La Tercera Esposa del Árabe

CAPÍTULO 29: Entre sus límites y los míos

ZAYED

Di otro paso y quedé tan cerca que pude sentir el cambio de su respiración.

—Escucha con atención —murmuré, con la calma de un depredador que no tiene prisa—. No quiero una esposa decorativa.

Nunca querría encerrarte.

Y jamás me interesaría una mujer que no supiera decir no.

Ella frunció apenas el ceño.

Me incliné lo suficiente para que solo ella escuchara:

—Pero tampoco pretendas que podrás mantenerme a distancia.

No voy a ser un esposo ausente.

No voy a dejar que vivas como si yo no existiera.

Y no voy a permitir límites que conviertan este matrimonio en un contrato frío.

Ella abrió la boca para replicar.

Le toqué la barbilla con dos dedos, apenas.

—Tendrás independencia —susurré—, pero no libertad absoluta.

Y tendrás tus decisiones… siempre que recuerdes que las mías también pesan.

Su mirada ardió.

No de miedo.

De desafío.

—No será fácil convivir conmigo —le advertí.

Ella alzó el rostro, orgullosa.

—Tampoco conmigo.

Sonreí por primera vez desde que llegué.

—Lo sé.

Y por eso no pienso retroceder.

La tensión entre ambos se volvió casi física, caliente, eléctrica.

Ella dio un paso atrás para romperla.

Yo la dejé.

Por ahora.

—Entonces —dijo ella, recuperando su aire firme—, pongamos las reglas por escrito si hace falta. Pero quiero claridad.

—La tendrás —respondí con esa calma peligrosa que tanto la irritaba—.

Pero también tendrás algo más.

—¿Qué?

Sonreí despacio.

—A mí.

El silencio que siguió no fue vacío.

Fue un golpe.

Un impacto que ella no esperaba… y que yo sabía que no podría ignorar.

Su respiración se alteró apenas, un detalle mínimo que cualquiera pasaría por alto.

Yo no.

—No estoy pidiendo eso —dijo por fin, con un tono que quería sonar firme pero que tenía un temblor escondido.

—No. Eso ya lo sé. —Me acerqué un paso—. Pero lo tendrás igual.

Su mandíbula se apretó.

—Zayed, este matrimonio será por conveniencia, por deuda, por política… No quiero que confundas—

—Nada está confundido, Ishaen. Ni yo, ni mis intenciones, ni lo que acabo de decir.

Ella retrocedió otro paso y chocó con la mesa detrás de sí.

Perfecto.

Sin salida.

—Lo que te ofrezco —continué, lento, medido, sin invadirla pero cercando su espacio— no es cariño barato ni ilusión.

Es presencia.

Es responsabilidad.

Es compromiso.

Su mirada vaciló un instante.

Un instante suficiente.

—¿Te crees tan indispensable? —susurró ella.

—Para ti, aún no. —Incliné ligeramente la cabeza—.

Pero lo seré.

Ella se estremeció.

No lo negó.

No podía.

—Yo no quiero depender de ti —insistió, más suave esta vez—. No quiero que mi vida, mis decisiones, mi libertad… giren alrededor de un hombre.

—Entonces asegúrate de que yo no te la arrebate. —Le sostuve la mirada—. Dime tus límites. Escríbelos si quieres. Haré que se cumplan.

—¿Y a cambio de qué?

—De que entiendas que no soy un fantasma en tu vida. Que no seré un nombre en documentos ni un esposo ceremonial.

Estaré.

En los problemas.

En las decisiones.

En tu casa.

En tu vida.

Ella tragó saliva, tensa.

Su miedo no era a mí.

Era a lo que yo representaba.

—No me pidas más de lo que puedo dar —murmuró.

—Nunca te pediré lo que no puedas.

Solo lo que te corresponde como mi esposa.

Sus ojos se abrieron, grandes, incrédulos.

—Todavía no lo soy.

—No —concedí—.

Pero ya me hablaste como una.

Ella inhaló bruscamente.

Y ese detalle —ese único sonido que intentó ahogar— me confirmó algo:

Ishaen cree que puede mantenerme fuera de su vida.

Pero ya estoy dentro.

Demasiado dentro.

Me aparté un paso para darle aire.

No porque quisiera.

Porque sabía que, si no lo hacía, se rompería antes de tiempo.

—Si quieres las reglas por escrito, las firmaré —dije finalmente—.

Pero ninguna de tus condiciones cambiará esto, Ishaen:

La elección ya está hecha.

Tú serás mi esposa.

Y yo… seré tu marido.

Ella cerró los ojos un segundo, como si necesitara procesar cada palabra.

Cuando los abrió, la batalla aún ardía en ellos, pero empezaba a mezclarse con otra cosa que ella no quería admitir.

—Necesito pensarlo —murmuró.

—Piensa.

Pero no huyas.

—No huyo.

—Lo haces muy bien —le dije con una leve sonrisa—.

Pero no de mí.

Ella apretó los labios.

El aire en el salón se volvió demasiado denso.

Demasiado cargado de ella.

Así que di media vuelta y caminé hacia el balcón, dejando que el sonido de mis pasos marcara una distancia que no pretendía mantener.

Detrás de mí, su voz volvió a alcanzarme.

Baja.

Herida.

Honesta.

—No quiero confundirme, Zayed.

Me detuve con la mano sobre la puerta de vidrio.

Giré solo lo suficiente para verla de perfil.

—No te estoy pidiendo que te confundas —respondí—.

Te estoy diciendo que te prepares.

Sus ojos temblaron.

—¿Para qué?

—Para mí.

Abrí la puerta y salí al balcón.

La brisa nocturna de la ciudad nos envolvió, fresca, cargada de luz y ruido lejano.

Los edificios brillaban debajo de nosotros, Panamá extendiéndose como un mapa vivo.

Me apoyé en la baranda, dejando que el viento enfriara un poco el calor que ella provocaba.

Escuché sus pasos detrás de mí.

Su respiración.

Y entonces apareció a mi lado.

Firme.

Recta.

Como si cada duda que tenía se la hubiera tragado antes de dar ese paso.

Yo la observé en silencio.

Firme.

Convicta.

Determinada a no permitir que nadie—ni siquiera yo—le arrebatara su libertad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.