A veces un pacto no se firma con tinta, sino con decisiones que ya no permiten regresar atrás.
ZAYED
El auto dobló en una esquina tranquila de Bella Vista cuando el teléfono sonó.
Miré la pantalla.
Kareem.
Mi mano derecha.
Mi consejero en asuntos que requieren discreción y precisión quirúrgica.
Respondí.
—Dime.
—Señor Al-Karim —su voz era siempre neutra, pero esta vez tenía un matiz contenido—. La comisión de ceremonias acaba de llamarme. Preguntan… qué tipo de boda desea.
Cerré los ojos un instante.
Por supuesto.
Yo mismo había dado la orden de fijar la fecha, pero no…
no había pensado en los detalles.
No pensé en flores.
Ni en colores.
Ni en invitados.
Ni en protocolos.
Solo pensé en ella.
Abrí los ojos.
—Quieren saber si será una ceremonia íntima o un evento público —continuó Kareem—. También preguntan si desea la presencia de representantes de la familia Al-Karim, prensa autorizada o… si prefiere mantenerlo cerrado al público.
Mi risa fue apenas un exhalo, seco.
—¿Cuánto tardaron en preguntar?
—Veinte minutos después de que usted diera la orden, señor.
Veinte minutos.
Demasiado tiempo para mi equipo.
Tal vez estaban en shock igual que yo.
Me incliné en el asiento, observando el parabrisas mientras pensaba.
¿Qué tipo de boda quiero?
Una parte de mí quería hacerlo discretamente, sin ruido, sin atención mediática, sin mezclar a mi familia en esto.
Un movimiento rápido, limpio, efectivo.
Pero otra parte…
otra parte quería que el mundo supiera que ella sería mía.
Que ese apellido se uniría al mío ante todos.
Que nadie pudiera cuestionarlo.
Y esa segunda parte era la que solía ganar.
—Hazlo oficial —dije con voz baja pero firme—. No un espectáculo, pero sí un evento público. No quiero prensa amarillista, pero permite a ciertos medios seleccionados. Y sí: habrá presencia de los Al-Karim.
Kareem guardó silencio unos segundos.
—Muy bien, señor. ¿Y en cuanto a la novia? ¿Desea que la familia de ella participe en la planificación?
Mi mandíbula se tensó.
La familia.
El padre que la entregaría porque me debía.
La madre que lloraría.
Los hermanos que la mirarían como si estuviera cometiendo un sacrificio.
Tragué una exasperación que nunca mostré ante nadie.
—Permíteles… lo que ella considere necesario —respondí finalmente—. Nada más.
—Entendido, señor. Lo informaré.
Corté la llamada.
El auto ya había frenado frente a la casa de los Al-Masri.
Un escenario que no tenía nada que ver con mi vida.
Apreté el teléfono entre mis dedos.
La boda.
La presencia pública.
El apellido.
Todo eso estaba en movimiento.
Pero al ver la puerta de esa casa, entendí que nada de eso importaba ahora.
Lo único realmente importante era ella.
Ajusté el puño de mi camisa, respiré una sola vez para recobrar mi expresión impenetrable y asentí al chofer.
—No bajes. Solo espera.
Descendí del auto.
El aire cálido de Panamá me golpeó el rostro.
El sol de la mañana hacía brillar la baranda de la entrada.
El corazón me dio un latido profundo, molesto, traicionero.
Toqué la puerta.
Un sonido firme.
Exacto.
Irrefutable.
Y mientras el eco resonaba dentro de la casa, una sola verdad se clavó en mi pecho:
No sabía cómo la iba a encontrar…
pero sabía que, después de esta mañana, ya no habría vuelta atrás para ninguno de los dos.
La puerta se abrió con un leve chirrido.
No necesité ver el rostro para saber quién era.
El aroma a cardamomo y jabón de rosas ya me había alcanzado antes de que su figura apareciera en el marco.
La madre de Ishaen.
—Señor Al-Karim… —su voz titubeó apenas, un temblor mínimo—. No esperaba verlo tan temprano.
No era miedo.
Era algo peor: una mezcla de educación, resignación y vergüenza.
La última vez que había estado aquí, ellos aún creían que podían detener lo inevitable.
Hoy, ya no.
La observé un instante.
Había ojeras nuevas bajo sus ojos, como si la noche anterior hubiese llorado demasiado.
—Buenos días, señora Al-Masri —respondí con un leve asentimiento—. Estoy aquí por su hija.
Ella tragó saliva.
—Sí… claro. Pase, por favor.
Dio un paso atrás para dejarme entrar.
Conocía la casa, pero hoy parecía distinta.
Más silenciosa.
Más tensa.
Las paredes que antes tenían un aire acogedor ahora parecían contener el aliento.
—Ella está arriba —añadió suavemente—. Bajará en un momento.
Asentí y avancé hacia la sala.
Pero la madre no se movió.
Se quedó de pie, mirándome con una expresión que intentaba ser firme… y fallaba.
—Señor Al-Karim —dijo finalmente—. ¿Puedo…?
La miré.
—Hable.
Sus manos se entrelazaron nerviosas.
—Mi hija… —inhaló profundamente—. Usted es un hombre importante, poderoso. No necesita que se lo diga. Pero… —su voz se quebró apenas— ella no está acostumbrada a este tipo de vida. Ni a decisiones tan… grandes.
La escuché sin interrumpirla.
—Solo quiero saber —continuó— si este matrimonio que ustedes han acordado… será algo que ella pueda sobrellevar. Si usted… —sus ojos brillaron— la va a tratar bien.
No debería afectarme.
Pero lo hizo.
No por la pregunta.
Sino porque era la primera vez que alguien me pedía algo así…
#1094 en Novela contemporánea
#3484 en Novela romántica
#1089 en Chick lit
arabe y latina, boda arreglada forzosa, árabe millonario y sexy
Editado: 21.01.2026