La Tercera Esposa del Árabe

CAPÍTULO 22: Destino firmado

Zayed

La miré un instante más.

Había visto muchas mujeres dormidas antes, pero ninguna había logrado desarmarme con algo tan inocente.

No era deseo lo que me tenía clavado en el suelo. Era… curiosidad.

Esa maldita curiosidad que me hacía querer entenderla, romper sus muros, descubrir hasta dónde llegaba su resistencia.

Me enderecé y fui hasta el sillón junto a la cama. Tomé el vaso de agua que había dejado en la mesa y me quedé allí, observándola mientras el amanecer se filtraba por las cortinas.

Tenía ojeras leves, las manos recogidas sobre el pecho, como si se aferrara a sí misma incluso dormida.

“Indomable”, pensé.

Incluso cuando cae, no se rinde.

Horas después, cuando la luz llenó por completo la habitación, ella se movió.

El primer gemido ahogado escapó de sus labios, seguido por un leve quejido.

Abrí los ojos —había estado fingiendo leer un informe solo para no mirarla demasiado tiempo— y la vi despertar.

Sus ojos, aún adormecidos, se abrieron despacio, y lo primero que noté fue la confusión.

El desconcierto.

El miedo a lo desconocido.

—Despierta por fin —murmuré, sin levantarme del sillón.

Ella giró la cabeza hacia mí. Me observó como si intentara recordar qué demonios hacía yo allí.

Le tendí el vaso de agua y la pastilla.

—Tómalo.

Sus ojos desconfiados me sostuvieron un segundo antes de que preguntara lo inevitable.

—¿Dónde estoy?

—En mi suite. —Mantuve el tono sereno—. No estabas en condiciones de volver sola.

No dije más. No mencioné el beso. No era necesario. Ella no lo recordaría, y, sinceramente, prefería que no lo hiciera.

La vi beber el agua con torpeza. Su orgullo seguía intacto, incluso después de todo.

Cuando me preguntó si yo la había traído, respondí la verdad:

—No confío en que otros lo hagan bien.

Y lo cierto es que no voy a confiar en nadie cuando se trata de ella.

Mientras hablaba, su voz era un eco de desafío.

Cada palabra suya era una barricada.

Y sin embargo, esa misma resistencia me atraía más de lo que debía.

Podría haberle dicho tantas cosas.

Podría haberle recordado que, anoche, incluso inconsciente, fue ella quien me buscó.

Pero no.

No quería que lo supiera.

No todavía.

La observé mientras se incorporaba, tambaleante, recogiendo sus cosas con torpeza.

Lucia vulnerable, pero seguía intentando parecer fuerte.

Era eso lo que me fascinaba.

Cuando me dijo que no estaba en deuda conmigo, solo sonreí.

—No, todavía no.

No era una amenaza.

Era una promesa.

Y cuando cruzó la puerta con esa misma obstinación que la había acompañado desde que la conocí, supe que ese beso —aunque ella no lo recordara— sería la chispa que lo cambiaría todo.

No para ella.

Para mí.

Porque por primera vez, después de años de control, una mujer logró hacerme perderlo… sin siquiera saberlo.

La puerta se cerró con un sonido suave, pero el eco permaneció en la habitación como un golpe seco.

Me quedé inmóvil por unos segundos, observando el marco vacío, la ausencia que ella dejaba tras de sí.

El aire seguía oliendo a ella: una mezcla sutil de perfume y desafío.

Pasé una mano por el cuello de mi camisa, intentando aflojar la tensión que no había sentido en años.

Ishaen Al-Masri era un problema.

El más tentador de todos.

Su orgullo era un muro que cualquiera consideraría infranqueable, pero yo ya había visto las grietas. No necesitaba doblegarla; bastaba con esperar. Y la paciencia… era lo que mejor sabía usar.

Caminé hasta la ventana. La ciudad aún se desperezaba, envuelta en esa luz dorada que precede al caos del día. Desde aquí todo parecía ordenado, predecible. Excepto ella.

Recordé la noche anterior. Su mirada antes de que el alcohol le nublara el juicio.

Esa rabia contenida. Esa frustración que la llevaba a beber como si quisiera borrar algo que ni siquiera yo había provocado.

Y luego… el beso.

Cerré los ojos un instante.

Fue un accidente. Lo sabía. Pero aún así… su boca sobre la mía había tenido el poder de un juramento.

Fugaz. Ardiente. Peligroso.

No debía haber sentido nada.

Y sin embargo, lo hice.

Volví hacia la cama. Las sábanas aún estaban revueltas, y en la almohada podía ver un mechón de su cabello, brillante bajo la luz.

Una pequeña prueba de que no lo había imaginado todo.

—Indomable —murmuré.

Tomé el vaso vacío de la mesa de noche y lo dejé sobre la bandeja. Luego encendí el móvil.

Varios mensajes esperaban, pero solo uno me interesaba: el informe del hombre que había enviado a vigilar a Abdul.

Nada fuera de lo común, pero el hecho de que el viejo hubiera empezado a mover contactos en Dubái me dio una certeza: el asunto con Ishaen no era solo una deuda económica. Era una provocación.

Y él sabía perfectamente a quién estaba provocando.

Me serví un café y bebí sin prisa. El líquido amargo me devolvió el control que casi pierdo.

Ishaen podía odiarme, evitarme, incluso convencer a sí misma de que nada de esto la afectaba… pero la verdad era otra.

Anoche, cuando la tomé del brazo para evitar que cayera, tembló.

No de miedo, sino de algo más profundo.

Y ese temblor me bastó para saber que había una grieta en su defensa.

Pequeña, casi invisible, pero real.

Sonreí levemente.

Podía tener todos los muros del mundo, pero yo sabía esperar.

Podía observar sin mover una pieza, hasta que ella diera el paso que creía imposible.

Paciencia.

Eso era lo que ella aún no comprendía.

No necesitaba correr detrás de ella.

Tarde o temprano, la vida la haría volver a mí.

Quizás por orgullo, quizás por necesidad… o quizás, simplemente, porque la curiosidad puede ser más peligrosa que el deseo.




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