La sustituta : teoría del desamor

Capitulo 2 " dos semanas"

Pov Olivia :

*Emma*: ¿Qué? ¿Qué has dicho?
*Sr. Altamirano*: Que el hijo de los Figueroa tiene TEA.
*Sra. Altamirano*: Emma... ¿ves lo que te pasa por apurada?
*Olivia*: ¿Por qué lo ven como un castigo? —dije, observando la escena frente a mis ojos—.
*Emma*: ¡Tú! ¡Tú deberías ser la que se case con él, maldita sea!
*Olivia*: ¿Yo? Emma, tú no dejaste hablar a nuestro padre... y por apurada lo firmaste sin pensar. ¡Solo pensaste en el dinero de los Figueroa!
*Emma*: ¡Cállate la boca! ¡Yo pensé en salvar a nuestra familia! No como tú, que solo piensas en tonterías.
*Sra. Altamirano*: ¡Ya basta! Las dos despertarán a Daniel. Y... Emma, firmaste tú el contrato, así que... tú serás la señora Figueroa —dijo sentenciando.
*Emma*: ¡Esto es injusto! ¡Injusto!
*Olivia*: Hermana... —susurré.
*Emma*: ¡Cállate! ¡Tú deberías estar en mi lugar!
*Sr. Altamirano*: ¡Ya basta! ¡Cállense las dos!
*Olivia*: Papá... por favor, cálmate... —susurré.
*Sra. Altamirano*: ¿Y cuándo será el matrimonio?
*Sr. Altamirano*: Lo antes posible, según ellos. Antes de eso... quieren que vayamos hoy a su casa a cenar, para que Emma y su hijo se conozcan.
*Emma*: ¡Yo no iré!
*Sra. Altamirano*: Emma, escúchame. Tú firmaste el papel...
*Sr. Altamirano*: Está decidido. Emma será presentada mañana como la prometida del hijo de los Figueroa —dijo subiendo hacia su habitación.

Emma: ¡Mamá, haz algo!
*Sra. Altamirano*: Emma, tú misma lo buscaste al dejar que la codicia te ganara firmando —dijo.

Al decir eso, vimos cómo Emma salió corriendo hacia su habitación. Se encerró ahí y no quiso salir ni para almorzar.
Cuando miré la hora ya eran casi las 3:00 p.m. Debíamos estar en casa de los Figueroa a las 7:30 p.m.

Así que subimos a alistarnos. Mi madre fue a hablar con Emma. Mientras tanto, todos nos arreglamos.
Yo me puse algo casual: un vestido largo de mangas cortas y unos tacones de punta. Mi maquillaje era natural, para no llamar la atención. Ayudé a Daniel a vestirse.
A las 6:50 p.m. ya estábamos listos. Solo faltaba Emma.

Al rato bajó con un vestido escotado y largo, con la espalda descubierta.
*Sr. Altamirano*: Emma, no es adecuado. Los Figueroa son muy detallistas con la vestimenta.
*Emma*: ¡Pues si quieren que vaya, tendrán que aceptar que use la ropa con la que me sienta cómoda!
*Sra. Altamirano*: Se nos hace tarde. Por favor, vámonos ya.

Mi madre también miró a Emma con molestia, pero sabía que estaba protestando a su manera. Sin decir más, salimos al coche.
Avanzamos en silencio. Solo se escuchaban algunas preguntas ocasionales de Daniel.
A las 7:25 p.m. estuvimos en la mansión de los Figueroa. Un lugar imponente. Emma fue la que se quedó sorprendida. Quizás ya no estaba tan molesta.

Se abrieron los grandes portones y dieron pase a nuestro coche. Una vez llegando al estacionamiento, bajamos.
La casa tenía una decoración algo antigua. En el gran jardín había estatuas. La que más resaltaba era la de un ángel, casi llegando a la puerta principal.
Caminamos un paso apurado y en la puerta estaba un empleado para recibirnos. Nos hizo una reverencia y pasamos.
El interior era aún más sorprendente: piso de mármol, paredes con pinturas estilo vintage y lámparas incrustadas en el techo. Era lo más genial.

Algo me sacó de mis pensamientos cuando una voz sonó:
*Sra. Figueroa*: Hola... Eduardo... y Gabriela. Veo que sí vinieron a cenar —dijo ella, sonriendo—. La señora Figueroa era realmente elegante.
*Sra. Altamirano*: Oh, señora Figueroa... es un gusto —dijo mi madre, sonriendo.
*Sra. Figueroa*: Qué modesta, Gabriela. Pero llámame por mi nombre. Seremos... pronto familia —lo último lo dijo con sarcasmo.
*Gabriela*: Oh, sí, claro. Mariana.
*Sr. Altamirano*: ¿El señor Figueroa bajará pronto?
*Mariana*: Mi esposo ya está en el comedor —dijo ella, haciendo un gesto con la cabeza para que la siguiéramos.

La seguimos. Ahora notaba bien que la señora Figueroa no estaba contenta con que Emma se casara con su hijo. Y lo demostraba.
Menos mal que le dijimos a Daniel que se comporte, y lo estaba haciendo muy bien.
Al llegar al comedor, una mesa gigante nos esperaba. Los cubiertos estaban perfectamente alineados con los platos. Esos platos casi eran de plata. Me quedé sorprendida.
Y también ahí estaba el señor Figueroa. Todos lo saludamos.

*Sr. Figueroa*: Vaya, Eduardo. Ya vi que sí aceptaste mi propuesta.
*Eduardo*: Sí, señor Figueroa. Una de mis hijas será su nuera.
*Sr. Figueroa*: Llámame solo Ignacio —dijo, mirándonos de arriba a abajo, a Emma y a mí—. ¿Quién de las dos es?
*Eduardo*: Es... la de vestido rojo. Mi hija Emma —mi madre la empujó ligeramente hacia adelante.
*Emma*: Señor Figueroa... espero se encuentre bien —dijo Emma con una sonrisa algo fingida.

La señora Figueroa, que ya estaba ahí observando, habló:
*Mariana*: ¿Es en serio? Emma, ¿no tuviste algo mejor que ponerte? —dijo mirando con horror el vestido de mi hermana.
*Gabriela*: Eh... lo siento, Mariana. Es que Emma...
*Daniel*: ¡Es que a Emma no quería ve—! Le tapé la boca a Daniel antes de que siguiera.
*Mariana*: ¿Emma qué?
*Olivia*: Eh, lo siento, señora Figueroa. Lo que mi hermano quiso decir es que Emma se siente cómoda usando sus vestidos favoritos —dije, sonriendo dulcemente.

La mirada de ella se pegó en mí, en mi vestimenta. Vi un destello, como una pequeña sonrisa, en su rostro.
*Eduardo*: Y... ¿su hijo? ¿No bajará?
*Ignacio*: No se siente muy bien. Le cuesta estar en lugares con muchas personas —dijo secamente.
*Emma*: ¿Es en serio? ¿No lo conoceré?
*Olivia*: Emma, tranquila —le susurré al oído.
*Mariana*: ¿Tienes tanta prisa por conocer a mi hijo, Emma? ¿Tan desesperada estás por ser su esposa? —dijo, cruzándose de brazos, con la voz ya incómoda.
*Emma*: ¡Al menos quiero saber con quién me voy a casar!
*Mariana*: Vaya... aún no eres de la familia y ya alzas la voz.
*Gabriela*: Lo siento mucho, Ignacio y Mariana. Es que Emma está un poco nerviosa —dijo mi madre, disculpándose, avergonzada.




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