Ishaen
El amanecer me encontró despierta. No había dormido ni un minuto.
La firma del contrato aún ardía en mi mente como una marca invisible en la piel.
Me levanté, abrí las cortinas y dejé que la luz entrara sin permiso. No quería oscuridad. No después de vender mi libertad al mejor postor.
Tenía que respirar antes de perderla por completo.
Tomé el teléfono.
Marqué el número sin pensarlo demasiado.
—¿Aló? —respondió Alina, con voz ronca de sueño.
—Empaca un par de cosas —le dije sin preámbulos—. Nos vamos.
—¿Nos vamos? —repitió, confundida—. ¿A dónde?
—Donde no existan las deudas, ni los acuerdos, ni los árabes con sonrisa de predador.
Hubo un silencio, y luego su risa llenó la línea.
—Entonces llevo los bikinis o los machetes. Por si acaso.
—Los bikinis —respondí con una sonrisa débil—. No pienso pelear, pienso olvidar.
Colgué antes de arrepentirme.
Fui hasta el armario y empecé a sacar ropa al azar. No necesitaba mucho. Solo aire.
Tomé las llaves del auto y salí antes de que alguien pudiera detenerme.
Mientras conducía por la carretera que serpenteaba hacia la costa, sentí algo parecido a libertad.
El asfalto se estiraba frente a mí como una promesa, y por primera vez en días, no había contratos ni miradas dominantes siguiéndome los pasos.
Alina me esperó en una estación, con gafas de sol, un bolso enorme y esa sonrisa traviesa que siempre lograba arrancarme una risa.
—¿Lista para huir del pecado? —bromeó.
—Del infierno, más bien.
Arrancamos rumbo al aeropuerto, sin un destino fijo. Solo sabíamos que terminaríamos frente al mar.
Durante el trayecto, la ciudad se desvanecía tras las luces naranjas de los faroles. Panamá parecía ajena a mi guerra interna.
Mientras el coche avanzaba, pensé en Zayed.
En su mirada calculadora, en la calma con la que había esperado que todo cayera en su lugar.
Él lo sabía.
Desde el principio.
Cada palabra suya, cada silencio, había sido una jugada precisa.
Y yo… había caído justo donde quería.
Mi pecho empezó a aflojarse.
No era olvido todavía, pero era lo más cerca que había estado de él.
Zayed Al-Karim podía tener mi nombre en un papel…
pero aún no tenía mi alma.
Y antes de entregársela, necesitaba recordarme quién era sin él.
El primer avión partía hacia Bocas del Toro antes del amanecer. No habíamos reservado nada. No había plan.
Solo la necesidad urgente de desaparecer, aunque fuera por unos días.
Cuando el avión aterrizó, el aire salado y húmedo me golpeó de lleno.
El Caribe se extendía frente a mí como una promesa imposible de domesticar.
El aire cambió cuando llegamos a Isla Bastimentos.
El sonido de las olas rompía contra el muelle de madera, el cielo parecía más grande, y el olor a sal lo invadía todo.
Por primera vez en mucho tiempo, respiré sin sentir el peso del deber hundiéndome los pulmones.
—Dime que esto no parece el paraíso —dijo Alina al bajar del bote, con una sonrisa satisfecha.
—Parece otra vida —respondí, mirando el horizonte.
Nos hospedamos en una pequeña villa junto al mar, de esas que parecen flotar sobre el agua.
El dueño, un hombre con piel curtida por el sol, nos entregó las llaves sin demasiadas preguntas. Bastaba con mirarnos para saber que buscábamos silencio.
Esa noche, Alina se quedó dormida en la hamaca, con una cerveza vacía a su lado. Yo caminé hasta el borde del muelle y me senté con los pies colgando sobre el mar.
La brisa jugaba con mi cabello, el agua reflejaba las luces lejanas del pueblo, y por un instante imaginé que no existía Zayed Al-Karim, ni contratos, ni alianzas.
Solo Ishaen.
Solo yo.
Pero la mente es traicionera.
Porque incluso allí, en medio del paraíso, su imagen volvía a mí: su mirada intensa, la voz grave pronunciando mi nombre como si lo reclamara, y esa calma peligrosa que escondía bajo cada palabra.
Sacudí la cabeza. No. No iba a pensar en él.
No ahora.
Metí los pies en el agua tibia y cerré los ojos.
Tenía unos pocos días antes de convertirme oficialmente en su tercera esposa.
Unos pocos días antes de perder el derecho de decidir sobre mi propio destino.
Así que sí, iba a reír, a beber, a nadar hasta que el sol se ocultara, y a fingir que aún era libre.
Aunque solo fuera por un instante.
Porque cuando regresara…
sería el turno de Zayed Al-Karim de enfrentarse a la mujer que pensó podía poseer.
El tercer día amaneció con el sonido de la lluvia golpeando el techo de palma.
El cielo, gris y espeso, parecía reflejar lo que sentía por dentro.
Alina seguía dormida, enredada entre las sábanas, ajena al murmullo del mar que se colaba por las rendijas.
Yo me senté en el borde de la cama, observando cómo las gotas resbalaban por el cristal.
El calendario del teléfono marcaba la fecha.
El plazo se había cumplido.
Una semana.
Siete días desde que Zayed Al-Karim me miró a los ojos y dijo con esa seguridad suya que en una semana sería su esposa.
Reí con amargura, sin humor.
—Tienes que aprender, Zayed Al-Karim —murmuré, dejando que mis dedos recorrieran el borde del vaso de café—, que no todo ocurre cuando tú lo digas.
Miré hacia el horizonte, donde el mar se confundía con el cielo.
—No todo gira a tu alrededor.
La lluvia arreció, golpeando con más fuerza, como si respondiera a mis pensamientos.
Me levanté, me puse una camisa ligera y caminé hasta el muelle.
El aire estaba cargado, tibio, húmedo.
A lo lejos, un bote de pescadores cruzaba las aguas tranquilas, y por un segundo, envidié esa vida sencilla, sin promesas ni contratos, sin hombres que creyeran poder comprarlo todo.
Cerré los ojos.
Por dentro sabía que ese pequeño acto de rebeldía —haberme ido sin avisar, haberme tomado estos días— era lo único que aún me pertenecía.
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Editado: 21.01.2026