La suerte del millonario

Capítulo II: Claudia

Tiempo actual.

Me miré en el espejo y me horrorice al ver mis dientes torcidos, sentía tanta importancia de no poder ir a un ortodoncista.  Mi madre decía que había prioridades y que vivíamos muy bien en comparación a como ella vivió en el pasado a mi edad, siempre con esa historia triste anulaba cualquier petición que yo tuviera. «Soy hermosa, la verdad es que soy hermosa», pensaba.

—¿Qué tanto te ves en el espejo? —preguntó Abraham.

Rodé los ojos y lo ignoré.

—¿Vas a salir?

—Déjame —espeté.

—Mi mamá no te va a dejar salir.

—Bueno, que no me deje, me escapo.

—Se lo voy a decir.

—Anda, lo niego.

Se cruzó de brazos y se plantó en la puerta.

—Soy tu hermano, el hombre de la casa, no te puedo dejar salir —dijo con seguridad. Me hizo reír.

Con estrabismo, sus cabellos largos y grasoso, regordete, pecoso, con expresión aburrida siempre. Con doce años parecía incluso menor que el resto de chicos de su edad a pesar de su corpulencia.

—Te pareces a Alfalfa pero gordo.

—Mi mamá te ha dicho que no me llames gordo —gritó, se puso colorado.

—¿Qué pasa? —preguntó mi madre en la puerta de mi habitación.

—Ab, demostrando que es un ejecutor más del patriarcado que quiere esclavizar a las mujeres.

—¡Mamá! —gritó horrorizado.

—Deja al niño Claudia, ya estás grande para esas tonterías, deberías protegerlo, ayudarlo, cuidarlo, ¿Por qué lo atacas?

—¡Ya! —me quejé.

—Ab, ve a ayudarme a recoger el agua, ve si el tanque se llenó mi amor.

—Voy mami.

—Claudia, ¿Por qué lo tratas así?

—Tú lo sobreproteges con ese cuento de que casi se te muere, pues la que se murió para ti fui yo, me ignoras, todo es él.

Suspiró.

—No repitas eso delante de él —dijo con tono de advertencia.

—Mamá ¿Quién fue mi papá? ¿Por qué no me dices? Ese pobre diablo de Juvenal no pudo ser.

—¡Claudia! —gritó, se puso roja. Algunas lágrimas le recorrían ya las mejillas. Sus labios temblaban.

Me di cuenta de lo que dije, siempre lo pensé pero ahora lo decía en voz alta. Mi madre me veía con expresión de dolor en su rostro.

—Mami  perdón —dije juntando mis manos frente a mi pecho.

—Juvenal, hizo tanto por ti, por mí, por tu hermano, él construyó esta casa donde vivimos, malagradecida, si no hubiese sido por él, tú habrías dormido en la calle, porque en la calle estábamos. Nunca conocí a un hombre tan bueno, tan amoroso y dedicado a su familia y tú malagradecida reniegas de él llamándolo pobre diablo.

—Lo siento, perdón —lloré sincera—, yo lo quería, lo quiero, pero sé que no es mi padre, toda la isla lo sabe, lo que nadie dice es quien es mi padre.

—Tu papá se murió, tu papá era Juvenal.

—Sí claro. Tu eres rubia, Juvenal era muy blanco, Ab es tan blanco como un frasco de leche y mírame a mí, mira mi piel oliva, suave, brillante.

—También tienes pecas

—Por ti mujer ¿Si soy tu hija al menos?

—¡Que insolente eres Claudia!

—Todos ustedes van de rubios a castaños. Mi cabello es negro como petróleo. Mira —dije frustrada señalando mis cabellos.

—Quizás yo tenía familia morena.

—Mentira. Merezco la verdad, tengo dieciséis años mamá, no soy una chiquilla tonta como Ab.

—Deje de menospreciar a tu hermano.

—¡Mamá!

—Ojos cafés, todos tenemos ojos cafés.

—No soy hija de Juvenal.

—¿Y de quién crees que eres hija? ¿De un magnate? No eres hija de Juvenal; Sí, eres hija de un pescador más pobre de lo que era Juvenal.

Sentí mi cara arder, comencé a llorar, retiré mis lágrimas con altivez sosteniéndole la mirada.

—Venían muchos turistas.

—¿Qué crees que sabes Claudia?

—Lo que la gente dice, que tú eras novia de un chico rico ¿Él te dejó embarazada mami? ¿Él es mi padre?

—¿Todo esto porque quieres ortodoncia? Ya te dije que te llevaré a la clínica comunitaria, allí hay médicos que hacen trabajo social, hacen eso de vez en cuando.

—¡Qué horror! No mamá, así no, que vergüenza, ¿De gratis en la clínica comunitaria?

—¿Pero qué quieres? ¿Qué no construyamos el tanque subterráneo y que tengamos que seguir llenado a mano con tobos el tanque aéreo para darte el dinero por algo que puedes recibir gratis?

—Repara el tanque aéreo y dame ese dinero para mis dientes —supliqué.

—Estás loca. Me das miedo. ¿A dónde vas así vestida? Esa falda es muy corta y ese top también. No saldrás así.




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