La noche del lunes, el salón social de Río Colina se llenó de música de cuerda sencilla y el murmullo animado de la comunidad. Ren y Audrey llegaron puntuales, Audrey con un vestido de cóctel de lana que era elegante pero reservado, y Ren con su traje gris perfectamente planchado.
La asistencia era una declaración pública: los Miller estaban estables.
Ren hizo las rondas, hablando de las capacidades del nuevo tractor y las posibilidades de los cultivos para la próxima temporada. Audrey, por su parte, intercambió cumplidos con Clara y otras mujeres, manteniendo su sonrisa de "esposa feliz" que había perfeccionado para la Sra. Higgins.
Pero el centro del baile era el baile en sí. Cuando la música se hizo más lenta, las parejas comenzaron a llenar la pista.
"Debemos bailar, Audrey," dijo Ren, con su tono pragmático. "La gente lo espera. Es parte de la farsa."
Ren la tomó de la mano con una formalidad incómoda y la guio a la pista. Él la sostuvo con una distancia notable, sus manos colocadas con cuidado militar en su espalda y su cintura. Ren era un bailarín capaz, con un ritmo sencillo y constante, pero su cuerpo estaba rígido.
A medida que se movían lentamente, Audrey se sintió extrañamente a gusto en sus brazos. Su presencia era sólida. Ella se permitió recostar ligeramente la cabeza sobre su hombro por un momento, un gesto que era parte farsa y parte alivio.
Ese pequeño gesto fue suficiente para confundir a Ren.
Él bajó la mirada, y sus ojos se encontraron con los de Audrey. Por primera vez en público, no había farsa en su mirada; había una pregunta profunda, una tensión. Ren, el hombre del deber, permitió que su atracción reprimida se asomara, y en ese momento, Audrey no se apartó. Ella le devolvió una mirada de estima sincera y curiosidad, una simple aceptación de su compañía.
Ren se puso visiblemente rígido, su agarre se hizo más firme. La música terminó, y Ren se apresuró a sacarla de la pista, como si se hubiera quemado.
"Vámonos, Audrey. Ya hicimos nuestro deber," dijo, con la respiración ligeramente agitada.
De vuelta en la casa, el silencio era ensordecedor. Ren encendió la lámpara de aceite, y la luz cálida llenó la sala. Se sentó en el sofá, exhausto.
"El baile fue suficiente," dijo, sin mirarla.
Audrey se quitó el abrigo. "Fuiste muy convincente, Warren. Tu entusiasmo por el tractor es contagioso."
Ren no respondió. En lugar de levantarse para ir a su habitación, se quedó sentado y, en un acto que parecía impulsado por la necesidad, tomó la guitarra que estaba en el rincón.
Comenzó a tocar. No era la melodía sencilla de la última vez, sino una pieza más melancólica y compleja. Audrey se sentó a su lado en el sofá, manteniendo un espacio de formalidad entre ellos, codo con codo.
La música llenó el espacio, una confesión de sentimientos que Ren no se atrevía a expresar.
Al terminar la pieza, el silencio era casi doloroso. Ren dejó la guitarra a un lado. Se giró hacia ella, y en sus ojos cansados, la confusión se había transformado en una resolución tensa.
"Audrey," dijo su nombre con una urgencia que nunca le había escuchado.
Se inclinó lentamente hacia ella, su mano se elevó para tocar su rostro, intentando besarla. Era la atracción, el agradecimiento, la confusión, y el deseo reprimido explotando en un solo gesto.
Audrey, aunque sorprendida por la intensidad, no sentía el deseo romántico. Su sentimiento era estima y respeto, no la pasión que él buscaba.
Ella volteó el rostro justo cuando sus labios estaban a centímetros de los suyos. El beso fallido aterrizó en su mejilla.
Ren se detuvo de inmediato, su mano quedó suspendida en el aire, su rostro se congeló en una mezcla de vergüenza y dolor.
Audrey se levantó, sintiendo el pánico. "Warren, no. Es muy pronto. No... no estoy lista para eso. Es demasiado pronto. No tenemos..."
Ella no podía decir 'sentimientos'. Se dio la vuelta rápidamente.
"Buenas noches, Warren," dijo, y prácticamente huyó a las escaleras, refugiándose en su habitación principal, dejando a Ren solo en la sala, con la guitarra y la farsa rota.