La partida de Ren dejó un vacío que Audrey intentó llenar con una rutina forzada. Los días se hicieron largos, marcados por el sol que se movía sobre las amplias colinas y el ruido distante del motor de los hermanos Pérez en las tierras de siembra.
La casa, que Ren había dejado impecable, exigía mantenimiento constante. Audrey tuvo que aprender a encender el fuego en la estufa sin llenarla de humo, a medir el café que compró en el Almacén General y a lavar la ropa a mano en el barreño. Eran tareas menudas que la fastidiaban, pero que la obligaban a concentrarse en el presente. La inactividad era el peor enemigo, pues daba paso a los recuerdos de Boston y a la creciente náusea matutina.
A pesar de su inicial desconfianza, el perro guardián, Bruto, se convirtió en su compañía más constante. El enorme pastor alemán, silencioso y vigilante, seguía a Audrey por la casa. Ella se sorprendió al encontrar consuelo en la presencia del animal. Por las mañanas, Audrey le dejaba comida en su cuenco de hierro y, a cambio, Bruto se acostaba al pie de las escaleras, un protector silencioso que obedecía solo las órdenes de Ren. El animal era una extensión de la nobleza silenciosa de su esposo ausente.
Audrey reservaba las tardes para su propósito. Subía al segundo piso, al estudio. No para trabajar la arcilla sin parar, sino para reflexionar con ella. El material, ahora maleable gracias a la ayuda de Ren, era su único confidente. Sentada en la tosca mesa de trabajo, observaba cómo su embarazo apenas perceptible la obligaba a reconsiderar su vida.
Un día, al limpiar el taller contiguo que usaba Ren, encontró un cuaderno de contabilidad escondido bajo unos trapos. Era un registro meticuloso de sus gastos y sus proyecciones de negocio: las horas que dedicaba a la tierra, el costo del pienso, y una columna de anotaciones con el título "Proyecto Tractor".
Audrey se detuvo en una línea escrita con pulcra caligrafía: Necesidad de capital estable para la provisión familiar (incl. vestuario de invierno para el niño).
El corazón se le encogió. El viaje de Ren no era por codicia, sino por una responsabilidad profunda. Él no estaba construyendo un imperio; estaba asegurando el bienestar de un niño que no era suyo y de una mujer que solo le ofrecía un apellido. El agradecimiento que sentía por él era tan grande, que comenzó a transformarse en algo más complejo: una curiosidad afectuosa sobre la calidad de su carácter.
Ella no amaba a Warren, pero en su ausencia, se dio cuenta de cuánto dependía su nueva dignidad de ese hombre.
Por la noche, Audrey se sentaba junto a la radio, escuchando las noticias lejanas y los programas musicales de la época que apenas lograban romper la estática. La oscuridad en Río Colina era absoluta, solo mitigada por el suave parpadeo de las lámparas de aceite. El silencio amplificaba cada sonido: el viento en los aleros, el leve crujido de la madera, y los latidos silenciosos de su propio corazón, que ahora latía por dos.
Se preguntaba si Ren había logrado su objetivo en la ciudad. Si su ambición se había cumplido. Y, lo más inquietante, si él pensaba en ella con la misma curiosidad reprimida que ella sentía por él.