La Trampa del Vaquero

CAPÍTULO 7 —EL CAMBIO DE JUEGO

Elena subió los escalones de madera de la hacienda con el corazón martilleándole en el pecho y el orgullo sangrando. La quemadura del beso de Caleb seguía viva en sus labios, pero el frío de sus manos apartándola la empujaba a tomar una decisión drástica. Al entrar a la alcoba de huéspedes, tiró de la primera maleta que Felipe había dejado en el pasillo y la subió a la cama con un movimiento brusco. No iba a quedarse a mendigar el afecto de un hombre que parecía atrapado en una promesa por pura obligación. Con las manos temblorosas por la rabia, empezó a meter sus blusas de seda y sus botas de piel. Se marchaba.

​En su prisa, Elena no se percató de que la pesada puerta de madera no había cerrado por completo, dejando una rendija abierta hacia el pasillo.

​Fue precisamente por allí por donde pasó doña Leonor. La matriarca caminaba con su habitual porte rígido, pero al escuchar el ruidoso eco de las cremalleras y el movimiento de las prendas, se detuvo en seco. Se asomó sutilmente y, al ver a la joven de la ciudad vaciando los armarios, una sonrisa de pura satisfacción y veneno cruzó sus labios canosos. Sin molestarse en llamar, empujó la puerta y entró al cuarto con pasos lentos y triunfantes.

​—Vaya, vaya... Veo que la sensatez no tardó en llegar a tu cabeza —soltó doña Leonor, arrastrando las palabras con una burla fría mientras se apoyaba en su bastón—. Qué bueno que recapacitaste, muchacha. Ya te lo había advertido: tú no perteneces a este campo, perteneces al asfalto de la ciudad. La única mujer que mi hijo necesita en esta hacienda, la que de verdad sabe cómo ganarse el respeto de estas tierras, es Viviana. Me alegra saber que empacas tus caprichos para no volver.

​Elena se congeló con una prenda entre las manos. Al escuchar la voz ponzoñosa de la matriarca, una furia ardiente le recorrió las venas. Estaba a punto de volverse y gritarle que se largaba, pero en el último segundo, algo dentro de ella cambió. Miró a doña Leonor y, en lugar de flaquear, respiró profundo. El orgullo de hierro que la amnesia había despertado en ella se rehusó a aceptar la derrota. Pensó con rapidez: si Caleb la había apartado tras ese beso tan cargado de pasión, no era porque no la deseara; el fuego entre los dos había sido demasiado real. Las culpables de que su prometido estuviera tan distante, tan lleno de dudas y tan tenso debían ser esas dos víboras que lo acosaban día y noche con reclamos y manipulaciones. Si él le había propuesto matrimonio antes del accidente, era porque la quería a su lado, y ella no iba a dejarle el camino libre a Viviana.

​Elena soltó la blusa despacio, se enderezó con una elegancia impecable y miró fijamente a su suegra con una sonrisa radiante y desafiante en los labios.

​—Se equivoca por completo, doña Leonor. No estoy empacando para irme —declaró Elena, con una voz gélida, pausada y firme—. Solo me estoy mudando de habitación. A partir de hoy, me traslado a la alcoba de Caleb. Como su futura esposa, es ahí donde debo estar, no recluida en el cuarto de huéspedes.

​El rostro de doña Leonor mudó de la burla a una indignación violenta en un parpadeo. Sus ojos negros chispearon con una furia puritana y dio un golpe seco con su bastón en el suelo.

​—¡¿Pero qué audacia es esta?! —exclamó la matriarca, con la voz temblando de rabia—. ¡Eso es una completa falta de respeto! Te atreves a mudarte a la habitación de mi hijo sin estar casados. ¡Eres una libertina! Una mujer decente del pueblo jamás se rebajaría a semejante indecencia, pero claro... ¿qué más se podía esperar de una mujer de la ciudad?

​Elena no pestañeó. Cerró la maleta de un solo golpe, tomó el asa con fuerza y avanzó hacia la puerta, obligando a doña Leonor a hacerse a un lado. Al pasar junto a ella, la barrió con una mirada de absoluta superioridad.

​—Bien lo dijo usted, señora: soy de la ciudad —replicó Elena, sosteniendo la sonrisa con una soberbia implacable—. Y en la gran ciudad no le pedimos permiso a nadie para reclamar lo que nos pertenece. Con su permiso, voy a acomodar mis cosas en la cama de mi prometido.

​Elena arrastró su maleta por el pasillo con pasos firmes que resonaron con orgullo por toda la casa. Estaba furiosa, el corazón le iba a mil, pero por nada del mundo iba a darle el gusto a esas dos víboras de ganar la batalla. Si Caleb Sterling quería distancia, ahora la tendría más cerca que nunca.

***

​Mientras tanto, ajeno a la revolución que se desataba en su propia casa, Caleb conducía a toda velocidad hacia el pueblo. La culpa le carcomía el pecho de una forma insoportable. Al llegar a la clínica, entró directo al consultorio de Lucas, azotando la puerta tras de sí. Se quitó el sombrero y comenzó a caminar de un lado a otro como un animal enjaulado.

​—Me equivoqué, Lucas. Esto se nos fue de las manos —soltó el vaquero, con su voz áspera vibrando de frustración.

​Lucas levantó la vista de sus papeles, alarmado por la tensión de su amigo.

​—¿Qué pasó, Caleb? Siéntate y habla de una vez.

​—Elena me confrontó por la falta del anillo y por mi distancia —confesó Caleb, deteniéndose frente al escritorio con los puños cerrados—. Me preguntó si de verdad quería casarme con ella o si estaba arrepentido... y luego me besó, Lucas. Maldita sea, me besó con una pasión que me borró la cabeza. Le respondí el beso, la quise mía en ese maldito porche, pero cuando reaccioné y recordé que le estoy mintiendo, la aparté de golpe. Fui un bruto. Su mirada se volvió de hielo; cree que la rechacé porque ya no la amo. No puedo seguir con esta farsa, me siento como un maldito canalla.




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