El sol del mediodía caía con fuerza sobre los tejados de "La Estancia" cuando la camioneta todo terreno de Caleb cruzó el arco principal de la propiedad. El vaquero mantenía las manos firmes sobre el volante, pero su mente seguía en el consultorio de Lucas. Las palabras del médico le habían dejado una punzada de orgullo herido y una duda sembrada en el pecho. «Deja de menospreciarte... ella te eligió con el cuerpo y con el alma en ese beso».
Caleb apagó el motor frente al porche. Se acomodó el sombrero, exhaló el aire atrapado en sus pulmones y bajó del vehículo dispuesto a buscar a Elena, a pedirle una disculpa por su brusquedad y a encontrar la manera de mantenerla cerca sin que su maldito silencio la siguiera lastimando.
Sin embargo, al cruzar el umbral de la entrada, la atmósfera de la casa se sentía diferente. Demasiado silenciosa. Felipe, el capataz, apareció al final del pasillo con el sombrero en la mano y una expresión de incomodidad absoluta en el rostro maduro.
—Patrón... qué bueno que llegó —murmuró Felipe, carraspeando—. Hubo... un cambio de planes en la casa mientras usted estaba en el pueblo.
Caleb entornó los ojos, deteniéndose en seco.
—¿De qué hablas, Felipe? ¿Dónde está Elena?
Antes de que el capataz pudiera responder, la puerta de los aposentos de doña Leonor se abrió en el ala este. La matriarca salió al pasillo vistiendo aún su sastre oscuro, pero con las facciones endurecidas por una indignación que no había logrado calmar en toda la mañana. Al ver a su hijo, avanzó hacia él, golpeando el bastón contra el suelo con rabia.
—¡Qué bueno que regresas, Caleb! —exclamó doña Leonor, con la voz temblando de furia—. Exijo que pongas orden en esta hacienda de inmediato. ¡Esa mujer de la ciudad es una desvergonzada, una libertina sin una pizca de educación ni moral!
Caleb sintió que la mandíbula se le cuadraba automáticamente por el instinto de protección.
—Mide tus palabras, madre. Te dije que Elena es mi prometida. ¿Qué pasó?
—¡Pasó que tu supuesta prometida acaba de pisotear las buenas costumbres de esta familia! —escupió la matriarca, señalando con el bastón hacia la planta alta—. Subí a su habitación para hacerle entender que no pertenecía a este lugar, ¡y la descarada prefirió empacar sus cosas y mudarse a tu alcoba! Está instalada en tu cama en este mismo momento. Es una completa indecencia. Ninguna mujer respetable...
Caleb ya no escuchó el resto de la queja. Los ojos negros del vaquero se abrieron sutilmente por la sorpresa, y un torrente de calor violento le recorrió las venas. ¿Elena se había mudado a su habitación? La audacia de la joven de la ciudad lo dejó sin aliento, pero conocer el veneno de su madre le dio la clave de todo: Elena no se había mudado por sumisión, lo había hecho para plantarle cara a doña Leonor.
Sin decir una sola palabra, Caleb dio media vuelta, ignorando los gritos indignados de su madre, y subió las escaleras coloniales de dos en dos. Sus botas pesadas resonaron en la madera hasta detenerse frente a la puerta de su propia alcoba, la habitación principal de la hacienda.
Empujó la puerta despacio.
Elena estaba de espaldas, terminando de colocar un par de sus vestidos de seda en el enorme armario de roble rústico de Caleb. La habitación, que siempre había sido un espacio sobrio, de paredes blancas, mantas de lana oscura y olor a cuero y tabaco, ahora tenía el perfume sutil y floral de la joven impregnado en el aire.
Al escuchar los pasos, Elena se giró lentamente. Mantuvo la barbilla en alto, los hombros rectos y una mirada avellana tan gélida y altiva que parecía una reina reclamando un trono ajeno. No había rastro de la vulnerabilidad del beso; se había vuelto a poner la armadura de orgullo.
Caleb cerró la puerta detrás de sí, dejando a los dos a solas en la penumbra del cuarto. Se quitó el sombrero y la observó, notando que la maleta de ella ya estaba vacía a un lado de la cama matrimonial.
—Felipe me dijo que decidiste cambiarte de aires, jefa —murmuró Caleb, su voz bajando a esa octava áspera, profunda y cargada de una tensión eléctrica que hizo que a ella se le erizara la piel.
Elena dio un paso al frente, cruzándose de brazos, sin romper el contacto visual.
—Tu madre entró a la habitación de huéspedes a burlarse, Caleb. Pensó que estaba empacando para largarme y dejarle el camino libre a su adorada Viviana —replicó Elena con un refinamiento gélido—. Me acusó de no pertenecer al campo y de ser una aparecida. Y si algo debes saber de mí, vaquero, es que a mí nadie me echa de ningún lado. Mucho menos dos víboras despechadas.
Caleb dio un paso hacia ella, reduciendo la distancia, sintiendo que la presencia de Elena en su cama era una tentación masiva que ponía a temblar todo su autocontrol.
—Así que lo hiciste para provocarla —concluyó él, con una ligera sonrisa ladina tensándole la cicatriz del pómulo.
—Lo hice porque si soy tu futura esposa, mi lugar es en la habitación del dueño de esta hacienda, no escondida como si fuera un secreto vergonzoso —sentenció Elena, dando un paso más, quedando tan cerca que podía sentir el calor rústico que emanaba del cuerpo de Caleb—. Si te ibas a casar conmigo, Caleb, es porque me querías a tu lado. Tu madre y Viviana son las que te tienen lleno de dudas y de distancia, y no les voy a dar el gusto de ganar. Me quedo aquí, contigo. En esta habitación y en esta cama.