La advertencia de Caleb quedó suspendida en el aire, vibrando con una intensidad que hizo que a Elena se le cortara la respiración. Sus manos grandes y callosas seguían firmes en su cintura, anclándola contra su pecho ancho y sólido. En la penumbra de la alcoba principal, el aroma a madera, cuero y la fragancia floral de Elena se mezclaron en una combinación embriagadora.
Elena sostuvo el desafío en la mirada, aunque por dentro su pulso era un galope desenfrenado. El orgullo que la había empujado a arrastrar su maleta hasta esa habitación no iba a flaquear ahora que tenía al vaquero frente a frente, devorándola con esos ojos negros que prometían un incendio.
—No te tengo miedo, Caleb Sterling —susurró ella, con la barbilla en alto, rozando el borde de su mandíbula con el aliento—. Si me trajiste a esta hacienda para ser tu esposa, es hora de que dejes de actuar como si fuera una extraña.
Caleb apretó los dientes, sintiendo cómo el autocontrol que le quedaba se agrietaba peligrosamente. La altivez de Elena, lejos de intimidarlo, le encendía la sangre de una forma que nunca antes había experimentado. La tentación de arrojarla sobre la cama matrimonial, de reclamar sus labios otra vez y borrar la mentira con pura pasión era casi insoportable. Sin embargo, el eco de la culpa seguía ahí, recordándole que ella jugaba con las reglas de un pasado que creía real, mientras él sostenía una cuerda floja.
Con una lentitud tortuosa, Caleb deslizó sus manos fuera de la cintura de ella, pero no retrocedió. Se inclinó sutilmente, quedando a milímetros de su oído.
—Está bien, jefa. Tú lo quisiste —murmuró con una ronquera espesa que le causó un escalofrío a la joven—. Te quedas aquí. Pero en esta cama dormimos los dos. Y si mi madre o Viviana suben a buscarte, más vale que sostengas esa mirada de reina, porque yo no voy a estar aquí todo el día para ser tu escudo. Tengo una hacienda que manejar.
Elena sonrió de lado, una mueca gélida y segura que derrochaba la sofisticación de la gran ciudad.
—No necesito que me defiendas de un par de víboras, vaquero. Sé cuidarme sola. Ve a hacer tu trabajo.
Caleb la miró por última vez, clavando sus pupilas oscuras en los labios de ella, como si memorizara el terreno que acababa de ceder. Recogió su sombrero de la silla, se lo acomodó con un movimiento seco de la mano y salió de la habitación sin mirar atrás, cerrando la puerta con una firmeza que hizo eco en el pasillo.
Cuando el sonido de sus botas pesadas se alejó escaleras abajo, Elena soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. Se dejó caer sentada en el borde del enorme colchón. La cama era imponente, cubierta con mantas de lana pesada que olían puramente a él. Se frotó las sienes, sintiendo una punzada de frustración. Aunque la química con Caleb era brutal, una electricidad innegable que le encendía el cuerpo, la distancia emocional que él ponía justo después de tocarla la dejaba con una persistente sensación de vacío. «Si nos amábamos tanto como para comprometernos, ¿por qué siente tanta culpa al mirarme?», se preguntó, mirando el techo rústico. La sospecha de que él ocultaba un remordimiento por el matrimonio seguía echando raíces en su mente en blanco.
Mientras tanto, en la planta baja, doña Leonor esperaba en el comedor colonial, con una taza de té intacta frente a ella y los nudillos blancos de tanto apretar el puño sobre la mesa. Cuando vio entrar a Caleb a la cocina por el pasillo trasero, se levantó de inmediato, saliendo a su encuentro en el patio interior.
—¿Y bien? —le espetó la matriarca, con la voz cargada de veneno—. ¿Ya sacaste las maletas de esa mujer de tu alcoba, o vas a permitir que arrastre el apellido Sterling por el lodo del pueblo?
Caleb se detuvo junto a la fuente de piedra, colocándose los guantes de trabajo de cuero. Miró a su madre con una frialdad implacable, la misma que usaba para domar a los potros más salvajes de la región.
—Elena se queda en mi habitación, madre. Y te voy a pedir por última vez que no vuelvas a poner un pie en ese cuarto —sentenció el terrateniente, con su tono grave y monocorde—. Si no puedes respetar a la mujer que elegí, te sugiero que pases más tiempo en tus propiedades de la otra banda del valle. En "La Estancia", la palabra es mía.
Doña Leonor palideció, dando un paso atrás como si hubiera recibido un bofetón. La firmeza de su hijo la dejó muda por un segundo, pero la rabia de verse desplazada por una aparecida de la capital encendió una chispa de pura venganza en sus ojos negros.
—Te vas a arrepentir de esto, Caleb —siseó la anciana, dando media vuelta con orgullo herido—. El pueblo no va a perdonar esta indecencia, y Viviana mucho menos. Ya veremos quién te rescata cuando tu preciosa farsa se caiga a pedazos.
Caleb vio a su madre retirarse hacia el interior de la casa, pero sus palabras no le hicieron mella. Lo que verdaderamente le pesaba era el sabor dulce de Elena que aún le rondaba la boca y la certeza de que, al aceptar que durmieran bajo el mismo techo, la trampa del vaquero ya no solo atrapaba a la joven de la ciudad... lo estaba cazando a él.