El camino de regreso desde el pueblo hacia La Estancia se había sentido como una marcha fúnebre dentro del todo terreno. Habían hecho todo el trayecto en un silencio denso y pesado, cortado únicamente por el rugido del motor y el sonido de las llantas sobre la grava. La sombra de Julián Santillán, el refinado banquero con el que Elena había estado conversando en la plaza, flotaba entre ellos como un muro invisible.
Caleb no había dicho una sola palabra durante el viaje, pero la tensión en sus hombros y la forma en que apretaba el volante con los nudillos blancos lo decían todo. Tenía la mandíbula trancada y los ojos negros oscurecidos por una mezcla de rabia y celos viscerales.
En cuanto se detuvieron en el patio principal de la casona, la bomba finalmente explotó.
Caleb apagó el motor de golpe, salió del todo terreno y azotó la puerta del vehículo con tanta fuerza que el eco resonó en todo el patio. Rodeó la camioneta a zancadas y le abrió la puerta a Elena antes de que ella pudiera reaccionar, acortando la distancia entre ellos de forma amenazante.
—Se acabó el paseíto —soltó Caleb sin rodeos, acorralándola contra el costado del todo terreno en cuanto ella puso un pie afuera—. Ahora me vas a explicar qué carajos hacías tan sonriente con el banquero en mitad de la plaza.
Elena apretó la mandíbula, alzando el mentón con esa soberbia natural que tanto descolocaba al vaquero. No iba a permitir que la intimidara.
—No tengo nada que explicarte, Caleb. Julián fue simplemente educado. Un caballero, algo que parece bastante escaso por estos rumbos.
La mención de la palabra "caballero" fue como arrojar gasolina al fuego. Caleb dio un paso más, pegándola casi por completo contra la chapa de la camioneta. El aroma a cuero, tierra y la calidez salvaje de su cuerpo la invadieron al instante, haciéndola dar un vuelco al corazón.
—Un caballero... —siseó él, inclinándose sobre ella con la voz raspada por la furia—. Un tipo de cuello blanco que no sabe lo que es sudar para ganarse el pan. El banquero no es hombre para andar jugando con mujeres ajenas. Y tú eres mía, Elena. Aunque te empeñes en olvidarlo.
—¡Yo no soy propiedad de nadie! —reaccionó Elena, con los ojos avellana echando chispas—. Y no estaba "jugando". Si tanto te molesta verlo cerca, pregúntate por qué me busco una conversación civilizada fuera de esta casa.
—¿Ah, sí? ¿Por qué? Dímelo —exigió él, acercándose tanto que sus pechos chocaban con cada respiración agitada.
—¡Porque tú me dijiste que me amabas! —gritó Elena, perdiendo la paciencia, mientras la frustración acumulada de semanas se le agolpaba en la garganta—. ¡Porque dijiste que éramos prometidos antes del accidente! Pero desde que desperté en esa cama, lo único que recibo de ti son miradas de juicio, desprecio y una distancia insoportable. Me tratas como si fuera una intrusa, como un verdugo que viene a arruinarte la vida.
Caleb se quedó rígido. En el fondo de su alma, la culpa le atenazó las entrañas. Ella no sabía nada. No sabía que la historia del compromiso era una farsa, una mentira que él mismo sostenía para no perderla. Se sentía un miserable, pero la sola idea de que ella recordara su pasado y decidiera marcharse con un hombre como Santillán lo estaba volviendo loco.
—Yo no te trato como a un verdugo, Caleb —murmuró Elena, bajando la voz. La furia de sus ojos dio paso a una vulnerabilidad desgarradora. Alzó la mano temblorosa y rozó con la yema de sus dedos la línea dura de la mandíbula del vaquero—. Te trato como al hombre con el que se supone que voy a compartir mi vida. Pero me pides que te sea fiel a una historia que no recuerdo, mientras tú te mantienes a leguas de distancia... Si de verdad soy tu prometida, demuéstramelo. Deja de pelear con fantasmas y mírame a mí.
La última palabra de Elena se ahogó en su garganta.
Caleb no aguantó más. La cordura y el freno moral que se había impuesto saltaron en mil pedazos.
Le agarró la nuca con una mano firme y toscamente la estrelló contra su boca. Fue un beso feroz, desesperado, un choque de labios y dientes alimentado por los celos y la frustración reprimida. Caleb la besó con una rabia hambrienta, metiéndole la lengua hasta el fondo, reclamando su boca como si quisiera marcarla por dentro para borrarle cualquier rastro del banquero.
Elena soltó un gemido ahogado y, lejos de apartarse, se le entregó por completo. Le rodeó el cuello con los brazos, pegando su pecho al de él, devolviéndole el beso con la misma furia contenida.
El mundo a su alrededor desapareció. Durante diez segundos eternos, la penumbra del patio se llenó del sonido de sus respiraciones agitadas, la fricción de sus cuerpos y el calor sofocante que emanaba de ambos. Fue un beso tan violento, salvaje y cargado de electricidad que a Elena le temblaron las piernas, obligándola a aferrarse con fuerza a los hombros de Caleb para no caerse.
Caleb se estremeció entero. Podía sentir el temblor en las manos de Elena y la forma en que el cuerpo de ella se moldeaba al suyo, completamente rendida. El pulso de él retumbaba en sus oídos, acelerado, desbocado.
Cuando Caleb finalmente rompió el beso, no se alejó del todo; apoyó su frente contra la de ella, ambos jadeando sin aire, sintiendo el aliento caliente del otro sobre los labios. A ambos les temblaba todo el cuerpo, sacudidos por un choque eléctrico que dejó a Elena mareada de deseo y a Caleb al borde de perder el control por completo y tomarla ahí mismo sobre el capó del vehículo.