La Tercera Esposa del Árabe

CAPÍTULO 19: Donde el orgullo no tiembla

Ishaen

La noche fue larga. No dormí.

Cada intento por cerrar los ojos me devolvía a la misma escena: la voz de Zayed pronunciando esas palabras con la calma de quien ya tiene todo ganado.

“En una semana tendré lo que quiero.”

Durante horas, mi mente giró entre el orgullo y la impotencia, entre el deseo de gritarle al mundo y el impulso de simplemente rendirme. Pero no. Esa palabra no existía para mí. No mientras tuviera aliento.

Al amanecer, me levanté con el cuerpo tenso, pero con la mente más clara. La rabia había perdido su filo; lo que quedaba era una calma distinta, densa, cargada de propósito.

Si no podía evitar el juego, entonces aprendería a jugarlo.

Me miré al espejo.

El reflejo que me devolvía la mirada ya no era el de la hija asustada ni la mujer ofendida. Era otra versión de mí, una que había aprendido a contener el temblor y a usarlo como fuerza.

Abrí el armario y comencé a elegir con cuidado: vestidos sobrios, colores neutros, accesorios discretos. Nada que gritara vulnerabilidad. Si Zayed pensaba que podía moldearme, debía entender que, aunque aceptara las circunstancias, no lo haría con la cabeza baja.

Mientras me vestía, una idea comenzó a gestarse lentamente.

Quizás no pudiera detener lo inevitable… pero sí podía decidir cómo se desarrollaría. No sería su conquista fácil. No sería la esposa que obedecía sin levantar la mirada.

Si Zayed Al-Karim quería tenerme en su mundo, tendría que enfrentarse a mi carácter, a mi mente y a cada límite que yo estableciera.

Tomé mi móvil y abrí el correo de la empresa. Había reuniones, acuerdos, tareas pendientes. Mi vida seguía, y pensaba mantenerla así, aunque todo lo demás se tambaleara.

No sería la sombra de un acuerdo, sería su igual, aunque tuviera que fingirlo al principio.

Respiré hondo y me recogí el cabello en un moño pulcro.

El rostro que me devolvió el espejo estaba sereno, decidido. Quizás dolido, sí, pero implacable.

La fragilidad se había ido.

En su lugar, quedaba una firmeza que ni siquiera yo reconocía del todo.

Bajé a desayunar cuando el reloj marcaba las ocho. Mamá ya estaba allí, sentada con el ceño fruncido y una taza de té entre las manos. Me miró con sorpresa al verme tan compuesta.

—Pensé que no bajarías hoy —murmuró.

—No pienso esconderme —respondí con calma—. Si Zayed quiere un trato, lo tendrá. Pero a mi manera.

Mamá me observó en silencio. Había algo en su mirada, una mezcla de orgullo y miedo. Quizás entendía que ya no era la niña a la que podía proteger con palabras dulces.

—Solo prométeme que no harás nada imprudente —pidió en voz baja.

Esbocé una sonrisa leve.

—No te preocupes, mamá. A veces, la mejor estrategia es aparentar calma mientras preparas el siguiente movimiento.

Me levanté, dejando la taza sobre la mesa. El día apenas comenzaba, pero en mi interior algo ya había cambiado.

La resignación había dado paso a la estrategia.

Sabía que mi padre estaba acorralado. Que sus negocios, sus deudas y su orgullo lo habían empujado a un punto de no retorno. Y yo… era la moneda de cambio.

No podía detener lo inevitable, pero sí podía decidir cómo enfrentarlo.

Si Zayed Al-Karim pensaba que tendría una esposa sumisa, estaba profundamente equivocado. Podía ser su alianza, su carga o su tormenta, pero nunca su posesión.

Así que empecé a mover mis propias piezas.

Revisé los contratos de la empresa, busqué información sobre los movimientos de Al-Karim Investments en Panamá y en Dubái, y pedí discretamente a un contacto en finanzas que rastreara los activos congelados de mi padre, cualquier dato que me diera una mínima ventaja antes de que esa semana terminara. Si iba a entrar en ese infierno, lo haría sabiendo dónde estaba cada salida.

Era una estrategia silenciosa, casi invisible. Nadie debía saberlo. Ni siquiera mi padre.

Cuando terminé, sentí el peso del cansancio, pero también algo de control. Al menos un poco del que me habían arrebatado.

El teléfono vibró sobre la mesa. Era Alina.

—¿Sigues viva o el árabe ya te volvió loca? —fue lo primero que dijo con su tono burlón.

Cerré los ojos un segundo, intentando reprimir el peso de mis emociones.

—Si supieras lo que ha acontecido… —murmuré, con una sonrisa cansada.

Hubo una breve pausa del otro lado.

—Eso suena más grave de lo que esperaba —dijo, su voz bajando un tono—. ¿Qué pasa, Isha? ¿Ese tipo sigue perturbándote?

—No hablemos por teléfono —respondí con calma.

—¿Tan serio es? —preguntó, pero yo guardé silencio. Solo escuché su respiración al otro lado de la línea.

—Estoy cerca de tu oficina —continuó—. Iba de camino a una reunión, pero puedo desviarme.

Miré la hora. Tenía sentido verla. Necesitaba una distracción, y tal vez un poco de normalidad antes de que mi mundo terminara de desmoronarse.

—Está bien —dije finalmente—. Nos vemos.

Quince minutos después alguien tocó la puerta, me levante y abrí, Alina se abalanzo sobre y me dio un abrazo.

—Te vez fatal, eso quiere decir que es grave.

—Mi vida se está convirtiendo en un contrato matrimonial sin amor ni elección. ¿Qué crees que pasa?

Alina me observó.

—¿De qué hablas?

—Zayed Al-Karim, Alina, él no se que quiere conmigo.

—Espera qué.

—Así como lo oyes.

Le conté algunos acontecimientos, Alina se llevaba la mano a la boca sorprendida.

—Sabes que necesitas alcohol, luces y música muy fuerte —declaró con seguridad—. No pienso dejar que ese árabe te robe el alma antes de casarte.

Sonreí apenas.

—No estoy de humor para fiestas, Alina.

—Precisamente por eso vas a ir. Arregla ese cabello, ponte algo que grite “aún tengo poder” y pasa por mi. Te prometo que por unas horas olvidarás a Zayed Al-Karim.




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