La Tercera Esposa del Árabe

CAPÍTULO 25: La rendición disfrazada

Zayed

El sonido del ascensor anunció su llegada mucho antes de que la puerta se abriera.

Lo supe.

El aire cambió.

Esa presencia suya, inquieta y altiva, siempre tenía la costumbre de llenar cada espacio antes que sus pasos lo hicieran.

Cuando la puerta se abrió, la vi.

De pie en el umbral, con el cabello ligeramente despeinado por el viento y esa expresión que no sabías si era furia o determinación.

El ascensor se abrió con un leve sonido metálico.

El eco de los tacones de Ishaen resonó en el mármol del vestíbulo, acompasado, seguro.

Demasiado seguro para alguien que venía a enfrentarse conmigo.

No necesitaba verla para saber que había llegado; el aire mismo cambió.

Llevaba días imaginando su entrada, y aun así, verla cruzar la puerta fue… distinto.

Su porte, su mirada firme, esa forma desafiante de mantener la barbilla en alto.

Como si no me debiera nada.

Como si no hubiera firmado su destino.

Vestía sencillo, pero en ella lo simple nunca era sinónimo de discreto.

Era una tormenta contenida en un cuerpo demasiado pequeño para tanto orgullo.

—Señor Al-Karim —dijo con voz serena, casi insolente—. Espero no haber interrumpido nada importante.

Me tomé mi tiempo antes de responder.

—Al contrario —contesté—. Estaba empezando a aburrirme de tanto silencio.

Sus ojos se clavaron en los míos.

No bajó la mirada. Jamás lo hacía.

—Pensé que te habías olvidado del camino —añadi, sin moverme del lugar.

—No todos tenemos el lujo de desaparecer, señor Al-Karim —respondió con ese tono helado que usaba cuando se preparaba para pelear.

Cerró la puerta tras de sí y avanzó unos pasos.

Sus ojos me buscaron con un brillo que mezclaba rabia y algo más… algo que ni ella se atrevía a nombrar.

—¿Y bien? —pregunté—. ¿A qué debo tu visita?

—A la verdad —respondió sin titubear.

Se cruzó de brazos, alzando el mentón—.

Sabes exactamente por qué estoy aquí.

Porque todo esto —su voz tembló apenas—, desde el principio, lo planeaste todo.

—¿Planeé qué? —dije despacio, disfrutando de su intento de mantener el control.

—Mi matrimonio contigo.

Que mi padre no pudiera pagar, que la deuda se convirtiera en una condena… todo.

Sabías que, al final, tendría que aceptar.

Sonreí con calma.

—Me das demasiado crédito.

—No —replicó—. Te conozco. Eres el tipo de hombre que siempre obtiene lo que quiere, sin importar a quién pise.

Me levanté del sillón y avancé hacia ella.

Cada paso fue medido, deliberado.

Hasta que la distancia entre ambos se volvió peligrosa.

—¿Y qué crees que es lo que quiero, Ishaen?

Ella vaciló apenas, pero sostuvo mi mirada.

—Poder. Control. Otra victoria más para tu colección.

—No —respondí con voz baja, tan baja que apenas fue un susurro—.

Si hubiera querido poder, lo habría tenido hace años.

Si hubiera querido control, bastaba una firma.

Pero lo que quiero… es algo que no puedo comprar.

Su respiración se entrecortó.

—¿Y qué es eso?

—Tú —dije.

Su nombre salió de mis labios como una sentencia.

—No como parte de un contrato, ni como pago de una deuda.

Te quiero aquí —toqué mi pecho con los dedos—, porque desde que te vi no hubo un solo día en el que no recordara cómo me hiciste sentir.

Desafiado.

Vivo.

Ishaen apretó los puños.

—No me manipules con palabras bonitas. No eres ese tipo de hombre.

—Tienes razón —admití, dando un paso más, casi rozándola—. No lo soy.

No vine a Panamá por una alianza. Vine por negocios.

Ella rió con amargura.

—Y ahora resulta que todo esto no era parte de tu estrategia.

—Si lo fuera, ya habrías perdido —repliqué con suavidad—.

Pero no es un juego, Ishaen. No contigo.

Sus ojos me buscaron, confundidos, atrapados entre la incredulidad y el deseo de creerme.

—¿Y qué se supone que haga con eso, Zayed? ¿Agradecerte por desearme mientras destruyes mi vida?

Me incliné apenas hacia ella.

Su respiración chocó con la mía, y durante un segundo, el aire pareció suspenderse entre ambos.

—No destruyo lo que quiero —susurré—.

Solo espero a que venga a mí por voluntad propia.

Hubo silencio.

Solo el sonido del aire acondicionado y su respiración agitada llenando el espacio.

—Tarde o temprano —continué—, dejarás de pelear con lo inevitable.

Y cuando eso pase… no será por una deuda.

Será porque tú también lo sientas.

Ella retrocedió un paso, como si mi voz la hubiera quemado.

—Sigue soñando, Zayed —dijo con un hilo de voz—. Puedes tener mi nombre en un papel, pero nunca tendrás lo único que parece obsesionarte —dijo en voz baja.

—¿Y qué sería eso? —pregunté, más cerca ahora, rozando la distancia que aún nos separaba.

—Mi voluntad.

Por un instante, reinó el silencio.

El tipo de silencio que precede a una tormenta.

Mis labios se curvaron apenas.

—Eso es lo que más disfruto, Ishaen. Ver hasta dónde llega tu voluntad antes de quebrarse.

Ella me sostuvo la mirada un segundo más.

—No me subestimes, Zayed. No todos los juegos se ganan con poder.

—Ni todos se ganan con orgullo —repliqué, sin apartar la vista de ella.

—Como sea, solo estoy aquí para poner fin a esto.

—¿Fin a qué, exactamente? —pregunté con calma, aunque dentro de mí todo ardía.

—A este juego, absurdo Zayed.

A tus provocaciones, tus palabras.

No sé si planeaste todo esto o solo fue un capricho del destino o quizás tuyo.

—¿Eso crees?

—No lo creo —dijo con amargura—. Lo sé. Ganaste, señor Al-Karim.

El modo en que pronunció mi apellido me perforó.

Era un golpe directo a mi ego y a algo más profundo que no podía nombrar.

—¿Y qué es lo que supuestamente gané? —pregunté con voz baja.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.