La Trampa del Vaquero

CAPÍTULO 14—LA NOCHE DE LA FIESTA

El pueblo de la montaña era una caldera de música, alcohol y miradas encendidas. La fiesta patronal había transformado la plaza central en un laberinto de luces coloridas, puestos de comida donde la grasa y el humo de la carne asada se mezclaban con el aroma a cuero, y una banda de viento que retumbaba en el pecho de todos los presentes.

​Elena no pasó desapercibida. Llevaba un vestido ceñido de color borgoña que le abrazaba cada curva del cuerpo, con un escote firme que dejaba sus hombros y la clavícula al descubierto. A su lado, Caleb lucía peligroso. La camisa negra ajustada marcaba la anchura de su espalda y los músculos de sus brazos, y su sombrero tejano calado dejaba sus ojos negros fijos en ella como un depredador acechando a su presa.

​El alcohol de caña, servido en jarros de barro cocido, corría rápido. Elena sintió el fuego bajándole por la garganta y encendiéndole la sangre desde las primeras rondas. Ya no había rastro de la elegancia distante de la ciudad; en sus ojos avellana brillaba una chispa de provocación pura.

​A mitad de la noche, cuando la banda arrancó con un tema lento, rústico y pesado, Elena se plantó frente al vaquero. Estiró la mano, le enganchó los dedos en el cuello de la camisa y lo jaló hacia ella.

​—Baila conmigo, vaquero —ordenó con la voz ligeramente arrastrada por el trago.

​Caleb no respondió con palabras. Apagó de un buche el contenido de su jarro, arrojó el barro sobre una mesa y la tomó de la cintura. La fuerza de sus manos de hombre de campo la dejó sin aliento. La pegó a su cuerpo sin dejar un solo milímetro de separación: el vientre de Elena sintió la dureza de la hebilla de plata de su cinturón, y sus muslos chocar con la firmeza de las piernas de él.

​Bailaron pegados, moviéndose al ritmo lento de la música. Caleb bajó la mano derecha hasta la curvatura de su cadera, apretándola contra su ingle, demostrándole sin ningún pudor la erección dura que ya se le marcaba debajo del pantalón. Elena soltó un jadeo caliente contra el cuello de él y le enterró las uñas en la nuca, deleitándose con la aspereza de su barba de dos días raspándole la mejilla.

​Desde la acera del banco, Julián Santillán los observaba con una copa en la mano. Caleb lo vio de reojo. Lejos de soltarla, el vaquero inclinó la cabeza, le atrapó el cuello a Elena con los labios y le mordió el lóbulo de la oreja con brusquedad, haciéndola gemir bajo en mitad de la multitud.

​—Nos vamos ya —le gruñó Caleb contra la piel, con la voz vuelta un raspón puro por el deseo y los celos—. Si me quedo dos minutos más aquí, te voy a subir la falda frente a todo el pueblo.

​El viaje de regreso a "La Estancia" fue una tortura de velocidad y respiraciones agitadas. En cuanto las botas de Caleb cruzaron el umbral de la casona y la puerta principal se cerró de un portazo, la poca cordura que les quedaba saltó por los aires.

​Caleb la estampó contra la madera pesada de la puerta. Su sombrero voló al suelo antes de que sus manos grandes le atraparan el rostro con violencia y sus labios se estrellaran contra los de ella en un beso sucio, hambriento y salvaje. No hubo delicadeza. Le metió la lengua con una posesividad ruda que le hizo a Elena soltar un gemido ahogado en su garganta, abriéndose de piernas por instinto para encajar la cadera de él.

​—Dime de quién eres, Elena... dímelo —le exigió Caleb entre besos frenéticos, bajándole la cabeza a dentelladas por la garganta mientras sus manos callosas le subían el vestido por los muslos, apretándole la carne blanda de las nalgas.

​—Tuya... soy tuya, demonio... —jadeó Elena, con las manos metidas en la camisa de él, arrancándole los botones de un tirón para sentir la piel caliente y sudada de su pecho muscular.

​Sin romper el beso, Caleb la agarró por debajo del trasero y la levantó de un golpe. Elena enredó las piernas alrededor de su cintura, sintiendo la dureza rígida del miembro de Caleb presionándole directamente el centro de las bragas húmedas. El vaquero caminó a zancadas ciegas por el pasillo, pateó la puerta de la habitación principal y la arrojó sobre el colchón de plumas.

​El colchón se hundió con el peso de ambos. Caleb no le dio tiempo de respirar. Se quitó las botas y el pantalón de un tirón rabioso. Quedó completamente desnudo sobre ella, exhibiendo su cuerpo ancho, tostado por el sol, marcado por cicatrices y su miembro que latía de puro placer.

​Elena abrió la boca, impactada por la vista del vaquero en todo su esplendor salvaje. Pero no tuvo tiempo de pensar. Caleb le agarró el vestido borgoña con ambas manos y se lo rasgó hacia abajo, dejándola en sostén de encaje negro y bragas.

​—Mira cómo te pones solo con verme —siseó Caleb, metiéndole la mano seca e impaciente entre las piernas, por dentro de la tela fina de su ropa interior.

​Elena se arqueó hacia arriba con un gemido agudo cuando los dedos gruesos del vaquero le acariciaron su centro, encontrándola completamente húmeda por su propio fluido. Caleb soltó una risa ronca, triunfal. Le corrió la tela a un lado e invadió con sus dedos de golpe dentro de la carne apretada y caliente.

​—¡Caleb! —gritó Elena, clavándole las uñas en la espalda y abriendo los muslos de par en par mientras él le bombeaba los dedos hacia adentro y hacia afuera con un ritmo rápido, mojándose hasta los nudillos con su jugo.

​—Estás húmeda por mí, jefa... estás hirviendo —le dijo él en un murmullo sucio al oído, masticándole el labio inferior mientras con el pulgar le frotaba su centro inflamado sin piedad, llevándola al borde en cuestión de segundos.




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