Ishaen
Escuché las últimas palabras de mi padre y sentí que el mundo se cerraba a mi alrededor. Una deuda con los Al-Karim… y Zayed estaba involucrado. Todo lo que había presenciado en el almuerzo, su cercanía, su mirada calculadora, cada gesto… comenzaba a tener sentido.
La impotencia se mezclaba con la rabia y la confusión. Me alejé de la puerta del estudio sin que se dieran cuenta y subí a mi habitación. Cerré la puerta tras de mí y me dejé caer contra la cama unos segundos, intentando ordenar mis pensamientos.
Pero no podía contener ni mi respiración me levanté y comencé a caminar de un lado a otro. La habitación parecía más pequeña, como si los muros quisieran atraparme con cada idea que cruzaba mi mente. ¿Qué quería Zayed de mi familia? ¿Qué tenía que ver él con todo esto?
Después de varios minutos de indecisión, sentí que no podía quedarme de brazos cruzados. Debía enfrentarlo. Necesitaba respuestas. Tomé mi bolso, respiré hondo y salí de la casa, rumbo al hotel donde él se alojaba. Cada paso estaba cargado de determinación y nerviosismo, pero también de una curiosidad que no podía contener.
Al llegar al vestíbulo del hotel, mi corazón latía con fuerza. Me dirigí a la recepción y pregunta por él.
La recepcionista levantó la vista de su computadora y me observó con una mezcla de cortesía y discreción.
—¿El señor Al-Karim? —preguntó, como para confirmar.
Asentí con firmeza, aunque por dentro todo me temblaba.
—Está en el bar privado del hotel, señorita. ¿Desea que le anuncie?
—No. Yo iré —respondí sin pensar, antes de que los nervios me traicionaran.
Mis pasos resonaron en el mármol mientras avanzaba hacia el lugar indicado. Podía sentir la mirada de los guardias en la entrada del salón, pero bastó con decir su nombre para que uno de ellos me abriera la puerta.
Zayed estaba allí, sentado en un sillón de cuero, con un vaso de whisky en la mano. Vestía con la misma elegancia impecable de siempre, como si el poder lo envolviera sin esfuerzo. Sus ojos se alzaron hacia mí en cuanto crucé la puerta, y su expresión pasó de la sorpresa a una calma calculada.
—Señorita Al-Masri… no esperaba su visita a estas horas —dijo, dejando el vaso sobre la mesa baja frente a él. Su voz grave y serena contrastaba con el torbellino que me recorría.
—Quiero saber qué es lo que quiere con mi familia —espeté sin rodeos. La voz me salió más firme de lo que creí posible, pero mis manos se apretaban con fuerza contra el bolso.
Él me sostuvo la mirada unos segundos, en silencio, como si quisiera desarmar mi determinación pieza por pieza.
—Estás alterada —murmuró finalmente—. Siéntate.
—No. Contéstame. —Mi respiración era agitada—. ¿Qué pretendes con nosotro?
La sombra de una sonrisa apareció en sus labios, como si mi valentía lo divirtiera.
—No pretendo nada más que lo justo, Ishaen. Tu padre sabe exactamente de qué hablo.
El corazón me dio un vuelco, pero tragué el nudo de mi garganta.
—¿De cuánto es la deuda? —pregunté, con un tono más bajo, casi suplicante.
Zayed arqueó una ceja, su serenidad exasperante.
—Este no es el lugar para hablar de ello. Vamos a mi suite.
—¡No juegues conmigo! —estallé, incapaz de contener la frustración—. ¡Quiero respuestas claras!
—Y te las daré.
Él se levantó con calma, extendió su mano hacia mí como si me invitara a entrar en su mundo. La ignoré, con el enojo y la indignación latiendo en mis venas, pero aun así lo seguí. Quería… no, necesitaba saber la verdad.
El ascensor subió en silencio, cargado de una tensión que me hacía difícil respirar. Cuando las puertas se abrieron, Zayed avanzó primero y luego sostuvo la puerta, con ese gesto caballeroso que en su presencia nunca parecía inocente.
Entré en la suite con la sensación de estar caminando directo a la boca del lobo. Él se movía con esa elegancia natural que me resultaba insoportable en ese momento. Fue hacia una butaca, tomó una libreta de la mesa y, sin decir palabra, escribió algo en una hoja.
Dobló el papel y me lo tendió.
Mis dedos temblaban al abrirlo. La cifra me golpeó como un puñetazo en el estómago. Me quedé atónita. Era imposible… demasiado. El aire se volvió denso, mis pensamientos se dispersaron y por un instante sentí que el mundo entero se detenía a mi alrededor.
Las piernas me flaquearon y tuve que apoyarme en el respaldo de un sillón cercano.
—Es imposible… —susurré, incrédula, con los ojos fijos en los números que parecían gritarme la magnitud del desastre.
Cuando alcé la vista, Zayed ya estaba recostado contra el sillón, observándome en silencio. Sus ojos, oscuros y penetrantes, me envolvían con la calma peligrosa de un cazador que sabe que su presa ha caído en la trampa.
Sentí que mis piernas me abandonaban y el aire me quemaba en los pulmones. Apenas logré aferrarme al respaldo del sillón, pero el vértigo era tan intenso que pensé que iba a caer.
De pronto, una mano firme se posó en mi brazo. Levanté la vista y lo vi a él, más cerca que nunca. Zayed me sostuvo con naturalidad, como si hubiese previsto mi reacción, y me guió hasta el sillón. No tuve fuerzas para resistirme. Me dejé caer, todavía con el papel arrugado entre mis dedos temblorosos.
Él se inclinó un momento, tomó una botella de agua de la mesa y me la ofreció. Lo observé con recelo, pero mi garganta estaba tan seca que terminé aceptándola. Bebí un sorbo, intentando recomponerme, mientras sus ojos me estudiaban con esa paciencia que me resultaba desconcertante.
—Respira —murmuró, con voz grave, más suave de lo que jamás lo había escuchado.
El silencio se extendió unos segundos. Yo, con el corazón latiendo a un ritmo descontrolado; él, sereno, como si todo estuviera bajo su dominio. Cuando al fin logré recuperar algo de aire, alcé la vista y me encontré con su expresión indescifrable.
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Editado: 21.01.2026