Audrey se quedó en el umbral, el miedo reemplazando la culpa. Ren Miller, el hombre que no bebía por deber, estaba completamente ebrio y destrozado.
Se arrastró hasta la silla de la cocina y se dejó caer. Sus ojos rojos y vidriosos buscaron a Audrey. No había ira, solo una tristeza profunda y la autocompasión del dolor.
"Audrey," su voz era áspera, arrastrando las sílabas. "No deberías estar despierta. Vuelve a la cama."
Audrey se acercó a él con cautela. El olor a whisky era fuerte, pero debajo, podía oler la tierra, el trabajo y el cansancio.
"¿Dónde estabas, Warren? Me preocupaste," dijo Audrey, poniendo sus manos sobre la mesa, lista para actuar.
Ren dejó caer la cabeza sobre los brazos cruzados. Se rio, un sonido seco y vacío. "Preocupada. Sí. Eres muy buena en eso, Audrey. Muy convincente."
Él levantó la cabeza y la miró, el dolor finalmente dominando su expresión.
"Fui a Taggart's. Tuvimos que celebrar, ¿no? La mentira está llegando a su fin," dijo, usando la palabra que resumía su creencia sobre el propósito de su unión.
"¿De qué estás hablando, Warren? ¿La mentira? ¿El tractor? El negocio va bien, tu hermano lo dijo."
"No el negocio, nuestra mentira," corrigió Ren, su tono sorprendentemente humilde a pesar del alcohol. "Tu hermano vino. Lo escuché. Cuando estaba fingiendo buscar la caja de herramientas en la habitación de al lado. Viene a buscarte."
Audrey sintió un escalofrío al darse cuenta de la gravedad del malentendido y su efecto en él.
"Te ofrece la salida, ¿verdad? El teléfono del Padre Guillermo. Una llamada, y tu vida regresa. Y yo... yo me quedo con el tractor y la tierra. El trato se cumple." Ren soltó otra risa vacía. "No hay necesidad de seguir. La mentira ya no sirve."
El verdadero dolor se manifestó en el siguiente murmullo, su voz apenas audible.
"Hice todo lo que pude, Audrey. Todo. Te conseguí la casa. El estudio. El tractor. El nombre. Te di... te di todo lo que podía ofrecer un hombre como yo. Porque..."
Se detuvo. Ren no podía decir "porque te amo" o "porque me gustas". No podía exigirle nada.
"... Porque te admiro," logró decir. "Y te voy a extrañar. Voy a extrañar esa risa de la arcilla. Voy a extrañar tener a Bruto durmiendo en el porche, sabiendo que tú estás dentro. Pero tu vida no es aquí. Tu corazón no está aquí."
Ren estaba revelando la razón de su dolor: la creencia de que ella se iría (la mentira del matrimonio) y el profundo dolor de su afecto no correspondido.
"No voy a extrañarte por el mismo motivo, Warren," dijo Audrey, su voz firme. "Lo sé. No tienes que mentirme. Pero voy a extrañar la honestidad. Voy a extrañar tu decencia. Y voy a extrañar el esfuerzo que haces por este niño. Yo sé que me iré y te extrañaré por gratitud. Y te doy las gracias, por esa honestidad, por no fingir."
El silencio se instaló, la verdad brutal llenaba la cocina.
Ren sacudió la cabeza, su nobleza se mantenía incluso en ese estado. "No tienes que hacer nada, Audrey. Si quieres irte mañana, puedes irte. La casa es tuya. Es parte de... es parte del precio. Solo... solo vete cuando yo no esté. No quiero verlo. Vete."
Cerró los ojos, exhausto y vencido.
Audrey se acercó a él. Tomó el trapo de la cocina y, con una suavidad que no había usado con él en meses, limpió el barro y el polvo de la carretera que aún se aferraban a su frente.
"No me iré mañana, Warren," susurró Audrey. "Y no me iré sin decírtelo. No voy a traicionarte. Te lo prometo."
Ren no respondió. Solo se quedó allí, un hombre destrozado por la honestidad de un afecto no correspondido y la convicción de una traición inevitable.
La mañana siguiente, Ren despertó con un dolor de cabeza que le recordaba la dureza de la tierra que trabajaba. El sol golpeaba la ventana de su pequeña habitación. Se sentó, confundido, cubriéndose los ojos. No recordaba haber subido las escaleras.
Se levantó con dificultad. Su ropa de ayer, seca y arrugada, estaba cuidadosamente doblada sobre el viejo baúl a los pies de su cama.
Bajó las escaleras, sintiendo la humillación de su comportamiento. En la cocina, Audrey estaba junto a la estufa, hirviendo agua. El olor a café y a hojas de hierbabuena llenaba el aire.
Audrey se giró al escucharlo. Su rostro no mostraba juicio, solo una serena compostura.
"Buenos días, Warren," dijo ella, con un tono inusualmente ligero.
"Buenos días," murmuró Ren, la voz ronca. Se acercó a la mesa, sintiéndose culpable. "Lo siento por anoche, Audrey. No fue apropiado. No volverá a suceder."
Audrey le sirvió una taza de agua caliente con las hojas de hierbabuena. "Bébetelo. Es bueno para el estómago. Lo preparó Clara la última vez que Sam se excedió con la sidra."
Ren tomó la taza y sintió el calor en sus manos. "Gracias."
Audrey apoyó la cadera contra la mesa, cruzando los brazos sobre su vientre ya visible. Una sonrisa genuina, y un poco pícara, apareció en su rostro.
"Tengo que admitir que fue un esfuerzo," comentó Audrey.
Ren frunció el ceño. "¿Un esfuerzo? ¿El qué?"
"Llevarte a la cama," dijo Audrey, y soltó una risa breve y clara al recordarlo.
Ren la miró, atónito. "Yo... no recuerdo haber subido las escaleras."
"Oh, no subiste. Yo te subí," continuó Audrey, divertida. "O más bien, te arrastré. Pesas mucho, Warren. Te desmayaste justo en la base de la escalera. Tuve que usar el mismo ritmo que me enseñaste para amasar la arcilla, ¿recuerdas? Un, dos, tres, empuja. Fue agotador, te lo aseguro."
Ren sintió el calor subirle al rostro. No por vergüenza del alcohol, sino por la intimidad de la situación. Ella, embarazada, lo había arrastrado a la cama.
"Yo... no sé qué decir," dijo Ren, lleno de vergüenza y una profunda, silenciosa gratitud.