A la mañana siguiente, el sol apenas doraba las cumbres de las montañas cuando Elena decidió que no pasaría un solo minuto más encarcelada en "La Estancia". La tensión del desayuno con la mirada inquisidora de doña Leonor era insoportable, y la frialdad de la noche anterior con Caleb le había dejado un sabor amargo que no estaba dispuesta a tragar.
—Voy al pueblo —sentenció Elena en el vestíbulo, ajustándose una elegante chaqueta de ante beige sobre una blusa blanca impecable—. Necesito visitar el cementerio. La tumba de mi abuela es el único vínculo real que me queda, y no pienso quedarme encerrada aquí esperando a que tus fantasmas me consuman.
Caleb, que terminaba de ajustarse el cinturón de cuero en la entrada, la miró con la mandíbula apretada. El impulso de ordenarle que se quedara donde estaba seguro murió en su garganta al ver la determinación absoluta en los ojos avellana de la joven.
—Te llevo yo —dijo el vaquero en un tono seco y tajante—. No vas a andar sola por el pueblo.
El trayecto en la camioneta se realizó en un silencio denso. Al llegar al pueblo, el contraste con la hacienda fue inmediato: calles empedradas resguardadas por casonas coloniales de teja roja, fachadas de colores vibrantes, el aroma a café recién molido escapando de los portales y la gente local caminando a ritmo cansino. Era un lugar pintoresco, vivo, pero a Elena le parecía un escenario sacado de un libro del que no recordaba haber leído las páginas.
Tras dejar una ofrenda de flores blancas en la tumba de su abuela —un momento solitario en el que la amnesia le pesó más que nunca en el pecho—, Elena caminó hacia la plaza central con Caleb siguiéndola a un par de pasos de distancia, sombrío como una sombra protectora y huraña.
—Elena... pero qué sorpresa tan grata. No sabía que habías regresado al pueblo.
La voz, suave, articulada y con un matiz de genuino deleite, hizo que Elena se detuviera frente a la arcada de piedra del banco local.
De la entrada del edificio colonial salió un hombre impecablemente vestido con un traje de tres piezas color marengo, camisa de cuello almidonado y los zapatos de piel lustrados a la perfección. Era alto, de facciones finas y una sonrisa cálida que transmitía una sofisticación natural.
Julián Santillán, el banquero del pueblo.
—Julián... —murmuró Caleb, dando un paso al frente para interponerse sutilmente, con la mano posada sobre su hebilla de plata y la postura rígida de un animal territorial.
Julián ignoró la brisca actitud del terrateniente y concentró toda su atención en Elena, tomándole la mano con delicadeza para dedicarle una ligera inclinación de cabeza.
—Es un verdadero placer volver a verte, Elena. La última vez que nos cruzamos fue un momento profundamente triste... en el entierro de tu abuela. Recuerdo que apenas pudimos cruzar unas palabras después del velatorio. Cuando me enteré de que habías vuelto a la capital me quedé con el deseo de ofrecerte mis condolencias con más calma. Te ves radiante.
Elena pestañeo, buscando frenéticamente en su mente algún rasgo de la cara de Julián, pero la pared blanca de su memoria no le devolvió nada. Sin embargo, los modales refinados del hombre y la calidez con la que le hablaba le resultaron extrañamente cómodos, casi familiares en comparación con la rústica aspereza de los hombres del campo.
—Muchas gracias, Julián —respondió Elena con una sonrisa educada, retirando la mano con elegancia—. Te pido una disculpa si me notas distante. Tuve un accidente hace un tiempo y... perdí la memoria. No recuerdo nuestro encuentro en el entierro de mi abuela, ni a la mayoría de las personas de este lugar.
Julián abrió levemente los ojos, dejando ver una pincelada de genuina preocupación en su rostro atractivo.
—¿Un accidente? Santo cielo, Elena, no tenía idea —dijo el banquero con un tono de suave empatía, dando un paso más hacia ella—. Lo lamento muchísimo. Debe ser una situación sumamente difícil para ti estar en un lugar que tu mente no logra reconocer. Si necesitas algo... cualquier trámite sobre las propiedades que dejó tu abuela, o si solo quieres una guía en el pueblo para intentar refrescar tus recuerdos, la casa bancaria y yo estamos a tu entera disposición. Sería un honor ayudarte.
—Ella no necesita nada de eso, Santillán —intervino la voz de Caleb, rasposa y cargada de una agresión mal disimulada.
El vaquero se colocó al lado de Elena, tomándola del brazo con un agarre firme, posesivo, que casi rozaba lo brusco. La visión de Elena sonriéndole con soltura a un hombre de traje, hablando ese dialecto educado y citadino que a él le resultaba ajeno, actuó como un ácido sobre la peor de las heridas de Caleb.
En la mente del terrateniente, la imagen de Julián Santillán se superpuso con el fantasma de su pasado. Así era el hombre por el que Viviana lo había cambiado. Un tipo refinado, de manos limpias, con dinero de cuna y futuro en la ciudad, alguien que no olía a tierra ni a sudor de caballo. Ver a Elena al lado del banquero le recordó de un golpe despiadado la brecha infranqueable que existía entre el mundo de ella y el suyo.
Julián miró el agarre de Caleb sobre el brazo de la joven y luego fijó sus ojos en el semblante endurecido del vaquero, manteniendo una compostura intachable.
—Tranquilo, Sterling. Solo le estoy ofreciendo a una dama la cortesía que merece —dijo Julián con una serenidad que solo encendió más la rabia reprimida del vaquero—. Elena, el ofrecimiento sigue en pie. Si decides dar un paseo o necesitas ayuda con los papeles de tu abuela, sabes dónde encontrarme.