La sombra del primer mes

Capitulo seis

La mañana se arrastró, un vacío frío que Audrey intentó llenar con sus propias cajas desempaquetadas. La casa, aunque sólida, se sentía inmensa y silenciosa sin el trabajo constante de Ren. El hecho de que no hubiera un teléfono —una comodidad que en su mundo era tan básica como el agua corriente— subraya su aislamiento total. Estaba a merced de la radio de onda corta del Padre Guillermo y del correo lento para cualquier noticia del exterior.

​A mediodía, el sonido de un vehículo rompió la quietud. Era Clara, la esposa de Sam, y traía consigo no solo conversación, sino vida.

​Clara entró con una cesta y una sonrisa que era la antítesis de la rigidez de la alta sociedad. "Warren me llamó antes de salir," explicó Clara, desempacando un par de estropajos y jabón de lejía. "Dijo que iba a estar ocupado con ese tractor grande que quiere comprar, y que usted no debía sentirse sola. Además, querida, el primer mes es cuando más apoyo se necesita."

​Clara, que sabía del embarazo y del arreglo, se movió por la cocina con eficiencia. Le mostró a Audrey cómo usar la estufa de hierro sin desperdiciar el combustible y dónde estaban los productos básicos.

​"Warren es un hombre bueno, Audrey. Un hombre de palabra. No se preocupe por el dinero; él ya tiene planes para eso. Su madre, Maybelle, estaría muy orgullosa," le confió Clara, dándole un vistazo afectuoso. "Pero la gente aquí no lo sabe. Su trabajo es ser la esposa de ciudad que lo apoya en sus negocios, no la solterona asustada. Ya verá, en dos días, tendrá más amigas de las que necesita."

​El consejo de Clara era práctico y su compañía, un bálsamo. Le contó a Audrey sobre las pocas jóvenes del pueblo, las actividades de la iglesia y la importancia de los cultivos, que, por supuesto, no estaban pegados a la casa.

​"La tierra de Warren está a unos veinte minutos de aquí," explicó Clara. "Es excelente terreno para grano, pero tiene que trabajarlo solo. Por eso necesita ese tractor grande. Es por ese esfuerzo que lo respetamos."

​Después de un par de horas, Clara se despidió, prometiendo regresar pronto. La casa se sintió ligera y habitable después de su visita.

​Audrey estaba subiendo las escaleras, con el ánimo renovado para ir a su estudio, cuando escuchó un golpe firme y seco en la puerta. No era la llamada de una amiga.

​Abrió la puerta para encontrar a la Sra. Higgins, vestida con su mejor delantal y un plato cubierto. Su expresión era de aguda inspección.

​"Señora Miller," dijo la Sra. Higgins, su mirada escudriñando cada rincón de la sala de estar. "¿Dónde está Warren? Su perro está afuera y los muchachos de Pérez están trabajando."

​Audrey forzó una sonrisa, una de sus mejores sonrisas de cena de caridad en Boston. Recordó la orden de Ren: actuar como una esposa que no quiere que su esposo se vaya.

​"¡Oh, Sra. Higgins, qué placer!" Audrey extendió la mano hacia la mujer. "Pase, por favor. Warren... se fue. Tuvo que ir a la ciudad por un asunto de negocios. Algo sobre un tractor más grande."

​La Sra. Higgins entró, dejando la tarta de manzana humeante en la mesa. "Ya lo sabía. Pero, ¿irse tan pronto? ¿Tan lejos? Una esposa no deja a su esposo irse tan rápido. Y ¿por qué no llamó a mi casa para usar el teléfono? Su madre de Warren siempre me avisaba de sus viajes."

​Audrey puso sus manos sobre el brazo de la Sra. Higgins, fingiendo una intimidad femenina. "¡Ay, es que Warren es tan ambicioso!" suspiró Audrey con un tono teatral. "Él quiere que tengamos un futuro sólido. Me duele terriblemente que se haya ido. Le dije: 'Warren, te extrañaré a cada minuto. Pero sé que es por nosotros, querida. Y por todo lo que vamos a construir en Río Colina, en esa hermosa tierra'."

​Audrey se mordió el labio inferior, fingiendo una vulnerabilidad conmovedora. "Me dijo que vendría Clara, y que le diría al Padre Guillermo que me llame si hay alguna novedad con el viaje. Dice que es la única manera de comunicarse tan lejos."

​La actuación fue brillante. La Sra. Higgins, por primera vez, pareció suavizar su expresión de juicio.

​"Bueno," dijo, con un tono más amable. "Eso es honorable. Warren es un buen hombre. Su madre estaría orgullosa de que haya encontrado una esposa que lo apoye en sus ambiciones. Si lo extraña tanto, debería ir a la cocina y calentarse un poco de té. No es bueno estar triste."

​Audrey acompañó a la Sra. Higgins a la puerta, agradeciéndole efusivamente por la tarta.

​Cuando la puerta se cerró, Audrey dejó escapar el aliento. La farsa se había cumplido. Ahora, con el apoyo de Clara y el éxito de su actuación, el camino estaba libre para el verdadero trabajo: la arcilla y la soledad.




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