La sombra del primer mes

Capitulo doce

La noche del lunes, el salón social de Río Colina se llenó de música de cuerda sencilla y el murmullo animado de la comunidad. Ren y Audrey llegaron puntuales, Audrey con un vestido de cóctel de lana que era elegante pero reservado, y Ren con su traje gris perfectamente planchado.

​La asistencia era una declaración pública: los Miller estaban estables.

​Ren hizo las rondas, hablando de las capacidades del nuevo tractor y las posibilidades de los cultivos para la próxima temporada. Audrey, por su parte, intercambió cumplidos con Clara y otras mujeres, manteniendo su sonrisa de "esposa feliz" que había perfeccionado para la Sra. Higgins.

​Pero el centro del baile era el baile en sí. Cuando la música se hizo más lenta, las parejas comenzaron a llenar la pista.

​"Debemos bailar, Audrey," dijo Ren, con su tono pragmático. "La gente lo espera. Es parte de la farsa."

​Ren la tomó de la mano con una formalidad incómoda y la guio a la pista. Él la sostuvo con una distancia notable, sus manos colocadas con cuidado militar en su espalda y su cintura. Ren era un bailarín capaz, con un ritmo sencillo y constante, pero su cuerpo estaba rígido.

​A medida que se movían lentamente, Audrey se sintió extrañamente a gusto en sus brazos. Su presencia era sólida. Ella se permitió recostar ligeramente la cabeza sobre su hombro por un momento, un gesto que era parte farsa y parte alivio.

​Ese pequeño gesto fue suficiente para confundir a Ren.

​Él bajó la mirada, y sus ojos se encontraron con los de Audrey. Por primera vez en público, no había farsa en su mirada; había una pregunta profunda, una tensión. Ren, el hombre del deber, permitió que su atracción reprimida se asomara, y en ese momento, Audrey no se apartó. Ella le devolvió una mirada de estima sincera y curiosidad, una simple aceptación de su compañía.

​Ren se puso visiblemente rígido, su agarre se hizo más firme. La música terminó, y Ren se apresuró a sacarla de la pista, como si se hubiera quemado.

​"Vámonos, Audrey. Ya hicimos nuestro deber," dijo, con la respiración ligeramente agitada.

​De vuelta en la casa, el silencio era ensordecedor. Ren encendió la lámpara de aceite, y la luz cálida llenó la sala. Se sentó en el sofá, exhausto.

​"El baile fue suficiente," dijo, sin mirarla.

​Audrey se quitó el abrigo. "Fuiste muy convincente, Warren. Tu entusiasmo por el tractor es contagioso."

​Ren no respondió. En lugar de levantarse para ir a su habitación, se quedó sentado y, en un acto que parecía impulsado por la necesidad, tomó la guitarra que estaba en el rincón.

​Comenzó a tocar. No era la melodía sencilla de la última vez, sino una pieza más melancólica y compleja. Audrey se sentó a su lado en el sofá, manteniendo un espacio de formalidad entre ellos, codo con codo.

​La música llenó el espacio, una confesión de sentimientos que Ren no se atrevía a expresar.

​Al terminar la pieza, el silencio era casi doloroso. Ren dejó la guitarra a un lado. Se giró hacia ella, y en sus ojos cansados, la confusión se había transformado en una resolución tensa.

​"Audrey," dijo su nombre con una urgencia que nunca le había escuchado.

​Se inclinó lentamente hacia ella, su mano se elevó para tocar su rostro, intentando besarla. Era la atracción, el agradecimiento, la confusión, y el deseo reprimido explotando en un solo gesto.

​Audrey, aunque sorprendida por la intensidad, no sentía el deseo romántico. Su sentimiento era estima y respeto, no la pasión que él buscaba.

​Ella volteó el rostro justo cuando sus labios estaban a centímetros de los suyos. El beso fallido aterrizó en su mejilla.

​Ren se detuvo de inmediato, su mano quedó suspendida en el aire, su rostro se congeló en una mezcla de vergüenza y dolor.

​Audrey se levantó, sintiendo el pánico. "Warren, no. Es muy pronto. No... no estoy lista para eso. Es demasiado pronto. No tenemos..."

​Ella no podía decir 'sentimientos'. Se dio la vuelta rápidamente.

​"Buenas noches, Warren," dijo, y prácticamente huyó a las escaleras, refugiándose en su habitación principal, dejando a Ren solo en la sala, con la guitarra y la farsa rota.




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