerse aquí Tenía un corazón demasiado grande y se metía en los problemas de todos Por eso la querían

​"El Padre Guillermo me dijo que usted la cuidó," dijo Audrey en voz baja. "¿Que eso fue lo que... retrasó su vida?"

​Ren asintió. "Sí. Necesitaba mis manos en la fábrica y luego aquí. No tuve tiempo, ni dinero, para construir lo que necesitaba, o lo que ella merecía las cosas a veces son así."

​Había una resignación en su voz que a Audrey le dolió. Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando la oscuridad. Podía ver solo la silueta de los árboles y la inmensidad de la noche.

​"Warren," dijo Audrey ¿por qué me aceptó?

​Ren se levantó, ¿A qué viene esto, Audrey?

​"A que no lo veo como un oportunista," dijo ella, girándose. "Mi padre le ofreció esta casa porque pensó que era lo que un hombre de su clase querría" por eso aún no lo entiendo además que no vine sola sino con un bebé el cuál es de otro hombre

​Se acercó a él, manteniendo una distancia respetuosa. "Gracias"

​Ren dio un paso atrás, rompiendo esa frágil proximidad.

​"No me dé las gracias, Audrey Es un trato Usted obtiene la seguridad de que el bebé tendrá un padre y un apellido

​Ren la estudió, y esta vez, su mirada se detuvo en su rostro, en lugar de en la pared detrás de ella. Se podía percibir el esfuerzo que hacía por contenerse.

​"Hay una cosa que debe saber Audrey Aquí la gente habla por eso hay que evitar problemas Pero si usted hace lo que debe, y yo hago lo que debo ellos se cansan y nos dejarán en paz."

​Miró hacia las escaleras que llevaban a la habitación principal Vaya a descansar, Audrey."

​El uso de su nombre, sin el "Señora Miller", era un pequeño gesto de intimidad que contrastaba con su orden de irse a dormir.

​Audrey asintió, recogiendo su folleto. "Buenas noches, Warren."

​Subió las escaleras, y solo cuando estuvo en el rellano, miró hacia abajo. Ren estaba apagando la lámpara de aceite. En el breve destello, pudo ver que él no había regresado a su manual de agricultura Estaba quieto, observándola irse.

​El "Arreglo de Silencio" se había establecido firmemente. Pero al menos, ahora ambos sabían que, bajo esa capa de formalidad, había una profunda honestidad.

La mañana se levantó con un trabajo constante. Ren se fue temprano, y Audrey pasó la mañana lidiando con la casa. Había logrado hervir agua sin quemar nada, lo cual consideró una pequeña victoria.

​Cuando Ren regresó a la hora del almuerzo, no vino de la tierra, sino de la carretera. Había ido al pueblo, pero no para provisiones.

​Entró por la puerta trasera con una caja grande de madera que depositó con cuidado en el suelo. Su rostro estaba sucio de polvo de carretera, pero había una extraña energía en sus ojos.

​"Audrey," dijo, su tono más animado de lo normal. "Estuve en el taller de Silas. No está lejos. Dijo que la vieja tejería está intacta, y que hay arcilla sin tratar, pero es una caminata larga. Y no es seguro para usted sola."

​"Lo entiendo, Warren," dijo Audrey, decepcionada pero no sorprendida. "Me limitaré a dibujar por ahora."

​"No," replicó Ren. "Eso no es parte del trato. Usted necesita su trabajo."

​Ren levantó la caja y se dirigió a la tercera habitación, el cuartito de invitados que quedaba. Audrey lo siguió, sintiendo una punzada de curiosidad.

​La habitación era pequeña, con una ventana que daba a la parte trasera. Ren depositó la caja. Luego, se dirigió a un rincón, donde ya había instalado un objeto que no estaba allí ayer: una mesa de trabajo sólida, de madera de roble, construida con manos de experto. Era robusta y tosca, pero la superficie estaba lijada hasta quedar suave como el vidrio.

​"Ayer me dijo que necesita un lugar para trabajar," explicó Ren, señalando la mesa. "Aquí fuera hace mucho polvo y viento. Este será su estudio."

​Audrey se acercó a la mesa, pasando los dedos por la madera. Era la cosa más útil y genuina que alguien había hecho por ella en toda su vida. No era extravagante como el mármol que su padre compraba, era trabajo.

​"¿Pero de dónde sacó el tiempo?" preguntó Audrey, asombrada. "Estaba cercado la tierra, Warren."

​"Silas tenía algunos tablones viejos que me debían de un trabajo. Los preparé anoche, después de que usted se fue a dormir," dijo Ren, encogiéndose de hombros. "Necesitaba un lugar donde poner esto."

​Ren abrió la caja que había traído. Dentro, cuidadosamente envuelto en lona, había un saco grande de arcilla tratada. No era el material fino de Boston, sino una arcilla densa, de color tierra oscura.

​"Es arcilla de río," explicó. "Es de Silas. Es para ladrillos, no para estatuas, pero es fuerte. Si la mezcla y la trata, servirá para empezar. Silas dijo que hay un horno viejo en el pueblo si la quiere cocer."

​Audrey sintió un nudo en la garganta. Ren había escuchado. Había entendido que su arte no era un capricho frívolo, sino una necesidad. Y había utilizado su propia habilidad para cubrir su falta, sin un solo elogio, solo por la decencia. Era su versión de un acto de amor.

​"Warren," murmuró ella, sin palabras. "Esto... es un regalo. Es mucho."




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