La suerte del millonario

Capítulo IV: Claudia

Tomé pantallazos de los mapas en internet para cuando me quedara sin conexión, no tenía dinero para datos. Al menos mantendría cargado el celular por mucho tiempo. Anoté muy bien el número de las empresas de Basil Landa en una libreta por si perdía el celular, miré el reloj, marcaban las 3:00 am, había decidido que esa era la hora a la que me iría. Mi madre madrugaba y no quería ser sorprendida por ella.

Entré con sigilo a la cocina y tomé las galletas de Ab, le compraría muchas cuando consiguiera a mi padre, pensé, tomé enlatados, al principio los eché todos en mi bolso, después recordé lo que le costaba a mi mamá ganarse el sueldo que no siempre era fijo y decidí devolver todas las latas menos una. Ellos la necesitarán más que yo, pensé.

Salí por la puerta de enfrente. Hacía mucho frío y tuve que sacar un suéter del bolso y echármelo encima. Camine rápido en dirección a la parada de buses, en la esquina antes de cruzar estaba Ramsés y los vagos de sus amigos. No podía dejar que me viera, tuve que tomar otro camino y bordear toda la calle, me tomó más tiempo llegar a la parada pero evité a los vagos.

La parada estaba sola, comprobé la hora, llegué apenas a tiempo para esperar el próximo bus hasta la capital, mi corazón latía muy fuerte al recordar que iría a la capital y que iría a verlo a él. A mi verdadero padre. Recé un poco pidiendo a Juvenal que me perdonara y que desde donde estuviera me guiara para encontrar a Basil.

Esperé más de media hora, miraba con angustia detrás de mí, temía que mi mamá se hubiese levantado y me consiguiera antes de que yo subiera en el bus. Vi que se acercaba uno, no estaba vacío y un impulso loco me hizo querer abordarlo para salir de allí. Lo detuve.

—¿Disculpe este bus va a dónde?

—A Palo alto.

—¿De allí puedo ir a la capital?

—¿A Velasco? Claro.

Me subí. Había un grupo de chicas muy maquilladas y ebrias, una señora mayor que dormitaba y un señor que me lanzaba miradas extrañas. Se acercó con expresión seria.

—¿Tú eres menor de edad? ¿Tu mamá sabe que estás en la calle? Hay una estación antes de salir de San Agustín, deberías bajarte ahí —dijo.

—Soy mayor de edad señor —mentí.

Se notó que no me creyó pero regresó a su asiento. No me podía dormir de la emoción, casi amanecía cuando llegamos a Palo Alto, era un lugar desierto, triste sin mucho que ver. El bus llegó a la parada y vi como todos caminaban con seguridad hacia sus destinos, yo no tenía idea de a dónde ir, porque tomé una ruta diferente a la que planeé inicialmente. Me acerqué al señor que me abordó en el bus.

—¡Disculpe! ¿De aquí como llego a Velasco?

Me miró de arriba abajo.

—¿No eres mayor de edad pues? Debiste quedarte en la estación de policía —espetó y se subió a un auto que lo esperaba.

Miré a mi alrededor angustiada, ya casi todos partían y el lugar iba quedando solo. Me acerqué casi temblando a la taquilla de venta de boletos de la terminal.

—Buenas, disculpe ¿Cómo llego a Velasco desde aquí?

Asomó la cabeza un chico de mi edad, se rascó la cabeza e hizo una mueca con la boca dejándome entrever que no sabía la respuesta. Miró al techo y se sobó la barbilla lo que reflejaba que hacía un esfuerzo por recordar.

—Yo creo que desde aquí no puedes llegar allá directo —respondió casi preguntando.

—¿Cómo? El señor del bus me dijo que sí.

—¿Cómo te dijo?

—Le pregunté si de Palo alto se podía ir a Velasco. Me dijo que sí, que pues claro.

—Ah pero esto no es Palo alto, esto es La mina.

—¿La mina?

—Sí, La mina de San Diego, de aquí ya no hay más nada, eso es pura mina. No, no es Palo alto.

—¿Y dónde queda Palo alto?

—Como a dos horas de aquí ¿Por qué te bajaste si querías ir a Palo alto?

—Por qué todo el mundo se bajó aquí —respondí casi llorando, algunas lágrimas me salieron y el corazón lo tenía desbocado.

El chico se echó a reír.

—No, ellos recogen a la gente de aquí para Palo alto pero da la vuelta y lo toman más abajo, cerca de la alcabala. No tenías que bajarte.

—¿Y será que ya se fueron?

—Corre a ver porque el próximo bus pasa a las cuatro de la tarde.

Casi me desmayo, me di la vuelta sin agradecer y corrí, vi el bus del que me bajé aún en la parada que indicó el chico, corrí, corrí mucho pero era lejos, era lejos y no me oían, arrancó, me quedé estática segura de que pasaría a mi lado y podría gritarles pero cruzó a su izquierda, me eché a llorar. Miré una vez más la hora, eran las 5:15 am. Tendría que esperar hasta las cuatro de la tarde para tomar el siguiente autobús.

Por una fracción de segundos me cruzó por la mente la idea de regresar, pero no, yo no era cobarde, mi destino me esperaba, mi papá me esperaba, aunque no supiera que yo existía. Quizás sí sabía y rechazó a mi madre y por eso ella no quería hablar de eso, si era así, igual lo iba a obligar a ocuparse de mí y a reconocerme. En eso pensaba mientras lloraba caminando hacia la terminal, al menos allí estaba el chico de la taquilla. Todo lo demás era polvo amarillo, viento frio y pobres construcciones a lo lejos, y un olor a basura.




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