Una semana antes de la fecha probable de parto, el camino de tierra de Río Colina fue testigo de la llegada de la alta sociedad. Un sedán impecable, conducido por un chófer profesional, se detuvo ante la casa. Ren estaba en el patio, terminando de llenar los baldes de agua caliente según las instrucciones de la Señora Hayes.
Audrey salió de la casa, sintiendo el peso de su vientre y la formalidad de su traje. De la parte de atrás del auto salieron Ethan Hollis y su Padre, el severo y respetado Juez Hollis. Ambos estaban vestidos con una pulcritud que contrastaba con la rusticidad del entorno.
El Juez Hollis se acercó a Ren, quien se quitó el sombrero de trabajo por respeto. El saludo fue formal, no hostil, sino de una distancia calculada.
"Señor Miller," dijo el Juez Hollis, estrechando la mano de Ren con firmeza. "Gracias por recibirnos. Hemos venido a asegurarnos de que mi hija esté bien para la llegada de mi primer nieto."
"Audrey está bien, Señor Hollis," respondió Ren, su voz era cortés pero sobria. "La Señora Hayes está con ella. Todo está preparado."
Ethan se acercó a su hermana, dándole un abrazo afectuoso, ignorando el entorno. "Te ves fuerte, Audrey. Es bueno verte."
"Estoy bien, Ethan. Estoy donde debo estar," respondió Audrey.
La familia Hollis se había asegurado de no imponerse en la casa, entendiendo que con la partera y la inminente labor de parto, el espacio era limitado.
"Nos alojamos en la posada del centro," explicó Ethan, dirigiéndose a Ren. "No queremos estorbar con la Señora Hayes. Pero necesitamos una conexión contigo, Warren. Clara nos explicó que el Padre Guillermo es el único teléfono aquí."
Ethan hizo una señal al chófer, quien bajó del maletero un aparato telefónico nuevo envuelto en una manta y un kit de herramientas.
"Hemos traído un equipo completo y dos técnicos de la ciudad para instalar una línea privada en la casa," continuó Ethan. "Es caro, lo sé, pero es por una sola razón. El Juez y yo necesitamos que nos llames en cuanto Audrey entre en labor. Si tenemos que confiar en el Padre Guillermo, perderemos horas preciosas. Queremos estar aquí, en el momento. Es para ver a nuestra hija y hermana convertirse en madre, y para recibir a nuestro primer nieto."
Ren, el hombre que contaba cada centavo para el futuro, frunció el ceño. Se sintió ofendido por el gasto innecesario y por el gesto que, aunque práctico, desdibujaba su papel de proveedor.
"No es necesario, Señor Hollis. Puedo llamar desde el Padre Guillermo. Puedo encargarme," dijo Ren, intentando rechazar la ofrenda por orgullo.
El Juez Hollis se adelantó, su voz era ahora más suave, más de padre que de juez. "Warren, no es un asunto de tu capacidad. Es un asunto de la familia. Es un regalo a Audrey, no a ti. Por favor, acéptalo. Queremos estar cerca. Es la única manera de que yo me quede en paz en esa posada, sabiendo que mi nieto y mi hija están conectados."
Ren miró a Audrey. Ella le devolvió la mirada, y en sus ojos no había súplica por el lujo, sino una súplica de comprensión. Ella estaba en el séptimo mes, y el cansancio en su cuerpo era visible. Él sabía que el juez y Ethan necesitaban esa tranquilidad.
"De acuerdo," dijo Ren, cediendo. "Pero solo lo usaré para eso. Para llamarlos al pueblo."
Los técnicos comenzaron de inmediato a conectar la línea.
Mientras los hombres se ocupaban de la instalación, Audrey y Ren se quedaron un momento solos. Audrey observó a Ren: su incomodidad ante la riqueza, su firmeza al intentar rechazarla y su nobleza al ceder por el bien de su tranquilidad. En ese momento, sintió una ternura profunda y sin nombre por ese hombre.
Ella se dio cuenta de que ese sentimiento ya no era solo gratitud o respeto. Era algo que se había desarrollado sin querer a través de la sencillez de su compromiso. Lo valoraba y lo quería a su lado, no por lo que le daba, sino por quién era él.
La casa ahora tenía una conexión directa con Boston, pero la conexión más fuerte era la que se había forjado entre Ren y Audrey, un lazo que la riqueza y la distancia no podían romper.
El trabajo de parto de Audrey comenzó de madrugada, apenas dos días después de la instalación del teléfono. Ren estaba en el cobertizo, revisando la leña, cuando la Señora Hayes lo llamó con una voz autoritaria.
"¡Warren! ¡Ya está sucediendo! Llame a la familia Hollis y a Clara. ¡Ahora!"
Ren, con una calma forzada que desmentía el pánico interno, corrió dentro. Usó el teléfono recién instalado, marcando el número de la posada.
El Juez Hollis y Ethan llegaron a la casa en menos de veinte minutos, seguidos de cerca por Sam y Clara. La casa se llenó rápidamente de la energía nerviosa de la espera.
Siguiendo las instrucciones de la Señora Hayes, los hombres fueron confinados a la sala de estar y la cocina. Ren se quedó en la sala de estar con el Juez Hollis, una situación insoportablemente incómoda. Ren, con el rostro pálido y las manos cubiertas de sudor, se sentía inútil.
"Warren," dijo el Juez Hollis, observando el miedo en los ojos de Ren. "Mi hija está en buenas manos. Y usted ha cumplido con su palabra. Lo sé."
Arriba, Clara se mantuvo al lado de Audrey, guiándola y dándole apoyo, mientras la Señora Hayes dirigía el parto con la precisión de una general. Audrey era fuerte, pero el proceso era largo y extenuante.
A lo largo de las horas, en medio del dolor, Audrey pensó en Ren. Pensó en la cuna de nogal, en su mano firme ayudándola a levantarse, y en la humilde verdad que había salido de él cuando estaba ebrio. El sentimiento que había crecido en ella, esa afectuosa necesidad de su presencia, ahora se sentía como una fortaleza.
Al final de la tarde, después de un grito final y sostenido, un llanto pequeño y vital llenó la casa.