La Tercera Esposa del Árabe

CAPÍTULO 20: Paciencia peligrosa

Ishaen

Por más que intentaba distraerme, sabía que Zayed seguía ahí. Lo sentía.

Su presencia era un ancla invisible, me mantenía alerta… y, para mi desgracia, viva.

—Disfruta esta noche, que ya bastante te ha quitado ese hombre.

Le sonreí sin ganas, observando cómo volvía a la pista con un grupo de amigos que acababan de llegar.

Me quedé sola con mi copa, intentando convencerme de que podía olvidar por una noche.

Intenté mantener la compostura, ignorando la forma en que Zayed me observaba desde la distancia.

Su presencia era un pulso constante, una amenaza vestida de calma.

Pedí otro trago.

El hielo tintineó, y el reflejo del licor me devolvió una versión de mí que no reconocía del todo: una mujer que sabía que estaba perdiendo el control y aun así seguía jugando.

Las luces del club giraban como un carrusel de fuego.

El ritmo cambió a una base profunda, pegajosa, de esas que hacen que el cuerpo se mueva aunque el alma esté cansada.

Dejé la copa vacía sobre la barra y me perdí entre la multitud.

No quería pensar.

No quería sentir.

Solo quería que el ruido borrara su voz de mi cabeza.

Mis caderas siguieron el compás sin esfuerzo.

El aire olía a perfume caro, a licor y a olvido.

Por un instante, logré lo imposible: dejar de ser “la hija del empresario acorralado”, dejar de ser la próxima esposa de Zayed Al-Karim.

Hasta que una voz masculina se acercó a mi oído.

—¿Bailamos? —preguntó alguien con una sonrisa que no alcancé a ver.

Lo miré apenas, dispuesta a aceptar solo por distraerme… pero no llegué a responder.

Una sombra se interpuso entre nosotros.

Alta. Firme. Inconfundible.

—Ella no baila contigo —dijo Zayed con voz serena, pero lo suficientemente firme para que el otro entendiera que no era una sugerencia.

El chico dio un paso atrás, confundido.

—Zayed… —murmuré entre dientes, disimulando la furia y el temblor—. ¿También vas a espantar a todo el que me hable?

—Solo a los que no entienden la diferencia entre una mujer libre y una mujer comprometida.

—¿Comprometida? —pregunté, indignada.

—Lo estarás. Muy pronto.

Y antes de que pudiera contestar, rodeó mi cintura y me guió hacia una esquina más oscura del club, lejos del bullicio, lejos de los ojos curiosos.

—Suéltame —repetí, con el orgullo apenas sostenido por un hilo.

—Lo haré —murmuró— cuando aprendas a no huir.

—¿Huir de ti? No te sobreestimes.

—No lo hago. —Sus ojos se clavaron en los míos—. No importa cuánto corras o con quién intentes distraerte. En una semana, serás mía, Ishaen.

Su respuesta me golpeó como un latigazo.

—No soy tuya, Zayed —dije, con voz temblorosa pero firme.

—Todavía no —corrigió, sin apartar la mirada—. Pero quiero que recuerdes algo —susurró—: cada vez que alguien te mire, cada vez que alguien intente tocarte, sabrás que ya me perteneces, aunque aún no lo aceptes.

—Basta —susurré, aunque mi voz tembló.

—Entonces deja de desafiarme.

Su mirada descendió a mis labios, y por un instante, el aire pareció romperse entre nosotros.

El pulso me golpeó en los oídos. No sé si era miedo, furia o esa mezcla tóxica de deseo y rechazo que solo él podía provocar.

—No me vas a intimidar, Zayed.

—No pretendo hacerlo. Solo estoy observando hasta dónde estás dispuesta a provocarme.

—Eres un hombre enfermo —le escupí.

—Tal vez —dijo con calma, sin apartar la vista—. Pero también soy el hombre que va a casarse contigo.

Mi cuerpo se tenso. Su perfume, esa mezcla de madera y especias, me envolvió antes de que pudiera escapar.

—¿Por qué haces esto? —pregunté, harta del nudo en el pecho.

—Porque no soporto verte pretender que todo esto no te afecta —susurró—. Porque cada vez que intentas escapar, terminas más cerca de mí.

Mi corazón martilló en el pecho.

Quise responder algo mordaz, algo que lo hiriera, pero las palabras no salieron.

Solo atiné a mirarlo, odiando la forma en que mi cuerpo traicionaba a mi mente.

Zayed sonrió apenas, como si leyera cada pensamiento que intentaba esconder.

—Te advertí que no podías ganar este juego, Ishaen.

—Entonces tendré que cambiar las reglas —le contesté, sosteniéndole la mirada.

Por un momento, ninguno habló.

Solo el ruido del club a lo lejos, la respiración contenida y esa tensión que amenazaba con romper algo invisible entre los dos.

Zayed levantó la mano, como si fuera a tocar mi mejilla, pero se detuvo a medio camino.

—No sabes cuánto me cuesta no hacerlo —murmuró.

Yo tragué saliva, giré bruscamente y me alejé antes de que pudiera ver lo que esa confesión me había provocado.

Necesitaba aire.

Necesitaba distancia.

Y, sobre todo, necesitaba recordar que Zayed Al-Karim no era un hombre.

Era el abismo.

Y si no tenía cuidado, iba a terminar cayendo de cabeza en él.

Quería odiarlo. Y lo hacía. Pero odiar a Zayed era como intentar apagar un incendio con más fuego.

Me acerqué a la barra, sentía un fuego ardiente recorrer mi cuerpo. Necesitaba callar su voz, borrar esa sensación que se había adherido en lo más profundo.

No sé cuánto tiempo me quedé quieta en el asiento. Tal vez un minuto, tal vez una eternidad.

El eco de su voz seguía ahí, pegado a mi piel como un perfume que no podía quitarme.

—¡Ishaen! Aquí estás —la voz de Alina cortó el ruido del club, obligándome a girar.

Ella avanzó entre la multitud con paso firme, esquivando a un par de personas hasta llegar a mí. Me miró de arriba abajo, y su sonrisa se desvaneció al notar mi expresión.

—¿Qué te pasó? Pareces... ida.

Me obligué a sonreír, aunque el corazón todavía me latía desbocado. —Nada. Solo... necesitaba aire.

—¿Aire? —repitió con tono incrédulo, cruzándose de brazos—. ¿Y ese color en tus mejillas? No me digas que fue el tipo que te sacó a bailar.




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