La sombra del primer mes

Capitulo dieciocho

Los días que siguieron a la partida de los Hollis y al primer beso de Audrey en la mejilla se instalaron con una extraña y vibrante expectativa. El ambiente ya no era de obligación, sino de descubrimiento mutuo.

​Ren, ahora seguro de la afectuosa necesidad que Audrey sentía por él, comenzó un cortejo silencioso que era tan torpe y genuino como su personalidad.

​Una mañana, Audrey bajó a la cocina y encontró un plato de avena caliente sobre la mesa, con un toque de miel. Junto al plato, en lugar de una nota, había un pequeño capullo de rosa silvestre de su jardín.

​"Warren," dijo Audrey, sosteniendo la flor. "Esto es... inesperado."

​Ren, que estaba ajustando la manija de la puerta del cobertizo (un trabajo que no requería su atención urgente), se giró. Se limpió las manos en su pantalón de trabajo.

​"Solo recogí una. Se ven bien," dijo Ren, evitando mirarla directamente. Su rostro estaba ligeramente sonrojado.

​"Gracias," respondió Audrey, su sonrisa era genuina y cálida. Lo puso en un vaso de agua.

​El cortejo continuó en pequeños gestos. Ren se aseguró de que siempre hubiera un fuego encendido en el estudio antes de que ella se sentara a dibujar. Encontró y limpió las piedras más lisas y hermosas del río para que Audrey pudiera usarlas como herramientas de modelado. Ya no era provisión; era atención a sus deseos.

​Audrey, por su parte, se encontró observándolo. Admiraba la forma en que sus manos fuertes podían ser tan delicadas al levantar a Maybelle, o la seriedad con la que hablaba de los ciclos de la luna con Sam. Ella respondía a sus atenciones con pequeños actos recíprocos: asegurarse de que su café estuviera caliente cuando regresaba del campo, o zurciendo con cuidado sus calcetines de trabajo.

​Una noche, después de la cena, Maybelle dormía profundamente. Ren había encendido la lámpara de aceite en la sala y estaba leyendo un viejo libro sobre forraje. Audrey, sentada en el sofá, lo observaba.

​"¿Qué lees, Warren?" preguntó Audrey, con suavidad.

​"Un libro viejo de mi padre. Sobre la resistencia de las semillas en invierno," respondió Ren.

​Audrey se levantó y se sentó junto a él. No codo con codo como antes, sino con una proximidad deliberada.

​"Parece aburrido," bromeó ella.

​Ren se rio, un sonido bajo y cálido. "Lo es. Pero es importante." Dejó el libro a un lado y se giró hacia ella. Su rostro, iluminado por la luz tenue de la lámpara, estaba lleno de una pregunta tácita.

​El aire se hizo denso. Ren acercó su mano a la de ella, que descansaba sobre el cojín. Su corazón latía con la misma intensidad que la noche del baile, pero esta vez, había esperanza.

​Su pulgar rozó la piel de la muñeca de Audrey. Era un contacto tan simple, pero revelador de la atracción mutua que ya no podían negar.

​Audrey no se retiró. Dejó que el toque durara. Sabía que Ren estaba esperando una señal, esperando avanzar hacia el beso romántico.

​Ella cerró los ojos por un instante, saboreando el momento, la lenta combustión de su relación. Cuando los abrió, el brillo en sus ojos le dijo a Ren que la espera valía la pena.

​Audrey sonrió, levantó ligeramente la mano de Ren y entrelazó sus dedos con los de él, en un gesto de aceptación y reciprocidad.

​"Dime más sobre el nogal," dijo Audrey, cambiando el tema, manteniendo la tensión pero afirmando su conexión.

​Ren apretó su mano, entendiendo. Ella estaba lista para el afecto, pero quería saborear el cortejo lento que él había iniciado.

​"El nogal," comenzó Ren, su voz era profunda y firme, "es la madera más difícil de trabajar. Necesita paciencia. Pero una vez que tiene la forma correcta, se vuelve más fuerte con el tiempo. Es para siempre."

​Audrey asintió, su mirada fija en la conexión de sus manos. Sabía que Ren no solo hablaba de madera.

​Era una noche de principios de invierno. El tiempo había cambiado drásticamente, y el viento aullaba sobre el valle de Río Colina. Audrey y Ren estaban en la sala de estar. Ren estaba sentado junto a la chimenea, y Audrey paseaba suavemente a Maybelle, que estaba intranquila por el ruido de la tormenta.

​De repente, un trueno espantoso hizo vibrar los vidrios de la ventana. Casi simultáneamente, un viento violento arrancó un tramo de la persiana de la ventana delantera. Un crujido seco resonó, seguido por el sonido del vidrio rompiéndose levemente, y el viento gélido irrumpió en la sala.

​Audrey gritó, no por el sonido, sino por el repentino frío y el peligro de los cristales. Ella abrazó a Maybelle contra su pecho para protegerla del aire helado, sus ojos fijos en la ventana dañada.

​Ren reaccionó de inmediato, con la rapidez instintiva de un granjero protector.

​"¡La niña! ¡Al pasillo!" ordenó Ren.

​Se levantó de un salto y corrió hacia la ventana. Ren, sin pensarlo dos veces, usó su propio peso corporal para presionar una manta gruesa contra el hueco roto, bloqueando el viento y el posible daño de más vidrios.

​Audrey corrió al pasillo, sintiendo el pánico genuino por la seguridad de su hija. La Señora Hayes y Clara (quien se había quedado a dormir en la casa esa noche debido al clima) bajaron corriendo las escaleras.

​Una vez que la manta estuvo asegurada, Ren se dio la vuelta. Vio a Audrey de pie, temblando ligeramente por el susto y el frío repentino, pero con Maybelle sana y salva en sus brazos.

​El miedo por ellas, la adrenalina y la culminación de semanas de tensión reprimida, le golpearon con una fuerza abrumadora. Ren se acercó a ella en dos grandes zancadas.

​Con un impulso crudo y sin pensarlo, Ren tomó suavemente el rostro de Audrey entre sus manos, sin soltarla para no asustar a la niña. Sus ojos se fijaron en los de ella, llenos de un miedo recién superado y una profunda, incontrolable necesidad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.