Habían pasado dos días desde el regreso de Ren. El ambiente en la casa había cambiado. Ren pasaba las noches trabajando silenciosamente en su nueva guitarra, y Audrey trabajaba con la arcilla moldeable que él había traído, aprovechando la tranquilidad de las tardes.
Una tarde, mientras la luz del atardecer se colaba por la ventana del estudio del segundo piso, Audrey estaba sentada en su mesa de roble, concentrada en modelar un jarrón sencillo, una forma utilitaria que desafiaba su inclinación por el arte abstracto. Necesitaba practicar la funcionalidad.
La puerta del estudio se abrió con un crujido suave. Era Ren. Estaba sin chaqueta, la camisa con los primeros signos de una mancha de tierra fresca, y sus manos ya estaban limpias, pero sus ojos denotaban un cansancio profundo.
"Sólo vine a ver," dijo en voz baja, sin moverse del umbral. "No sabía que esto... se podía moldear tan rápido."
Audrey asintió, sin levantar la vista de su trabajo. "La arcilla de la ciudad es tratada. Permite la paciencia, no la fuerza. Estoy practicando formas simples."
Ren se acercó a la mesa, observándola con el respeto de siempre, pero esta vez, había una curiosidad genuina. "Se ve fácil en sus manos."
"No lo es," replicó Audrey, dando el toque final al borde del jarrón. "Requiere precisión. Aquí tiene, un jarrón de arcilla de río Colina, fabricado por una artista de Boston." Dejó la pieza, que parecía sorprendentemente equilibrada.
Ren se inclinó sobre el jarrón. Sus ojos, acostumbrados a juzgar la calidad de la madera y la firmeza del suelo, analizaban la forma. "Es un buen trabajo. ¿Cómo... cómo logra que no se colapse?"
Audrey sonrió, sintiendo que él le daba la oportunidad de ser la maestra por una vez. Su curiosidad por él se intensificó.
"¿Quiere intentarlo, Warren?"
Ren se rió, un sonido grave y raro que hizo que Audrey levantara la mirada. "Audrey, soy bueno con la madera y la tierra, no con cosas delicadas. Soy terrible con esto."
"Precisamente por eso. Venga, siéntese," le ordenó ella, señalando el taburete junto a la mesa. "Si yo puedo aprender a medir la leche y el café, usted puede aprender a modelar un poco de barro."
Ren se sentó con una incomodidad palpable, sus rodillas casi tocando la mesa. Era una imagen absurda: el fuerte granjero en ese pequeño estudio.
Audrey tomó un nuevo trozo de arcilla, la ablandó y se lo puso en las manos. "Primero, tiene que sentirla. Calentar el material. Ahora, solo presión suave y constante. Trate de hacer una forma redonda."
Ren presionó, pero con la fuerza de alguien que araba. El barro se deformó inmediatamente. "Ves. Una roca, no una esfera."
"No con esa fuerza, Warren. Deje de arar," bromeó Audrey. Ella se inclinó sobre él, y en un gesto que era mitad instrucción y mitad impulso, puso sus propias manos sobre las de él.
Sus manos sobre las suyas —la delicada piel de la escultora sobre la piel callosa del granjero— crearon una conexión física inmediata. Ella guio lentamente la presión.
"Así," susurró Audrey, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo. "Ahora, con los pulgares, empuje el centro hacia arriba, pero lento. Es como respirar, no como levantar un saco de grano."
Ren estaba completamente inmóvil bajo su toque. Sus ojos, que antes habían mirado el barro, se levantaron y se encontraron con los de Audrey. La pequeña mirada duró un segundo demasiado. La intensidad de su represión, de su atracción, era un relámpago silencioso.
Audrey sintió la electricidad del momento y se apartó abruptamente, rompiendo el contacto. "Bueno. Así se hace. ¡Ahora sígale!" dijo, con una voz más alta de lo necesario, tratando de ignorar su propia reacción.
Ren, desconcentrado por el repentino silencio, mantuvo la presión pero olvidó la técnica. La arcilla, liberada y amasada incorrectamente, voló de sus manos como una pequeña explosión de barro.
Audrey se quedó paralizada por un instante, luego estalló en una risa clara y genuina, la primera que Ren escuchaba.
Ren se miró las manos cubiertas de barro y luego se unió a su risa, su carcajada era profunda y contagiosa. "Bueno, creo que soy un poco malo en esto, ¿verdad? Nunca voy a construir una estatua de usted, Audrey. ¡Mejor me quedo con el tractor!"
La tensión se había disuelto en el barro esparcido. La farsa matrimonial seguía en pie, pero por primera vez, había risa y calidez en su arreglo.