Ishaen
—¡Ishaen, espera!
La voz de mi padre me alcanzó justo cuando mi mano tocaba el pomo de la puerta.
Me detuve, cerré los ojos un instante. No quería escuchar más, pero su tono no era el mismo de antes. Sonaba… roto.
Me giré despacio.
Abdul Al-Masri se veía distinto. El hombre imponente que conocía parecía haberse encogido en su silla.
—No puedes irte sin saberlo todo —dijo con voz áspera—. No quiero que creas que esto fue descuido o ambición.
Avancé unos pasos, sin sentarme.
—Explícame entonces, porque no entiendo cómo pudiste firmar algo así.
Él bajó la mirada, como si las palabras pesaran más que la culpa.
—Hace quince años, Al-Masri Group estaba al borde del colapso. El mercado cayó, nuestros distribuidores cerraron y los bancos nos negaron crédito. Estábamos ahogados. Rashid Al-Karim fue el único que me ofreció ayuda… pero no sin condiciones.
Fruncí el ceño.
—¿Qué clase de condiciones?
—Una inversión millonaria a cambio de una garantía —respondió con un hilo de voz—. No aceptaba propiedades ni acciones, solo una promesa de alianza entre familias si la deuda no se pagaba en quince años.
—Y firmaste. —No fue una pregunta.
—Firmé porque no había otra salida. Pensé que quince años serían más que suficientes para devolver cada centavo. Y durante mucho tiempo lo hicimos bien. La empresa creció, los proyectos prosperaron. Pero… —se detuvo, la voz quebrándose un instante— hace dos años todo volvió a caer. La competencia extranjera nos sacó del mercado y apenas logramos mantenernos a flote.
Me quedé en silencio, mirando las carpetas apiladas en el escritorio. Las cifras, las firmas, las promesas muertas en tinta.
—Nunca quise que mis hijos se casaran por conveniencia —continuó él—. Siempre supe lo que esas alianzas destruyen. Por eso no lo mencioné nunca. Porque estaba convencido de que lograría pagar antes de que el plazo terminara.
—Pero no lo hiciste —dije con frialdad.
Asintió, derrotado.
—No lo hice. Los intereses se acumularon, las inversiones se estancaron. Y ahora… el contrato nos alcanzó.
Apoyé las manos sobre el respaldo de la silla, intentando contener la mezcla de rabia y desilusión que me subía por la garganta.
—¿Y Zayed sabe toda la historia?
—Debe saberla, es el único heredero de los Al-Karim.
Mis labios se tensaron.
—Entonces, todo este tiempo…
—No, hija —interrumpió con firmeza—. Si algo sé de él, es que no actúa por obligación. Si hubiera querido imponer el contrato, ya lo habría hecho.
—¿Y qué me importa lo que él quiera o no? —repliqué con amargura—. El resultado es el mismo: estoy atrapada por algo que tú firmaste.
El silencio cayó de nuevo entre nosotros.
Mi padre me miró como si buscara perdón, pero no había nada que pudiera ofrecerle.
—Si tuviera cómo pagar, lo haría —dijo finalmente—. Pero ya no puedo.
—Entonces no me digas que fue por protegernos —susurré, dándole la espalda—. Porque lo que hiciste fue condenarme.
Guardé la carpeta en mi bolso.
Sus pasos me siguieron hasta la puerta, pero no lo dejé hablar.
—No digas nada, papá —murmuré sin mirarlo—. Lo último que necesito ahora es una disculpa.
Abrí la puerta y salí del despacho sintiendo que el aire pesaba más de lo normal.
Cerré la puerta detrás de mí con cuidado, pero aun así el sonido del clic me hizo estremecer. Mis manos temblaban.
No supe cuánto tiempo estuve quieta frente a esa puerta, intentando procesar lo que acababa de escuchar.
Mi padre…
Había guardado silencio durante años. Todo, absolutamente todo, por mantener en pie una empresa que ahora me estaba arrastrando con ella.
En el pasillo, el aire se sentía más frío.
Empecé a caminar y mientras mis tacones resonaban en el piso, la frase de Zayed volvió a resonar en mi mente, cruel y precisa.
—¿Ishaen? —la voz de mi madre me hizo alzar la vista. Ella notó algo en mi rostro, porque frunció el ceño y se levantó, pero levanté una mano para detenerla.
—No… ahora no, mamá. —Mi voz sonó más quebrada de lo que pretendía.
—¿Qué te dijo tu padre? —preguntó preocupada.
—Nada que quieras escuchar —respondí, con una sonrisa tensa.
Alina se levantó del sofá y me estudió en silencio. Bastó una mirada suya para entender que mi máscara no estaba funcionando.
—Eso no fue “nada”, Ishaen —murmuró, arqueando una ceja—. Tienes cara de haber visto un fantasma o algo peor.
—Peor —susurré.
Mi madre frunció el ceño, pero antes de que pudiera insistir, le dije que necesitaba descansar. Subí las escaleras, seguida por Alina, que no pensaba soltarme hasta saber la verdad.
Apenas entramos a mi habitación, cerré la puerta y me dejé caer sobre la cama.
Alina cruzó los brazos, esperó unos segundos y luego dijo con ese tono despreocupado que solo ella podía usar en medio de una crisis:
—Bueno, suéltalo ya. ¿Qué hiciste esta vez? ¿Vendiste la casa sin querer? ¿Golpeaste a un jeque con el auto?
La miré, sin saber si reír o llorar.
—Ojalá fuera eso, Alina.
Me incorporé, tomé el contrato que había traído del despacho y lo extendí sobre la cama.
Ella se inclinó, lo leyó en silencio y, cuando llegó al final, soltó un largo silbido.
—No… no puede ser.
—Sí. Puede ser —dije con amargura—. Mi padre aceptó dinero de Rashid Al-Karim hace años, cuando la empresa casi quiebra. Y ahora... el pago sere yo.
Alina alzó la vista con una mezcla de incredulidad y pena.
—¿Tú? ¿Como en “tú, mi mejor amiga, futura esposa de un árabe multimillonario”?
—Como en “yo, la tercera esposa de un hombre al que ni siquiera conozco”.
Durante unos segundos, el silencio fue absoluto.
Luego, Alina suspiró y se dejó caer a mi lado, dejando que su humor volviera a equilibrar el desastre.
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Editado: 21.01.2026