La Tercera Esposa del Árabe

CAPÍTULO 31: La frontera entre nosotros

Ishaen

Por un largo instante ninguno de los dos dijo nada.

Ni el sonido de los cubiertos.

Ni el viento que entraba por las ventanas.

Ni siquiera mi respiración.

Todo se había vuelto un silencio tenso, afilado, como si el aire mismo estuviera esperando mi siguiente movimiento.

Me obligué a parpadear.

Una vez.

Dos veces.

Como si eso fuera suficiente para recomponerme.

Pero no lo fue.

Zayed seguía ahí, sentado frente a mí, observándome con una paciencia que no era paciencia…

era posesión contenida.

Un tipo de quietud que solo tienen los hombres que están acostumbrados a obtener lo que quieren.

Y él… me quería a mí.

No lo dijo directamente, claro.

Nunca lo dice de manera simple.

Pero estaba en su mirada, en la forma en que sus manos descansaban, tensas, sobre la mesa… en la manera en que su pecho subía y bajaba más lento que antes.

—¿Te asusta? —preguntó de pronto, con esa voz suya que parece acariciar y apretar al mismo tiempo.

Me sorprendió que fuera él quien rompiera el silencio.

—¿Qué cosa? —susurré.

Él ladeó un poco la cabeza.

Sabía exactamente a qué se refería.

—Lo que dije —replicó con calma—.

Lo que siento.

Mi garganta se cerró apenas.

Miré mi plato aunque ya no podía comer más.

—No es miedo —respondí al fin—.

Es… incertidumbre.

—¿Sobre mí? —preguntó sin un solo rastro de duda en su tono.

—Sobre mí misma —corregí.

Zayed se inclinó hacia adelante.

No mucho, pero lo suficiente para que la electricidad regresara y me rozara la piel como un recordatorio físico.

—Explícate —pidió, suave pero firme.

Respiré hondo.

Hablé despacio.

—No sé qué soy cuando estoy contigo —admití—. No sé si realmente pienso… o solo reacciono.

No sé si estoy actuando desde mis límites… o desde el impacto que tienes en mí.

Un músculo se movió en la mandíbula de Zayed.

Fue apenas un segundo, pero lo vi.

Lo sentí.

—Ishaen —dijo, pronunciando mi nombre como si fuera un lugar al que quisiera entrar—.

No quiero confundirte.

Quiero que seas consciente.

Que elijas.

Bajé la mirada un instante, respirando hondo para sostenerme.

—Eso intento —dije.

Él extendió la mano sobre la mesa.

No para tocarme.

No para obligarme.

Solo… acercándola.

Una invitación.

No una orden.

—Si te pierdes —murmuró—, yo no voy a aprovecharme de eso.

El detalle me golpeó más fuerte de lo que esperaba.

Porque podía haber exigido.

Podía haber presionado.

Pero me ofrecía calma.

Su calma peligrosa.

Su calma que arde bajo la superficie.

—Zayed… —murmuré, apenas.

—Dime.

—No estoy lista.

—Lo sé.

—Y aun así… —tragué saliva— estás diciendo que sientes algo por mí.

Él asintió.

Solo eso.

Sin dramatismos.

Sin discursos.

—Sí —confirmó—. Lo siento.

Mi pecho se apretó.

No para doler.

Para advertir.

—No puedo prometerte nada todavía —dije, intentando mantener mi voz firme.

Zayed apoyó los codos en la mesa y entrelazó las manos frente a su rostro, estudiándome.

Ese gesto suyo que parece de un rey evaluando la pieza más importante del tablero.

—No quiero promesas —declaró—.

Quiero verdad.

Sus palabras me hicieron inhalar con demasiada fuerza.

Me apoyé en el respaldo.

Mi corazón latía como si quisiera escapar de mí.

—Zayed…

—Dime la verdad que puedas darme hoy —pidió.

Lo miré.

Miré realmente.

Su presencia.

Su fuerza.

Su paciencia.

Su intensidad.

Y mi verdad salió sola.

—La verdad es que… no quiero alejarme.

Sus ojos se oscurecieron, como si mis palabras fuesen algo que había estado esperando escuchar sin admitirlo.

—Bien —murmuró.

Un “bien” suave.

Peligroso.

Devastadoramente seguro.

—Pero tampoco quiero perderme —agregué antes de que pudiera malinterpretar mi silencio.

Zayed asentó una vez, despacio… y luego dijo algo que me descolocó por completo:

—Entonces no te pierdas.

Quédate donde debes estar.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Y dónde es eso? —pregunté antes de poder detenerme.

Él sostuvo mi mirada.

Firme.

Inevitable.

—Conmigo.

Me quedé inmóvil.

Como si el mundo hubiera dejado de moverse durante un segundo demasiado largo.

Mi próxima respiración salió temblorosa.

Y por primera vez, no supe si ese temblor era miedo… o deseo.

Sus palabras quedaron suspendidas entre nosotros.

“Conmigo.”

Hubo un silencio que se sintió como una cuerda tensándose, un segundo antes de romperse o jalar más fuerte.

Yo respiré hondo, enderezando la columna, obligándome a recordar quién soy.

Mi orgullo.

Mi voluntad.

Mi voz.

—Estar contigo —dije, manteniendo mi mirada firme— no significa pertenecer a ti.

Él no retrocedió.

Por supuesto que no.

Pero su atención cambió…

como si mis palabras hubieran encendido algo detrás de sus ojos.

—No quiero que me pertenezcas —respondió lentamente—. Quiero que estés conmigo porque eliges estarlo.

Su tono suave no hizo nada por disminuir la tensión.

La volvió más aguda.

Más consciente.

Sentí el impulso de apartar la mirada para recuperarme, pero no lo hice.

No pienso huirle a un hombre solo porque me provoca algo que no puedo controlar.

—Y aun así —dije, forzando que mi voz sonara tan firme como siempre—… me estás pidiendo que me quede en un lugar que todavía no es mío.

Zayed asintió una sola vez, despacio.

Como si estuviera de acuerdo… pero también dispuesto a demostrarme algo.

Se levantó.

No bruscamente.

No imponente.

Pero con la clase de seguridad que hace que los muros se enderecen solos a su paso.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.