La Tercera Esposa del Árabe

CAPÍTULO 26: El precio de un apellido

Ishaen

El avión aterrizó entre una bruma dorada, y por un instante, el reflejo del sol sobre la pista me cegó.

Panamá nunca se había sentido tan sofocante.

O tal vez era yo.

Había pasado una semana intentando olvidar su voz, su mirada, su condenada arrogancia.

Una semana mintiéndome a mí misma con la idea de que podía escapar de su sombra.

Y ahora estaba aquí, volviendo al lugar donde todo comenzó.

—Bienvenida al infierno —murmuré para mí misma, mientras el chofer tomaba mi maleta del maletero.

Alina había propuesto quedarnos unos días más, pero lo rechacé. Nada podría evitar lo que venía.

—No quieres que te acompañe —me propuso.

—Tranquila, te llamo luego.

Me despedí de ella.

El trayecto hacia el edificio donde se hospeda Zayed se sintió eterno.

Cada semáforo era una oportunidad para dar la vuelta, para huir.

Pero no lo hice.

Porque huir sería aceptar la derrota, y yo no había nacido para rendirme.

Cuando el auto se detuvo frente a la entrada principal, respiré hondo.

Los guardias me reconocieron enseguida; no hubo necesidad de anunciarme.

Supongo que el infierno siempre guarda la puerta abierta para los condenados.

El ascensor subió con lentitud.

Mi reflejo en el espejo del fondo me devolvió la imagen de una mujer que ya no era la misma que se marchó una semana atrás.

Había dejado atrás el miedo.

Y si quedaba algo de él, lo había disfrazado de orgullo.

Las puertas se abrieron.

Lo vi de pie, frente a la ventana, con las manos cruzadas detrás de la espalda, como si me hubiera estado esperando.

Y en parte, lo había hecho.

Su voz fue un roce, grave, contenido.

—Así que al fin decidiste venir.

No respondí enseguida. Caminé hacia el centro de la suite, sosteniendo su mirada con la mía.

El silencio entre nosotros era más elocuente que cualquier saludo.

Su mandíbula se tensó. Un destello pasó por sus ojos, uno que no supe si era ira o deseo.

—Pon la fecha Zayed —dije con voz firme—. Hazlo como quieras. Y terminemos con este juego en el que me metiste.

Así podrás seguir con tus negocios y yo… con mi vida.

Aunque de eso último no tenía certeza.

Pero lo dije sin temblar.

O al menos eso creí.

Porque cuando mi voz se quebró al final, lo sentí: no era miedo lo que me delataba. Era la rabia.

La humillación de saber que, pese a todo lo que intenté, él seguía teniendo el control.

Su mirada cambió.

Algo en su expresión —una grieta mínima, pero real— me hizo contener el aire.

Como si, por un instante, no supiera si quería discutir… o acercarse.

Di un paso atrás cuando se movió hacia mí, aunque apenas lo noté.

No quería que me viera vacilar.

No quería que pensara que podía romperme.

—¿De verdad crees que puedes ser mi esposa sin ser mía? —preguntó, con esa voz grave que siempre sonaba a amenaza y deseo a la vez.

Sentí el impulso de reír, de gritar, de lanzarle algo al rostro.

Pero no hice nada de eso.

Solo lo miré, con el orgullo sosteniéndome como una lanza.

—No lo creo —respondí, cada palabra pesando más que la anterior—. Lo sé.

Y lo creía.

O quería creerlo.

Porque si me permitía pensar lo contrario… todo lo que estaba haciendo perdería sentido.

La distancia entre nosotros se volvió insoportable.

Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, la tensión contenida, su respiración más profunda.

Y aun así, ninguno cedió.

Hubo un silencio que dolió más que cualquier insulto.

El tipo de silencio que solo existe entre dos personas que ya se han lastimado demasiado.

—Entonces así será —dijo finalmente, con voz baja, casi un susurro—.

Tendrás tu ceremonia. Tu libertad disfrazada de matrimonio.

Sus palabras fueron un golpe seco.

Y aun así, asentí.

No porque me conformara, sino porque no pensaba darle el placer de verme dudar.

Me gire hacia la puerta.

Salí de la suite con la cabeza erguida.

Cada paso fuera de esa suite fue una promesa silenciosa.

Podría convertirme en su esposa, sí.

Pero jamás sería su conquista.

Porque si Zayed Al-Karim creía que me había vencido, aún no conocía la fuerza de una mujer dispuesta a elegir su propio infierno.

Cuando el ascensor se cerró tras de mí, permití que mis manos temblaran.

No era miedo.

Era la certeza de que, al aceptar ese matrimonio, acababa de sellar mi destino… y, con él, el de Zayed Al-Karim.

El auto se detuvo frente a la casa justo cuando el sol comenzaba a esconderse detrás de las colinas.

La fachada blanca, con sus columnas y sus jardines perfectamente cuidados, se veía exactamente igual que siempre.

Y, sin embargo, todo me parecía distinto.

Bajé del coche con calma, dejando que el aire cálido del atardecer me golpeara el rostro.

Había algo irónico en eso: el aire del interior era más limpio, más libre… justo lo que estaba a punto de perder.

Apenas crucé el umbral, escuché la voz de mi madre desde el salón.

—¡Ishaen! —exclamó con ese tono dulce, emocionado—. Sabía que volverías hoy.

Me abrazó sin darme tiempo a reaccionar, como si quisiera retenerme allí, entre sus brazos, por miedo a que desapareciera otra vez.

Olía a jazmín, como siempre.

Durante un instante, cerré los ojos y quise quedarme así, fingiendo que nada iba a cambiar.

—Te ves distinta, hija —dijo, separándose un poco para observarme—. ¿Fue un buen viaje?

—Fue… necesario —respondí, sonriendo con suavidad.

Ella frunció el ceño, sin entender, pero no insistió.

Mi madre tenía el talento de leer lo que no decía, y algo en mi mirada debió advertirle que no era el momento.

El sonido de unos pasos pesados resonó en el pasillo.

Mi padre apareció, con la camisa aún arremangada y el cansancio marcándole el rostro.




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