El eco del portazo de Viviana y el posterior mutismo de doña Leonor dejaron el comedor sumido en una penumbra cargada de electricidad. La cena continuaba servida, intacta, pero ninguno de los dos tenía intenciones de tocar los cubiertos. La adrenalina de la confrontación seguía corriendo por sus venas, transformándose lentamente en otra clase de tensión, una mucho más peligrosa y silenciosa.
Caleb mantuvo sus manos grandes y callosas apoyadas sobre los hombros de Elena, sintiendo la firmeza de su postura y la calidez de su piel a través de la seda verde oliva de su blusa. Elena inclinó la cabeza un centímetro hacia atrás, sosteniéndole la mirada. La cercanía volvió a encender esa química brutal que los había desbordado en el porche; sus respiraciones se cruzaron en el aire, y los ojos negros del vaquero bajaron inevitablemente hacia los labios de ella, que aún guardaban el recuerdo de su posesividad rústica.
—Estuviste soberbia Helena —murmuró Caleb, su voz bajando a esa octava ronca y pesada que a ella le erizaba la piel—. Pusiste a mi madre en su sitio y desarmaste a Viviana con una sola mirada. Tienes un temple de acero.
Elena esbozó una pequeña sonrisa ladina, una mueca cargada de esa altivez elegante que tanto descolocaba al terrateniente. Se levantó despacio, obligándolo a dar medio paso atrás, pero sin romper la distancia íntima que los unía.
—Te lo aseguré esta mañana, Caleb: no soy una mujer que se deje pisotear por nadie —replicó ella en un susurro gélido, pero magnético, acomodándole sutilmente el cuello de la camisa vaquera con sus dedos delgados—. Si esas mujeres creen que voy a dar un paso atrás y permitir que destruyan lo que hemos construido, están muy equivocadas. Pero ahora... quiero ir a nuestra habitación. Estoy cansada de pelear con víboras.
La mención de "nuestra habitación" cayó como un balde de agua hirviendo sobre el pecho de Caleb. La culpa por la farsa volvió a chocar de frente con el deseo indomable que Elena le provocaba. Asintió con la mandíbula tensa, recogió su sombrero de la mesa y la guio escaleras arriba.
Al cruzar el umbral de la alcoba principal, la realidad de su nueva situación los golpeó por completo. La habitación estaba en penumbra, iluminada únicamente por la luz de la luna que se filtraba por el amplio ventanal de madera, recortando la silueta de las imponentes montañas al fondo. En el centro del espacio, la enorme cama matrimonial de roble rústico parecía un territorio prohibido y magnético a la vez. Las pertenencias de Elena ya estaban perfectamente ordenadas en el armario, mezclando su aroma floral con el olor a cuero y tabaco propio del vaquero.
Elena caminó hacia el ventanal, cruzándose de brazos mientras contemplaba la inmensidad de los pastizales oscuros de "La Estancia". Caleb cerró la puerta, colocó el pestillo de madera y se quitó el sombrero, arrojándolo sobre la cómoda. Se quedó de pie en el centro del cuarto, observando la figura delicada y esbelta de la joven de la ciudad. El pulso se le desbocó. Sostener la mentira durante el día frente al pueblo era difícil, pero compartir la misma cama en el silencio de la noche iba a ser una tortura absoluta para su autocontrol.
—Caleb... —la voz de Elena rompió el silencio, pausada y cargada de una sospecha que no había logrado disipar—. Defendiste nuestro compromiso frente a tu madre con garras y dientes. Le dijiste a Viviana que lo nuestro era sagrado y que venía a entregarme a ti. Entonces... ¿por qué vuelves a poner esa pared de hielo entre nosotros ahora que estamos solos?
Elena se giró despacio, recargando la espalda contra el marco de la ventana, clavando sus ojos avellana en él con una fijeza implacable.
—Me besaste en el porche con una pasión que me quemó el cuerpo, Caleb —continuó ella, dando un paso firme hacia él en la penumbra—. Sentí cómo me apretabas, cómo me deseabas. No puedes fingir que no hay fuego entre los dos. Pero en cuanto el beso terminó, me apartaste como si hubiera cometido un delito. Si tanto nos amamos, si planeamos una vida juntos... ¿por qué me rechazas cuando intento acercarme? ¿Realmente estás arrepentido de casarte conmigo?
Las preguntas directas y honestas de Elena le rasgaron el pecho al vaquero. La culpa lo carcomía vivo; se sentía el peor de los canallas al ver la entrega y la verdad en los ojos de ella, sabiendo que estaba atrapada en una red de engaños que él mismo tejía con Lucas. No podía besarla de nuevo, no podía meterse en esa cama y tomarla como suya bajo el cobijo de una identidad falsa. Su estricto código de honor del campo se lo impedía, aunque su cuerpo entero estuviera gritando por poseerla.
Caleb dio dos pasos largos, deteniéndose a escasos centímetros de ella. Su imponente estatura llenó el espacio por completo, obligando a Elena a levantar la barbilla para sostenerle la mirada ardiente.
—No te rechazo, Elena. Maldita sea, estás completamente equivocada si piensas que no te deseo —gruñó el vaquero con una ronquera salvaje, con los ojos inyectados en una mezcla de frustración y pura necesidad—. Me estoy muriendo por tocarte, por arrastrarte a esa cama y no dejarte salir en toda la noche. Pero estás convaleciente. Tienes un golpe en la cabeza, tus recuerdos no están aquí. No soy un animal que se va a aprovechar de tu confusión para meterse en tus sábanas. Te estoy dando tiempo para que tu cuerpo se recupere, aunque me esté quemando por dentro por no tocarte.
Elena lo escuchó, analizando la vibración violenta de su voz y la tensión en sus puños cerrados. Médicamente, su explicación tenía sentido, pero su instinto de mujer herida y orgullosa malinterpretó el violento freno una vez más. Para ella, un hombre enamorado no pondría tantas barreras de "respeto" si realmente deseara consumar el noviazgo que tanto defendía ante los demás. La sospecha de que el compromiso era una obligación de la que él quería retractarse echó raíces profundas en su mente en blanco.