La sombra del primer mes

Capitulo dieciseis

Era la mitad del séptimo mes, y el embarazo de Audrey era ahora una carga física. Aunque su salud era buena, el tamaño de su vientre dificultaba tareas simples y su sueño era intermitente.

​Una noche, Audrey se despertó por una punzada aguda. No era dolor de parto, sino un calambre fuerte. Intentó reajustarse en la cama sin éxito.

​Al escuchar su respiración irregular, Ren, que dormía en su propia habitación al otro lado del pasillo, se levantó de inmediato y entró a la habitación principal. No preguntó. Simplemente se sentó al borde de su cama, esperando a que ella hablara.

​"Es solo un calambre, Warren," susurró Audrey, con la voz tensa. "Pero duele mucho. El bebé se movió."

​Ren asintió, su rostro era una máscara de concentración. "Necesitamos movernos. Voy a conseguir que te atiendan. Si sucede algo, aquí no hay hospital que valga."

​"Clara ya me lo dijo," dijo Audrey. "No iré a la ciudad. Llamé al Padre Guillermo y me dio el nombre de la Señora Hayes. Ella es la mejor partera en veinte millas. Atendió a todos los niños de este valle en los últimos treinta años. Tenemos que traerla aquí para que esté cerca."

​La vulnerabilidad compartida del momento los unió de una manera que ni la cuna ni la cena lo habían hecho.

​"Bien. La busco mañana y le pago lo que pida," dijo Ren. "Y otra cosa, Audrey. El nacimiento. Necesitas que tu gente esté aquí."

​Audrey lo miró, sorprendida por su previsión. "Ethan y mi padre. ¿Estás seguro?"

​"No te estoy pidiendo permiso. Es lo correcto," dijo Ren, con la sencillez que lo definía. "Si algo sale mal, no quiero que tu hermano o tu padre digan que yo te aislé. Yo me encargo del bebé. Tú te encargas de la familia. Yo mandaré un telegrama mañana desde el pueblo. Ethan, tu padre. Tienen que estar aquí. Y Sam y Clara también. Ellos son los que saben de esta vida. Necesitamos a todos."

​La decisión de Ren era puramente práctica y de compromiso incondicional, velando por su seguridad y la de su hijo, incluso si significaba lidiar con la alta sociedad de Boston. No era un gesto de amor, sino el máximo nivel de su responsabilidad asumida.

​Audrey se sintió profundamente conmovida por esta demostración de protección total. No solo estaba asegurando la partera, sino que estaba invitando a sus detractores a presenciar su compromiso.

​"Gracias, Warren," dijo Audrey, sinceramente. "Es la cosa más decente que alguien ha hecho por mí en mucho tiempo."

​Ren se levantó, su mano rozó brevemente la de ella. "Solo vamos a asegurarnos de que el bebé tenga todo, Audrey. Empezando por la seguridad de un buen nacimiento."

​Ren no volvió a su habitación. Sacó una silla del rincón y se sentó cerca de la puerta, como lo hacía Bruto.

​"Duerme," le dijo. "Me quedaré aquí. Por si el bebé se mueve de nuevo."

​Audrey cerró los ojos, sintiendo la presencia silenciosa y vigilante de su protector. El miedo no había desaparecido, pero su soledad sí. En ese momento, en la oscuridad del séptimo mes, en esa casa solitaria, su matrimonio era, finalmente, real.

Una semana después de la conversación con Ren, la Señora Hayes, la partera, llegó a Río Colina. Era una mujer de rostro amable y manos fuertes, con la calma y la autoridad que solo dan décadas de experiencia. Ren la recibió con una seriedad respetuosa, asegurándose de que le pagaran bien y de que estuviera cómoda en la pequeña habitación de invitados.

​Esa tarde, la Señora Hayes se reunió con Audrey y Clara en el dormitorio principal, convirtiendo la habitación en una sala de trabajo. Sam se había quedado en su casa cuidando a los niños, dejando el espacio libre para la experiencia de las mujeres.

​La Señora Hayes examinó a Audrey con una meticulosidad profesional, asintiendo con satisfacción. "El bebé está bien posicionado, querida. Fuerte. Pero vamos a prepararnos para lo inesperado."

​La conversación se centró en la logística. La partera dio instrucciones precisas:

​"Necesito mucha agua caliente, Warren. Mucha. Y siempre lista. El día de la llegada, nadie entra aquí si no soy yo, Clara o Warren. Los hombres no tienen nada que hacer aquí adentro."

​Clara, que ya había pasado por el proceso dos veces, actuaba como la traductora de la vida rural para Audrey.

​"La Señora Hayes tiene razón, Audrey," aconsejó Clara. "Vas a necesitar sábanas limpias y toallas que ya no te importen. Aquí no hay lavandería de hospital. Tienes que ser práctica."

​La partera continuó, señalando la cama. "Vamos a poner plástico y algunas telas gruesas bajo la sábana. Warren puede traerlas. Usted, querida, tiene que caminar todos los días. Y beber el té de frambuesa que le dejé. Es para fortalecer el útero."

​Audrey, acostumbrada a que los médicos de Boston dieran órdenes vagas y complejas, se sintió aliviada por la claridad de las instrucciones.

​Clara, con la familiaridad de la experiencia, se inclinó hacia la partera. "Señora Hayes, ¿cree que debemos preparar algo para el dolor? Es su primer parto, y su cuerpo no está acostumbrado a trabajar tan duro."

​La Señora Hayes sonrió. "La Madre Naturaleza es la que manda aquí. Tendremos coñac en el botiquín, por si acaso, pero el mejor alivio será su voluntad y la comodidad de su hogar."

​Más tarde, cuando la Señora Hayes se retiró a su habitación, Clara y Audrey se quedaron solas en la cocina, doblando las sábanas de lino que Clara había traído.

​"¿Estás asustada, Audrey?" preguntó Clara, con ternura.

​"Por supuesto que sí," admitió Audrey. "Pero me siento más segura sabiendo que estás tú y la Señora Hayes. Y Warren."

​Clara sonrió. "Él está más asustado que tú. Lo veo en sus ojos. Él siente que esto es el examen final de su compromiso. Él no puede fallar, porque no solo te debe la provisión, sino también la vida de este niño."

​Audrey asintió. La presencia de Ren en los últimos meses, su silencio vigilante, su trabajo en la cuna; todo era la prueba de su decencia inquebrantable.




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