La Tercera Esposa del Árabe

CAPÍTULO 30: El preludio

Zayed

Ishaen apartó la mirada primero.

No por derrota.

Por supervivencia.

Yo ya había dicho demasiado… y ella había escuchado más de lo que podía procesar sin quebrarse.

No la culpaba. La verdad, dicha sin ornamentos ni suavidades, siempre pesa.

Yo disfrutaba del silencio que siguió.

Porque era un silencio que me pertenecía a mí… y también a ella.

Pero no iba a permitir que la conversación se diluyera entre silencios y huidas.

—Ven —dije al fin, no como orden… pero tampoco como sugerencia.

Ella frunció el ceño.

—¿A dónde?

—A cenar.

—No tengo hambre.

—Yo sí —contesté con calma—. Y cuando yo tengo hambre, tú comes conmigo.

Ella abrió la boca para protestar.

—No es control —añadí, anticipándome a su reproche—. Es convivencia.

El primer acto de todos los matrimonios, incluso los que aún no se han firmado.

Su respiración vaciló.

No lo esperaba.

No esperaba que, después de todo lo que acababa de revelarle, yo la trajera de vuelta a algo tan simple.

Tan doméstico.

Tan… íntimo.

Me giré y entré en la sala otra vez.

Escuché sus pasos siguiéndome, lentos, como si cada uno fuera una decisión.

En la mesa del comedor ya estaba dispuesto todo.

Un par de platos.

Una botella de vino abierta.

Velas encendidas.

Nada de eso lo había preparado yo.

Pero tampoco iba a explicarlo.

Ella se detuvo junto a la silla, observándolo todo con una sospecha que me provocó una media sonrisa.

—No planeaste esto, ¿verdad? —preguntó.

—No.

Pero el universo suele cooperar conmigo.

—O quizá das la impresión de que nada se te escapa.

—Ambas cosas.

Me acerqué a ella, despacio, y tiré de la silla para que se sentara.

—Zayed —advirtió, tensa.

—Es una cena, Ishaen. No un ritual.

Ella se sentó finalmente, sin apartar la mirada de la comida.

—No has comido desde el mediodía —dije sin mirarla, pero sabiendo exactamente cómo fruncía el ceño cuando se sentía expuesta—. Y no pienso llevarte de regreso sin alimentarte.

Ella parpadeó, sorprendida.

—Zayed, no vinimos a esto —protestó, aunque sin fuerza.

—Vinimos a hablar —respondí, inclinándome apenas hacia ella—. Y seguir hablándolo con comida delante es más sensato que seguir con el estómago vacío.

Ella bufó por la nariz.

—No es eso lo que digo.

—Lo sé —admití con un destello de media sonrisa.

La observé un momento.

—No planeo discutir contigo mientras mueres de hambre —añadí.

Ella me retó, levantando la barbilla.

—Esta conversación no ha terminado. Y tampoco tú.

Me senté frente a ella.

La cena entre nosotros comenzaba.

Y con ella, la siguiente batalla.

Ella tomó los cubiertos con una compostura casi perfecta… casi.

Su espalda rígida, su mandíbula apretada, su respiración controlada.

Estaba intentando demostrar que nada de lo dicho la había afectado.

Mentira.

La veía.

La sentía.

Cada detalle.

Serví arroz en mi plato con movimientos tranquilos, deliberados. Después, sin pedirle permiso—porque no lo necesitaba—deslicé la cuchara hacia el suyo.

Un gesto simple.

Común.

Nada extraordinario.

Pero en el mundo de ella —y en el mío— era un acto demasiado íntimo.

Le coloqué la porción exacta de arroz.

Luego el pollo especiado.

Después las verduras.

Todo con una precisión que no pretendía ocultar.

Ni suavizar.

Ella me miró, desconcertada.

—Yo puedo servirme —dijo, con esa mezcla de orgullo y defensa que tanto la definía.

—Lo sé —respondí—. Pero quiero hacerlo yo.

No era una pregunta.

Ni una solicitud.

Era una declaración.

Su garganta se contrajo.

Tomó aire.

Se enderezó en la silla como si quisiera recuperar terreno.

—Esto no significa que acepté nada —advirtió.

—Tampoco significa que no lo harás.

Ella apretó los labios.

Yo dejé los cubiertos sobre la mesa, incliné apenas el cuerpo hacia ella y añadí con voz baja:

—Acostúmbrate, Ishaen.

No voy a comerte el espacio.

Pero sí voy a estar en él.

Ella tragó duro.

Yo me recliné en la silla y la observé mientras tomaba el primer bocado, aunque fuera pequeño.

Ese gesto…

ese único gesto…

me confirmó que la batalla no estaba perdida.

La cena recién empezaba.

Nosotros… también.

Tomé su copa, la llené de agua y la puse frente a ella con un gesto lento, preciso.

—Come —ordené en voz baja, no autoritaria, sino íntima—.

No voy a discutir nada contigo mientras estés así.

—¿Así cómo? —susurró.

Levanté la mirada y la sostuve sin pestañear.

—Temblando —respondí.

Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del cubierto.

No había forma de ocultarlo. Ella lo sabía. Yo lo sabía.

Termine de servir finalmente mi propio plato y me acomodé en mi asiento, sin romper el contacto visual.

Llevé mi primer bocado a la boca sin prisa, saboreando tanto la comida… como la tensión en su mirada.

—Come, Ishaen —insistí con voz baja—.

Después de esto, continuaremos.

Porque la cena solo era el preludio.

Lo verdaderamente importante venía después.

Ella levantó el tenedor, pero no llegó a probar nada.

Lo dejó caer suavemente sobre el plato y levantó la mirada hacia mí, ya no temblorosa… sino afilada.

—Zayed —comenzó con esa calma que solo usa cuando está a punto de decir algo que no me gustará—, dices que… solo tienes compromisos con tus otras esposas.

O lo que sean tuyas —añadió, con un filo que casi me hizo sonreír—.

No has firmado un papel ni un acta que las nombre oficialmente, pero aun así… existen.

Mi mandíbula se tensó.

Ella siguió:

—¿Has pensado lo que sucederá cuando sepan tus planes?




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