La lluvia fina y helada de diciembre azotaba los ventanales del ático de Gael, trazando caminos líquidos que distorsionaban las luces de la ciudad. Dentro, el aire era tan seco y controlado como el de una cámara acorazada. Silencio, solo el zumbido casi imperceptible de la climatización y el ocasional tecleo de su laptop sobre la mesa de acero y cristal. Aquí, a cincuenta y siete pisos sobre el bullicio navideño, la fiesta era una abstracción molesta, un pico de consumo en los gráficos que revisaba con desdén.
El intercomunicador emitió un tono urgente, disonante.
—Señor Vance, hay… una situación —la voz de su asistente, Evelyn, titubeaba, algo inaudito—. Hay dos personas aquí para verle. De Servicios Sociales.
Gael alzó la mirada del informe trimestral del Saint-Clair.Un párrafo sobre “ineficiencias estacionales” quedó a medias en su pantalla.
—¿A esta hora? ¿Y con qué autorización? —su tono fue un cuchillo frío.
—Traen…documentación judicial, señor. Y dos maletas pequeñas.
Un nudo gélido, distinto al frío calculado que prefería, se formó en su estómago. Colgó sin responder y se dirigió a la puerta. No la abrió; la contempló por un instante, como si tras ella pudiera haber algo para lo que no existía protocolo. Finalmente, giró el pomo.
El contraste fue violento. Frente a la esterilidad de su hogar, el pasillo parecía inundado de color. Dos abrigos idénticos de rojo brillante, dos gorros con pompones que se balanceaban, y dos pares de ojos enormes, del color del azules, que lo miraban desde abajo. Una mujer con gabardina beige y expresión cansada sostenía un sobre manila grueso.
—Señor Vance, soy la trabajadora social, Laura Mendez. Disculpe la intrusión a estas horas. Tenemos a Isabella y Sophia.
Las niñas no dijeron nada. Una Sophia, lo supo por una corazonada se aferraba a la pierna de la trabajadora. La otra Isabella observaba el interior del ático con una curiosidad abrumadora, sus ojos escaneando el lugar desprovisto de alma.
—Explíqueme. Rápido —exigió Gael, sin ceder el paso.
—Sus padres ,Claire y Robert Vance… hubo un accidente en la carretera, anoche. La nieve… —Laura Mendez tragó saliva—. En el testamento, usted es el tutor designado. La custodia provisional es efectiva inmediatamente. Aquí está toda la documentación.
Las palabras resonaron como ecos en una cámara vacía. Accidente. Custodia. Efectiva inmediatamente. Gael tomó el sobre, sus dedos inertes. Miró a las niñas. Seis años. Sangre de su sangre, las hijas del hermano con el que había perdido contacto hacía una década, el soñador que eligió una vida nómada y alegre sobre el pragmatismo familiar. Y ahora su legado estaba aquí, en su puerta, con maletas y gorros ridículos.
—No estoy… preparado para esto —dijo, más para sí mismo que para ella.
—Nadie lo está, señor Vance —respondió la trabajadora con un deje de compasión que él detestó—. Pero son su familia. Necesitan estabilidad, rutina. Especialmente ahora, con las fiestas…
—¿Las fiestas? —cortó él, como si fuera una obscenidad—. Eso es lo de menos.
Finalmente, las hizo pasar. Las niñas entraron con pasitos cautelosos sobre el piso de cemento pulido. Sophia comenzó a llorar en silencio, lágrimas gruesas que resbalaban por sus mejillas. Isabella se acercó a la ventana panorámica y apoyó una mano diminuta sobre el cristal.
—¿Aquí vive solo el silencio?—preguntó, su voz un hilillo de sonido en la inmensidad blanca del lugar.
Gael, desconcertado, ignoró la pregunta.
—Evelyn —llamó al intercom—. Que preparen la suite principal del Saint-Clair. De inmediato.
No podía tenerlas aquí. Este era su refugio. El hotel, al menos, era un territorio profesional, manejable. Allí había personal. Allí podría… ¿qué? ¿Contener el desastre?
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Una hora después, el Bentley negro se deslizaba frente a la entrada del Hotel Saint-Clair. La fachada, iluminada por miles de luces cálidas que delineaban cada cornisa y ventana, parecía un pastel de azúcar gigante. En el centro del lobby, visible a través de las puertas giratorias de bronce, se erguía un abeto de siete metros, un monstruo resplandeciente que a Gael le pareció una declaración de guerra personal.
Amy Lawson estaba de pie junto al árbol, sosteniendo una estrella de plata algo torcida. Llevaba un suéter de lana verde bosque con un reno bordado que parpadeaba. Discutía animadamente con un miembro del equipo de mantenimiento.
—¡Tiene que estar perfectamente recta, José! La estrella del Saint-Clair nunca se inclina. Nunca. Es… de mal augurio.
—Pero es muy pesada, señorita Amy. El árbol cedió un poco.
—Entonces refuérzalo. Con amor, si es necesario —replicó ella, con una sonrisa que desarmaba.
Gael irrumpió en esa escena como un iceberg en un puerto tropical. Llevaba una maleta en cada mano, y le seguían dos pequeñas sombras en rojo, apabulladas por la grandeza del lugar.
—Lawson—su voz cortó el aire festivo como un cuchillo—. Mi oficina. Ahora.
Amy se volvió, y su expresión de concentración navideña se transformó primero en sorpresa y luego en una preocupación genuina al ver a las niñas.