La Tercera Esposa del Árabe

CAPÍTULO 27: La jaula qué yo mismo construí

ISHAEN

Desperté antes del amanecer.

No porque hubiera dormido bien —no lo hice—, sino porque mi cuerpo parecía negarse al descanso. Como si temiera que, al cerrar los ojos, el mundo volviera a cambiar sin mí.

La habitación estaba en silencio, apenas iluminada por el tenue resplandor rosado que entraba por las cortinas. Me incorporé lentamente, como si cada fibra de mi cuerpo recordara la cena de anoche, las lágrimas de mi madre, la mirada rota de mi padre… y mi propia voz pronunciando una sentencia que todavía no sabía cómo sostener.

“Me casaré con él.”

Aún podía escucharme.

Aún podía sentir el peso de esas palabras clavándole algo a mi pecho desde dentro.

Me llevé una mano al rostro. No estaba llorando. No lo haría ahora. Pero había un cansancio profundo, uno que no se arreglaba con dormir ni con fingir que no pasaba nada.

Me levanté.

El piso frío bajo mis pies me obligó a regresar al presente. Me encerré en el baño, abrí la llave del agua y dejé que el vapor llenara el espacio. Me miré en el espejo mientras el vidrio empezaba a empañarse.

Ahí estaba otra vez esa versión mía que no conocía del todo.

Más firme.

Más dura.

Más rota.

Más peligrosa.

La mujer que había enfrentado a Zayed Al-Karim en una suite de hotel sin temblar.

La mujer que había vuelto a casa a entregar su futuro para salvar el de otros.

—No te arrepientas ahora —me dije en voz baja—. Ya es demasiado tarde.

Pero qué ironía.

Era justo ahora cuando más ganas tenía de arrepentirme.

De decir que no.

De correr.

De desaparecer.

Me apoyé en el lavabo y respiré hondo.

No podía permitirme ese lujo.

No después de lo que vi en los ojos de mi padre.

No después de haber pronunciado ese “sí” frente a una familia que ya llevaba demasiadas derrotas.

Y, lo admitiera o no, no después de la forma en que Zayed me miró.

No era el tipo de mirada de un hombre que acababa de ganar.

Era la de alguien que acababa de perder algo importante… y no sabía qué era.

Me serví café en la cocina, aunque sabía que no pasaría de un par de sorbos. Caminé hasta el balcón, dejando que la luz tibia del amanecer se deslizara sobre mi piel.

Era un nuevo día.

El primero después de entregar mi libertad.

Y aun así… no me sentía derrotada.

Había rabia, sí.

Había miedo, también.

Pero había algo más: una determinación que no sabía que tenía.

Me abracé a mí misma y clavé la mirada en el horizonte.

—Si voy a casarme con Zayed —susurré—, que al menos aprenda quién soy.

Que aprenda que no voy a arrodillarme.

Que no voy a temerle.

Que no voy a dejar que decida por mí, ni siquiera ahora.

Que si él piensa que puede poseerme… tendrá que descubrir que hay cosas que no se compran, ni con alianzas, ni con poder, ni con un apellido que pesa como un imperio.

Mis dedos temblaron al recordar su rostro, la tensión en su mirada cuando le dije que aceptaba.

Ese breve, casi imperceptible destello de vulnerabilidad.

No debería importarme.

No debería.

Pero importó.

Y ese fue mi verdadero error.

Me aparté del barandal, recogiendo mi cabello en un moño improvisado.

Hoy hablaríamos otra vez.

Zayed y yo.

No sobre bodas ni alianzas, sino sobre reglas.

Sobre límites.

Sobre lo que él cree que será nuestra vida… y lo que realmente será.

Porque si él cree que consiguió una esposa sumisa, está más ciego de lo que pensé.

Era hora de prepararme.

De enfrentar lo que sigue.

De mirarlo a los ojos sin temblar.

Y, tal vez, de descubrir si ese hombre que intenta no sentir… realmente está tan intacto como aparenta.

El olor a pan árabe recién hecho y cardamomo llenaba la cocina cuando bajé. Por un instante, casi pude fingir que era una mañana normal, como las de antes… antes de Zayed, antes de la deuda, antes de que mi nombre dejara de pertenecerme.

Pero apenas crucé la puerta, todas las miradas se clavaron en mí.

Youssef estaba sentado a la cabecera, con los codos sobre la mesa y la mandíbula tensada. Su taza de café, intacta.

Omar, mi hermano menor, jugaba con una aceituna en el plato sin siquiera tocarla, algo extraño en él, que siempre comía como si el mundo fuera a acabarse.

Mi madre cortaba queso fresco con movimientos mecánicos.

Mi padre ni siquiera fingía serenidad: tenía las manos entrelazadas sobre la mesa, como si esperara un veredicto.

—Buenos días —dije, intentando sonar normal.

Nadie respondió.

Perfecto. El día apenas empezaba y ya tenía público.

Me senté entre mis hermanos. Omar me miró de reojo, nervioso, mientras Youssef me observaba como si intentara leerme el alma.

Fueron ellos quienes hablaron primero.

—¿Es cierto? —preguntó Omar, con la voz más baja de lo habitual—. ¿Te vas a casar?

No era un ataque.

Era miedo.

Y eso dolía más.

Tomé aire y asentí.

—Sí. Es cierto.

Youssef dejó caer su espalda contra el respaldo de la silla, soltando un suspiro exasperado.

—¿Y pensaste bien lo que estás haciendo? —preguntó, sin rodeos—. Porque esto no es un juego, Ishaen. No estamos hablando de un compromiso común. Estamos hablando de él.

Mi corazón dio un vuelco.

Él.

Ni siquiera hacía falta decir su nombre.

—Lo pensé —respondí, mirándolo directo a los ojos.

—¿De verdad? —insistió—. ¿Sin que nadie te presionara?

Eso era un golpe bajo.

Pero lo entendía.

—De verdad, Youssef. Es mi decisión. Y no… no estoy siendo obligada.

Mi padre apartó la mirada, como si la palabra “obligada” le hubiera traspasado la piel. Mi madre apoyó suavemente una mano sobre la suya.

Omar frunció el ceño.

—Pero, hermana… ¿lo conoces? ¿Sabes cómo es? Todos dicen que—




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.