La suerte del millonario

Capítulo V: Rebeca

Desperté a las 5:00 AM como cada mañana, me di un baño rápido, cepillé mis dientes y como cada día fui a ver a Ab dormido, también quise pasar por la habitación de Claudia por la discusión del día anterior, su puerta seguía trabada. Me dolió el corazón de nuevo, me costó conciliar el sueño porque nunca le había pegado, le di una fuerte bofetada en su carita morena y ovalada, su mirada de sufrimiento, dolor y confusión las mantuve clavadas en mis ojos.

Me desesperé tanto que no razoné, actué iracunda, recordaba a cada segundo su mirada congelada y como corrió desesperada a su habitación, según Ab, no  nos esperó a comer porque tenía mucha hambre, y dejó de comer porque yo la interrumpí, la golpee, después de eso no había comido nada más y mi corazón no podía más con la angustia. Toqué a su puerta suavemente.

—Hija de mi vida, no seas orgullosa, no me hables, no salgas, pero come por el amor de Dios. Te colocaré la comida y algo de café frente a la puerta, tú tómalo cuando quieras, no te voy a molestar.

Cuando terminé el desayuno se lo subí, lo coloqué pegado a la pared frente a la puerta de su habitación y bien cubierto. Toqué de nuevo.

—Ya está el desayuno, te hice un manjar con maicena y leche. Sé que te gusta. Voy más tarde a hablar con Raquel para que me recomiende un ortodoncista.

Baje a servirle el desayuno a Ab, quien ya leía sus libros sentado en el sofá. Besé sus cabellos y lo abracé. Me sonrió con su carita inocente. Comencé a preparar la comida para el café de Pedrico, me gustaba tenerlo todo a tiempo siempre porque ellos no necesitaban que yo les cocinara, tenían amplia cocina y personal, solo querían ayudarme. Me sentía mal, un poco avergonzada por ello pero necesitaba el dinero, el resto de los clientes no eran fijos, no podía darme el lujo de desperdiciar entradas aunque la vergüenza me dominara. Con Ab no podía permitirme tener un trabajo en el que pudiera ausentarme de casa. No me atrevía.

Cuando eran las once del mediodía, pasaron por la comida del café, la entregué y regresé a los oficios de la casa, subí a ver la habitación de Claudia y el corazón se me cayó al suelo cuando vi que la comida aún estaba allí. Se me rompió el corazón pensando que me odiaba, que estaba tan molesta que prefería morirse de hambre, a la vez también me angustie pensando que se me desmayaría.

—¿Por qué lloras mamá? —preguntó Ab entornando sus ojitos.

«Necesito operarle sus ojitos».

Sequé las lágrimas con disimulo.

—No lloró Ab, creo que me dará gripe.

Se alejó rápidamente fingiendo asco.

—Toma agua con limón caliente y se te pasa, no te dejes enfermar, tienes que cuidarme, no te puedes enfermar.

—Claro que no mi amor.

—No consigo mis galletas, pregúntale a Claudia si se las comió.

Se me alegró el corazón por un instante, «debió ser eso, sí se las comió, algo debe tener en el estómago», pensé.

—Claudia, tu hermano quiere saber si tomaste tus galletas. Sí fue así no importa hija, le compraré otras a él.

—No mami, si importa porque se comió mis galletas.

—Paciencia Ab.

Ante la ausencia de respuesta decidí dejarla en paz. Ayudé a Ab a hacer sus tareas, recogí agua y Ab me interrumpió de nuevo.

—¿Amor? ¿Qué pasa?

—Yo no tengo amigos, no juego con nadie.

—No puedes salir, Ab, la gente por aquí no es muy buena. Debo cuidarte.

—¿Será que ellos se robaron la comida?

—¿Qué comida?

—¿Mami no te diste cuenta? Falta mucha comida.

Me reí pensando en Claudia. Fue ella. «Al menos está comiendo», pensé.

—¿Quieres que vuelva a hacer el inventario?

—No Ab, puedes ver un poco de televisión.

—Gracias mami —dijo mientras besaba mis cabellos.

A las 2:00 de la tarde me resultaba ya excesiva la malcriadez de Claudia. Subí decidida a su habitación.

—A las cuatro de la tarde de hoy, no me has abierto esa puerta Claudia y la abro yo, ya le dije al señor Antonio que me haga el favor de abrirla a la fuerza a esa hora, si tú no has abierto.

Ab pegó su oreja de la puerta y alzó la mirada, arrugó la nariz, se agachó por la rendija, inspeccionaba la puerta con interés.

—No está ahí mami. No está.

—¿Qué? ¿Cómo sabes?

—Si quieres vigilo el baño para que veas que no pasará para el baño porque no está mami, no sé oyen latidos de corazón, ni respiraciones, no hay calor de cuerpo humano allí. Te fallé como el hombre de la casa y ella se escapó.

—Eso es imposible Ab —dije, pero el corazón se me aceleró y pensé que sí. No tenía que llamar a nadie, tenía llave de su habitación, solo quería darle su espacio.

Fui a mi habitación temblando, busqué en la gaveta de mi mesa de noche el manojo de llaves y tomé la llave de su habitación, frente a su puerta ya, las manos me temblaban y Ab se abrazó a mi estómago con fuerza.




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