La Trampa del Vaquero

CAPITULO 10—LA GUERRA DECLARADA

La hora de la cena en la hacienda se convirtió en un escenario de guerra silenciosa, pero la pólvora estaba lista para estallar al menor roce.

​Elena bajó al comedor principal vistiendo un elegante pantalón sastre oscuro y una blusa de seda verde oliva que resaltaba el brillo desafiante de sus ojos avellana. No llevaba el anillo, pero su postura al entrar al comedor era la de la dueña indiscutible del lugar. Al llegar a la mesa colonial de roble, se encontró con un despliegue de hostilidad en directo: doña Leonor presidía un extremo con su habitual rigidez de hierro, y a su lado derecho, sonriendo con una suficiencia ponzoñosa, estaba Viviana Alvarenga.

​Caleb ocupaba el otro extremo de la mesa. Al ver entrar a Elena, sus ojos negros destellaron con una mezcla de advertencia y una posesividad que no pudo ocultar. Se levantó de inmediato y, en un gesto cargado de una caballerosidad ruda y deliberada, le retiró la silla a su lado.

​—Gracias, mi amor —dijo Elena con una voz aterciopelada y pausada, asegurándose de que el apelativo resonara en las cuatro paredes del comedor antes de sentarse junto a él.

​Viviana apretó el tenedor con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos, mientras doña Leonor soltaba un bufido despectivo.

​—Buenas noches, Elena —dijo Viviana, arrastrando las palabras con una falsa condescendencia—. Nos enteramos de que decidiste... acomodarte en la habitación de Caleb. Vaya que las mujeres de la capital no pierden el tiempo. En mis tiempos, y en las familias con un apellido que proteger, a eso se le llamaba de otra manera. Pero claro, como mantuvieron su dizque noviazgo "en secreto" durante tantos meses, supongo que estás acostumbrada a saltarte las reglas de la decencia.

​Elena colocó la servilleta sobre su regazo con una parsimonia exasperante. Miró a Viviana y luego a doña Leonor, sosteniéndoles la mirada con una sonrisa gélida que desarmó la burla de inmediato.

​—La decencia, Viviana, la definen las promesas que se cumplen, no los chismes desesperados de quienes se quedan esperando una propuesta que nunca les llegó —replicó Elena, su tono refinado y cortante como un bisturí—. Si Caleb y yo decidimos mantener nuestro noviazgo y nuestro compromiso lejos de los ojos del pueblo por un tiempo, fue una decisión de ambos. Y ahora que estoy aquí, en el hogar de mi futuro esposo, es completamente natural que comparta la habitación con el hombre con el que he decidido pasar el resto de mi vida. Aunque entiendo tu frustración; debe ser sumamente doloroso ver desde la acera de enfrente el compromiso que tanto anhelabas tener y que nunca fue para ti.

​—¡Cómo te atreves! —estalló Viviana, poniéndose de pie de golpe, haciendo temblar las copas de cristal—. ¡Caleb! ¿Vas a dejar que esta mujer me insulte en tu propia mesa? ¡Dile lo que fuimos nosotros antes de que ella apareciera!

​Caleb permaneció inmóvil, apoyando los codos en la mesa. La cicatriz de su pómulo se tensó y su mirada de piedra se clavó en la rubia con una frialdad implacable.

​—Viviana, siéntate o lárgate de mi casa —sentenció el vaquero, su voz áspera y baja vibrando con una amenaza latente—. Elena y yo estamos comprometidos desde hace meses. Ella está aquí para que por fin formalicemos nuestra boda frente a todos. Lo que tú y yo hayamos sido en el pasado quedó enterrado el día que decidiste marcharte. No te equivoques: estás sentada en esta mesa por respeto a mi madre, no porque tengas algún derecho sobre mi presente.

​—¡Caleb! —intervino doña Leonor, golpeando la mesa con la palma de la mano, con el rostro encendido por la indignación—. ¡No le hables así a Viviana! Ella es la mujer que yo elegí para ti. Esa... esa mujer de la ciudad ocultó su noviazgo contigo porque seguramente se avergonzaba de tus raíces, y ahora pretende venir a adueñarse de "La Estancia" como si nada. ¡No tiene decencia!

​Elena se inclinó sutilmente hacia adelante, clavando sus ojos avellana directamente en la matriarca de la casa. El aire del comedor se volvió helado.

​—Se equivoca una vez más, doña Leonor —soltó Elena, con una soberbia implacable que dejó muda a la anciana—. Si Caleb y yo mantuvimos nuestra relación en privado durante todo este tiempo, fue para protegernos de las intrusiones y de las manipulaciones familiares de las que usted y Viviana son tan partidarias. Yo amo a su hijo por el hombre que es, y estoy sumamente orgullosa de la vida y el futuro que decidimos construir juntos. Si usted insiste en tratarme como una enemiga en mi propio hogar, le sugiero que empiece a acostumbrarse, porque yo no voy a romper mi promesa de casarme con Caleb por sus caprichos.

​Viviana, temblando de humillación ante el desprecio de Caleb y la contundente respuesta de Elena, tomó su bolso de la silla con un movimiento brusco.

​—Esto es el colmo —siseó la rubia, mirando a Caleb con los ojos llenos de lágrimas de rabia—. Te vas a arrepentir de esto, Caleb Sterling. Te juro que te vas a arrepentir de sostener esta ridiculez de compromiso.

​Sin esperar respuesta, Viviana salió del comedor a paso apresurado, el eco de sus tacones perdiéndose en el pasillo hasta que el portazo principal de la casa confirmó su huida.

​Doña Leonor se levantó con rigidez, mirando a la pareja con una furia contenida que prometía tormentas peores.

​—Has cavado tu propia tumba, Caleb —siseó la matriarca, clavando una última mirada de odio en Elena antes de retirarse a sus aposentos, dejándolos finalmente solos.




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