Zayed
“Hay batallas que no se ganan con fuerza, sino resistiendo el deseo de rendirse.”
Después de la reunión con Abdul y dejarle claras mis intenciones de saldar su cuenta, me retiré.
Mi decisión estaba tomada.
La quería a ella.
No vine a Panamá buscando una tercera esposa; mi vida ya era lo suficientemente compleja.
Pero ella…
Ella me había cautivado de una forma que ninguna mujer antes lo había hecho.
Su fortaleza, su fiereza, esa forma indomable de desafiarme cada vez que abría la boca.
No buscaba complacer ni agradar, y justo por eso no podía dejar de pensar en ella.
Era un fuego que me quemaba y me fascinaba al mismo tiempo.
Y, lo admito, me intrigaba saber hasta dónde era capaz de llegar antes de rendirse.
Esa noche, mientras revisaba algunos documentos en la suite, un mensaje interrumpió mis pensamientos.
—Señor, le comunico que la joven Al-Masri está en un club. ¿Quiere que le envíe la dirección?
Dejé el bolígrafo sobre la mesa, giré lentamente la copa de whisky entre mis dedos y sonreí apenas.
—Hazlo —respondí.
El mensaje con la dirección llegó segundos después.
Reconocí el nombre del lugar. Un club exclusivo, discreto… perfecto para quienes querían escapar de sí mismos por unas horas.
Apagué el ordenador y me puse de pie.
No lo pensé demasiado. No era el tipo de hombre que actuaba por impulsos, pero con Ishaen mis reglas se desmoronaban una a una.
Abrí el armario.
No traje ni traje ni corbata. Solo una camisa blanca, un pantalón oscuro y mi reloj.
Nada más.
Me miré al espejo antes de salir.
No era vanidad. Era estrategia.
Si iba a enfrentarme a ella esa noche, quería que supiera que no solo estaba en control… también que estaba dispuesto a desestabilizarla.
Tomé las llaves del auto y salí.
El trayecto al club fue breve, pero suficiente para ordenar mis pensamientos.
Ella pensaba que podía desafiarme, que podía escapar del destino que ya estaba sellado.
Y yo…
Yo solo quería verla enfrentarse a lo inevitable, con esa misma mirada de fuego que tanto me tentaba.
Cuando llegué, el sonido de la música me recibió antes que las luces.
Entré sin dificultad. Mi nombre abría puertas.
El lugar estaba repleto, pero no tardé en encontrarla.
En medio de la pista, bajo el reflejo cambiante de las luces, Ishaen Al-Masri se movía como si el mundo no pesara sobre sus hombros.
Libre.
O intentando parecerlo.
Cada paso, cada movimiento, era una provocación inconsciente.
Y entonces supe que no iba a quedarme mirando desde la distancia.
Ajusté las mangas de la camisa y avancé.
El juego apenas estaba comenzando.
Me acerque a ella y su mirada fue de sorpresa, aunque intentó disimularlo.
Cuando preguntó qué hacía ahí, no le iba a responder qué estaba ahí por ella.
—Entonces tendrás que aprender a resistir la tentación.
Dijo cuando acepte delante de ella lo mucho que me tienta cuando se desafía. Ella por su parte sonrió satisfecha.
Después del cruce de palabras se alejó, con paso seguro, sabía que mi sola presencia había tocado algo dentro de ella. No la detuve en ese instante, soy paciente y sé que en cualquier momento la tendré cerca nuevamente.
Me senté cerca, la observaba en silencio, aunque fingía que escuchaba a los que estaban alrededor de mi.
La perdí, la busqué con la mirada hasta que la encontré.
No necesité más que un segundo para distinguirla entre la multitud.
Había algo en su manera de moverse… no era solo elegancia, era desafío.
Su cuerpo seguía el ritmo de la música con una libertad que me resultaba insoportable.
Libre.
Esa palabra que ella repetía con tanto orgullo.
Apoyé una mano en el borde del bar, observándola sin prisa.
Cada gesto suyo parecía calculado para provocarme, aunque sabía que no lo hacía con intención.
Simplemente era ella.
Y eso bastaba para desarmarme.
Me incliné ligeramente hacia el camarero.
—Lo mismo que ella.
El hombre asintió y me sirvió un vaso.
Cada gesto suyo era una provocación, cada sonrisa, un golpe certero a mi autocontrol.
Entonces lo vi.
Un hombre se le acercó. Un idiota que creyó tener derecho a rozar lo que no comprendía. Lo observé inclinarse hacia ella, buscando conversación, quizás algo más. Ella lo miró con cortesía, pero su incomodidad era evidente. Bastó eso para que algo dentro de mí se encendiera.
Dejé la copa sobre la barra y caminé hacia ellos.
No pensé. No razoné. Solo me moví.
Mis pasos fueron firmes, calculados. La multitud se abrió sin que tuviera que decir palabra. Me detuve detrás de ella, lo suficientemente cerca para sentir su perfume mezclarse con el humo y la música.
El hombre levantó la vista, y en ese instante supo que debía retirarse. No porque yo hablara, sino porque comprendió quién era yo. Quién era ella.
Ella giró hacia mí. Su mirada era fuego contenido, rabia y algo más que no se atrevía a admitir. La tensión se estiró entre nosotros como un hilo invisible.
Quise tocarla. No para reclamarla, sino para recordarle que estaba ahí, que no importaba cuánto corriera, siempre la alcanzaría.
Di un paso más hacia ella, reduciendo la distancia hasta que el perfume de su piel se mezcló con el mío.
No la toqué.
No necesitaba hacerlo.
Su cuerpo tembló, pero no de miedo. Lo supe. Lo sentí.
Y en ese temblor comprendí que no se trataba de dominio, ni de capricho. Era algo más, más profundo. Una fuerza que me arrastraba hacia ella.
El ruido del club se volvió un eco distante. Solo existía ella, su mirada altiva y ese corazón que latía demasiado rápido.
La vi apartarse, intentando fingir que no le importaba, pero lo hacía. Cada paso suyo, cada intento de distancia, solo confirmaba lo inevitable.
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Editado: 21.01.2026