La suerte del millonario

Capítulo VII: Basil

Mi cabeza daba vueltas, la tenía frente a mí llorando, yo estaba congelado, no podía reaccionar, sacudí mi cabeza e hice un esfuerzo por hablar.

—No, no puedo ser el padre de nadie, no repita eso —dije en tono bajo, ella afirmó nerviosa—, menos delante de la gente, vamos a mi oficina.

—Señor la reunión con la junta directiva.

—En pie Marcela, actúas como si mi vida se hubiese acabado, hablaré con esta señora para ver cómo la podemos ayudar con el asunto de su hija, sabes como soy, estas cosas me afectan.

—Claro señor, nadie esperaba algo diferente de usted —dijo sonriendo satisfecha.

Hice una seña a los guardias para que nos dejaran pasar. Caminé junto a la mujer. La gente nos miraba con extrañeza.

—¿Ha comido? ¿Tiene sed? —le preguntó Marcela.

Marcela le alcanzó una botella de agua, ya frente a mi oficina entramos y cerré la puerta. Ella se sentó en el sofá llorando aún.

—Levántese, no tomará tanto tiempo —dije.

Ella se levantó rápido.

—Lo siento.

—No lo sienta. Lo va a sentir si sigue diciendo esas cosas en público, tengo una imagen que mantener, y no tengo hijos.

—Lo sé, pero mi hija es muy testaruda, alguien le dijo que trabajé para su compañía hace años y ella cree por alguna tonta razón que usted es su padre, pero se ha escapado de casa para venir a verlo, pensé que me dirían que aquí estuvo pero, no, estoy desesperada, no sé qué le pudo haber pasado en el camino. Ella nunca había salido de casa.

La miré con preocupación, pensando que sí, era una situación desesperante para cualquier padre.

—Venga, siéntese. ¿Qué edad tiene la niña? —pregunté.

Nos sentamos en el sofá.

—Dieciséis.

—¡Oh! Pero es grande, mucho menos podría ser yo padre de esa niña.

Ella bajó la mirada y asintió nerviosa.

—Cosas de muchachos inconformes con la vida que le tocó, he tratado de criarla bien, es buena chica, pero sabe cómo son.

—No, no sé porque no tengo hijos, ni pienso tenerlos en un buen tiempo, pero entiendo de eso de la rebeldía en los adolescentes, a mí me dio por hacerme un tatuaje, a su hija por creerse hija de otro hombre, bien particular ella.

«Y ambiciosa, mira que hija mía, no podía ser hija de un pobre, o cualquier otro», pensé.

—Sí, siento mucho molestarlo, sí aparece por acá podrían por favor notificarme, llamar a la policía, hacerle creer que si la dejaran verlo y llamarme —pidió.

—Sí, podemos hacer eso, claro que sí. ¿Dijo que trabajó para mi padre?

—Sí, hace muchos años, son tantos empleados, él ni se debe acordar de mí. Usted no se acuerda de mí —dijo dudosa.

—No, la verdad no. Sí, siempre ha sido una plantilla grande. Lo siento. Si formó parte de nuestra familia, lo menos que podemos hacer por usted es ayudarla a encontrar a su hija.

Se cubrió el rostro, su cuerpo temblaba.

—Estoy desesperada, si le pasa algo no me lo voy a perdonar nunca.

—Le diré al jefe de seguridad que salga a dar una ronda con los hombres al resto de nuestras sucursales, si me busca a mí, seguro llegará a alguna de esas, no se preocupe.

Sus ojos café se iluminaron.

—Es buena idea, muchas gracias, se lo agradecería mucho.

—Déjele una foto a él, su nombre y todos los datos, yo estaré ocupado y no podré ver el asunto por mí mismo pero mis hombres me mantendrán informado.

Me acerqué al intercomunicador.

—Marcela.

—Sí señor.

—Lleva a la señora con el jefe de seguridad, dile que yo he mandado a que haga una ronda en el resto de nuestras sucursales y oficinas, con una foto de la chica que ella va a entregar, ella dejará sus datos para que la contactemos.

—Entendido señor.

El jefe de mi seguridad era una caja fuerte, ayudaría a la mujer en apuros y ese absurdo que dijo no sería oído por nadie más. La dejé fuera de mi oficina para que Marcela la acompañara.

Me reuní con los abogados antes de reunirme con la junta directiva, ya allí las cosas fueron más claras: los dueños de Maola estaban decididos a desbancarnos del primer lugar, hicieron compras hostiles, acosaron proveedores, sus métodos poco éticos sería algo de lo que nosotros no aprovecharíamos para atacar, lamentablemente también había cierto comportamiento antiético propiciado por mí del que mi padre no sabía, pero que nos puso en la dirección correcta.

—Voy a almorzar con los muchachos Marcela —anuncié.

Llegué al restaurante con Ismael, los guardias nos esperaban algunos afuera, otros adentro, allí nos esperaban Gregory y Joel, nos sentamos por fin, la espalda me dolía de la tensión tan grande de la reunión y por las batallas que se presentarían.

—¿Todo bien Basil? —preguntó Joel.

—Sí, cosas pesadas del negocio.




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