La suite principal del Saint-Clair era un suspiro de la vieja Europa, todo terciopelo granate, madera de nogal bruñida y retratos de paisajes invernales en marcos dorados. Un fuego crepitaba en la chimenea, pero la calidez era solo aparente, una escenografía costosa. El silencio, tras cerrarse la puerta, volvió a ser profundo, roto solo por el crujido de la leña y la respiración leve de las niñas.
Gael dejó las maletas junto al sofá Chesterfield, sintiéndose un intruso en un escenario preparado para una vida que no era la suya. Amy, en cambio, parecía expandirse hasta llenar el espacio. Apagó las luces del techo, encendió unas lámparas de mesa, y de repente, la habitación se transformó de un museo en un refugio.
—Bien, exploradores —anunció, arrodillándose frente a Isabella y Sophia—. Primera misión: inspeccionar el terreno. ¿A quién le toca el dormitorio con la ventana que da a la torre del reloj?
Isabella alzó una mano tímida. Sophia se limitó a aferrarse al dobladillo del suéter de Amy.
—Vale. Isabella, tú inspeccionas ese. Sophia, tú y yo revisaremos el que tiene el baño con la bañera con patas de garra. Dicen que a veces hacen gluglú divertido. Señor Vance —se giró hacia él, su tono perdió un poco de la dulzura, volviéndose práctico—, usted inspecciona la nevera de la minicocina. A ver si hay leche. Si no, llame a cocina. Entera, no esa cosa desnatada que bebe usted.
Gael parpadeó.
—¿Cómo sabe qué bebo yo?
—Porque el chef se queja cada vez que le pide un capuchino con leche de almendras y sin espuma.«Es como servir un atardecer en blanco y negro», dice. Ahora, ¡en marcha!
Las niñas, arrastradas por el torbellino de energía y propósito, se dispersaron. Gael, por primera vez en años, recibió una orden que no era financiera ni estratégica, sino doméstica. Y, sintiéndose absurdo, abrió la nevera de acero inoxidable. Estaba vacía, salvo por una botella de agua con gas y un limón solitario.
—No hay leche —informó, como si diera parte de una junta directiva.
—Pues haga el llamado—dijo Amy, saliendo del dormitorio con Sophia de la mano—. Y pida también un tazón de fresas, algo de pan y mantequilla, y… ¿les gusta el chocolate caliente, chicas?
Dos cabezas asintieron con un fervor que a Gael le pareció excesivo. Mientras marcaba el número de cocina, observó a Amy ayudar a las niñas a abrir sus maletas. Salió ropa pequeña, de colores vivos, libros con dibujos desgastados, y dos conejos de peluche irremediablemente viejos. Los conejos fueron colocados con ceremonia en la cabecera de la cama grande.
—Este es Nube —dijo Isabella, señalando el suyo, de un blanco sucio.
—Y este es Trufa—susurró Sophia, abrazando el marrón.
Gael dio las órdenes por teléfono con su tono habitual, seco. Colgó.
—En cinco minutos.
—Perfecto—Amy se sentó en la alfombra, invitando a las niñas a hacerlo—. Mientras esperamos, regla número uno del cuartel general: necesitamos un mapa.
—¿Un mapa? —preguntó Isabella, frunciendo el ceño.
—Del hotel. Para saber dónde están todos los escondites secretos, las mejores ventanas para ver la nieve, y el lugar exacto donde el chef esconde las galletas de jengibre extra crujientes. ¿Usted dibuja bien, señor Vance?
Gael, que seguía de pie junto a la chimenea como un guardia real fuera de lugar, se sintió directamente atacado.
—Dibujo diagramas de flujo y organigramas.
—Pues hoy dibuja un mapa—Amy sacó un bloc de notas y unos lápices de colores que parecían brotar de sus bolsillos—. Siéntese. El jefe de exploradores siempre va en el centro.
Rebelándose contra cada fibra de su ser, Gael bajó a la alfombra. La lana era más gruesa de lo que parecía. Tomó un lápiz azul.
—El hotel tiene doce plantas—comenzó, dibujando un rectángulo—. La recepción está aquí…
—¡No,no! —protestó Isabella—. Así no es un mapa de tesoros. Tiene que tener un árbol grande aquí —señaló el centro del bloc—, con una «X» donde está el tesoro.
—El tesoro es la cocina—declaró Sophia, con una lógica irrefutable.
Gael miró a Amy, buscando ayuda. Ella solo sonreía, dibujando un sol con gafas de sol en la esquina superior del papel.
—Escuchen a sus oficiales cartográficas, señor Vance. Ellas conocen el territorio del asombro. Usted solo conoce el del metro cuadrado.
Fue entonces cuando llegó la merienda. Un camarero entró con un carrito lleno: no solo lo pedido, sino también una fuente pequeña con galletas de jengibre decoradas, nata montada, y los famosos «hombres de jengibre», algunos efectivamente con la nariz quemada. El aroma a canela, clavo y azúcar moreno inundó la suite, un invasor perfumado que derrotó al olor a limpiacristales y lana limpia.
Las niñas se abalanzaron sobre las galletas. Gael observó el ritual: Sophia eligió una con forma de estrella, lamiendo primero el glaseado. Isabella mordió con decisión la cabeza de un hombre de jengibre.
—¿Por qué los hacemos en forma de personas si luego nos las comemos?—preguntó Isabella, con la boca llena.
Gael vio una apertura, una oportunidad para inyectar algo de realismo.