La Tercera Esposa del Árabe

CAPÍTULO 17: La propuesta

Ishaen

El aire de la noche me golpeó en el rostro apenas crucé las puertas del hotel. Caminé con pasos rápidos, casi tropezando, como si necesitara poner la mayor distancia posible entre él y yo. El eco de sus palabras aún retumbaba en mi cabeza, lacerante, imposible de callar.

Un matrimonio. Mi mano como moneda de cambio.

Sentí un nudo subirme a la garganta, pero lo tragué con rabia. No iba a llorar. No frente a él, no ahora.

El valet se apresuró a abrirme la puerta del auto, pero mis manos temblaban cuando busqué las llaves. Apenas me senté al volante, cerré la puerta de golpe y dejé escapar un suspiro tembloroso. Apoyé la frente contra el timón unos segundos, tratando de recuperar el aire que me faltaba.

Las luces del hotel se reflejaban en el parabrisas, recordándome dónde estaba, qué acababa de pasar. Cerré los ojos con fuerza. El rostro de Zayed apareció en mi mente con esa calma imperturbable, esa seguridad insoportable con la que me había dicho que la decisión era inevitable.

Golpeé el volante con ambas manos, ahogada de impotencia.

—¡No! —susurré, como si gritárselo a mí misma pudiera borrar sus palabras.

Encendí el motor con un movimiento brusco. El rugido del vehículo me dio la excusa perfecta para ahogar el temblor de mi respiración.

Me aferré al volante con fuerza, como si ese fuera el único ancla capaz de mantenerme entera. Pero dentro de mí, una certeza se repetía con dolorosa claridad: ya no había vuelta atrás. Zayed había puesto las cartas sobre la mesa, y yo… yo no sabía cuánto tiempo podría seguir resistiendo.

El camino de regreso fue un borrón de luces y sombras en la carretera. Mis manos se aferraban al volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. No lloré. No podía. La rabia se había tragado cualquier lágrima y se transformaba en algo más sólido, más afilado.

Cuando llegué a la casa, apagué el motor y me quedé sentada unos segundos, observando la fachada iluminada tenuemente. Respiré hondo, intentando no dejar que la furia me empujara a irrumpir en el estudio y exigirle a mi padre toda la verdad. No. No ahora.

Entré en silencio y subí las escaleras con pasos rápidos. Cerré la puerta de mi habitación y me dejé caer contra ella, respirando con dificultad, como si acabara de correr una maratón. Caminé de un lado a otro, incapaz de quedarme quieta.

La cifra, las palabras de Zayed, la seguridad con la que me había dicho que el matrimonio era inevitable… Todo resonaba como un eco interminable.

Me dejé caer sobre la cama y cubrí mi rostro con las manos. ¿Decirle a mi padre lo que sabía? ¿Confrontarlo con la verdad que había escuchado tras aquella puerta? Parte de mí lo deseaba con fuerza, exigirle que me mirara a los ojos y me dijera si era cierto que su empresa, nuestro apellido, estaban en manos de los Al-Karim.

Pero otra parte… otra parte me frenaba. No era solo miedo a su respuesta, era miedo a confirmar lo que Zayed ya me había mostrado con esa frialdad calculada.

Respiré hondo y me senté en la orilla de la cama, erguida, con los puños cerrados sobre mis rodillas. No iba a quebrarme. No iba a dejar que Zayed me tratara como una pieza en su tablero.

Si quería guerra, la tendría.

No le diría nada a mi padre. No aún. Primero debía entender cómo moverme, cómo resistir. Zayed jugaba con paciencia y frialdad, pero yo también podía aprender a jugar.

Me levanté de golpe, como si la decisión acabara de encenderme las venas.

—No voy a ceder —susurré para mí misma, con voz firme, casi como un juramento.

El reflejo de mi rostro en el espejo me devolvió una imagen distinta: no de la hija confundida y asustada que había salido del hotel, sino de una mujer que empezaba a levantar sus propias armas.

El amanecer me encontró despierta, pero no con ánimo de enfrentar lo que me esperaba abajo. El murmullo de la loza, el aroma a pan recién hecho y las voces de mi familia eran un recordatorio de todo lo que aún callaba. No podía mirarlos, no todavía. Así que me vestí rápido y salí temprano, con el pretexto de adelantar trabajo en la oficina. Fue mi forma de evadirlos, de ganar unas horas más antes de decidir qué hacer con lo que sabía.

En el trayecto hacia la empresa repasé mil veces la conversación con Zayed. Mi padre… la deuda… todo encajaba como piezas de un rompecabezas que no quería armar. Pero las piezas estaban allí, crueles y evidentes.

Me sumergí en el ambiente laboral con la esperanza de encontrar refugio. Papeles, llamadas, reuniones pequeñas. Todo era mejor que enfrentar preguntas incómodas en casa.

Sin embargo, a media mañana, la secretaria de mi padre se acercó a mi escritorio con una carpeta en brazos.

—El señor Abdul se reunirá con el señor Al-Karim esta tarde, en el club de empresarios —anunció con naturalidad, como si no acabara de ponerme un peso en el pecho.

El nombre me golpeó como un eco imposible de ignorar. Zayed. No necesitaba verlo para sentirlo cerca; bastaba la mención para que su sombra me rodeara.

Me quedé inmóvil por un segundo, asimilando la información. Así que era cierto: Zayed no estaba jugando. No iba tras los negocios solamente, estaba moviendo las piezas en silencio, preparando el tablero. Y mi padre… mi padre iba directo a su encuentro.

Me mordí el labio y asentí, fingiendo indiferencia, aunque por dentro me quemaba una sola pregunta: ¿qué tanto estaría dispuesto a entregar mi padre para saldar esa deuda… y qué tanto esperaba Zayed obtener de mí?

Me quedé unos segundos en silencio, mirando la carpeta en las manos de la secretaria. Ella esperaba mi asentimiento, como si ese detalle fuera apenas un trámite. Pero para mí era un cuchillo abriéndose paso entre la calma fingida que intentaba mantener.

—¿De qué trata la reunión? —pregunté al fin, sin rodeos. No era curiosidad inocente, lo sabía. Mi tono fue más firme de lo que había planeado.




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