La Última Galleta de Jengibre

Capítulo 3

La nieve había tejido un manto silencioso sobre Central Park durante la noche, y la luz del amanecer que entraba por los altos ventanales de la suite tenía una cualidad lechosa, difusa. Gael despertó en el sofá, con una rigidez cervical que le recordó crudamente su edad y la absurdidad de su situación. Un brazo se le había dormido. Al moverlo, un objeto pequeño y duro rodó por su pecho y cayó al suelo con un clic seco.

Era un hombre de jengibre. Uno de los de la noche anterior, pero este era distinto. No tenía forma de hombre, sino de una especie de rectángulo con extremidades toscas. Y en lugar de los típicos botones de azúcar, tenía dibujado, con un glaseado azul tembloroso, lo que parecía ser… un diagrama de flujo.

Se incorporó, frotándose los ojos. El silencio era absoluto. Un pánico irracional, nuevo para él, le atravesó el pecho: ¿y si se habían ido? ¿Y si todo había sido un sueño extraño y stress-induced? Pero entonces, un sonido leve llegó desde el dormitorio. El murmullo de voces infantiles.

Se acercó a la puerta entornada. Dentro, sentadas en medio de la cama deshecha, rodeadas de migas y lápices de colores, estaban Isabella y Sophia. Frente a ellas, sobre una bandeja de desayuno que alguien (Amy, sin duda) había subido, había una legión de hombres de jengibre. Pero no eran los perfectos, simétricos de la cocina del hotel. Estos eran caseros, deformes, gloriosamente imperfectos. Y cada uno tenía un glaseado que intentaba ser una letra o un número.

—Este es el Tío G —dijo Isabella con solemnidad, señalando uno con una «G» azul torcida—. Tiene la corbata muy apretada.

—Este es Amy—susurró Sophia, acariciando uno con un rizo de glaseado rojo que simulaba su cabello—. Huele a canela.

—¿Y ese?—preguntó Gael desde la puerta, haciendo que las dos se sobresaltaran.

Isabella recuperó la compostura primero. Agarró un hombre de jengibre particularmente desdichado, con una pierna rota y un glaseado marrón oscuro.

—Este es el Señor Gris. Es el malo. Se quiere comer todas las galletas del hotel y prohibir la risa.

—Porque le duele la cabeza cuando la gente ríe—añadió Sophia, con lógica impecable.

Gael entró en la habitación. El aire olía a mantequilla derretida, azúcar moreno y niñas recién despiertas. Era un aroma desconcertantemente agradable.

—¿Y quién los hizo?—preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

—Amy vino temprano—explicó Isabella—. Trajo la masa y dijo que era «terapia culinaria». Que cuando tus manos están ocupadas, tu corazón puede hablar más fácil.

«Terapia culinaria». Gael masticó mentalmente la frase. Sonaba a algo que su departamento de RR.HH. desaprobaría rotundamente.

—¿Y qué dijo vuestro corazón?—preguntó, sorprendiéndose a sí mismo con la pregunta.

Las niñas se miraron. Sophia tomó uno de los galletas más simples, sin decorar.

—Este es mamá y papá. No le puse nada encima porque… porque si los pinto, se van. Como en los dibujos, que cuando borras se van.

La sencillez de la declaración le golpeó en el centro del pecho con la fuerza de un puño.No hubo drama, ni llanto. Solo una observación cruda, infantil, sobre la permanencia y la pérdida.

Isabella, quizás para proteger a su hermana, intervino rápidamente.

—¡Pero les hicimos una casa!—Señaló un caótico montón de galletas apiladas a un lado, unido con glaseado que actuaba de cemento—. Es el Hotel Saint-Clair, pero con un tobogán que va desde el tejado hasta la cocina. Amy dijo que en los sueños de los arquitectos, todos los edificios deberían tener toboganes.

Gael se sentó al borde de la cama. El colchón cedió bajo su peso. Cogió el hombre-galleta con la «G».

—¿Y por qué tengo la corbata tan apretada?

—Porque estás siempreajustado —dijo Isabella, usando una palabra que sin duda había oído en boca de adultos—. Como cuando papá decía que la abuela ajustaba el presupuesto de Navidad.

—Y no sonríes—añadió Sophia, mirándolo directamente—. Tus galletas no tendrían boca. O tendrían una línea recta, abajo.

Gael miró la galleta en su mano. La «G» era torpe, el glaseado se había corrido un poco. Era una caricatura comestible de sí mismo. Y, de repente, una pregunta surgió en él, no desde el cálculo, sino desde una genuina y profunda perplejidad.

—¿Cómo se hace… para sonreír más? —preguntó, y la voz le salió extraña, como si no fuera la suya.

Las gemelas lo miraron, asombradas de que el adulto más grande que conocían les preguntara algo así. Fue Isabella quien respondió, con la sabiduría práctica de sus seis años.

—Primero,tienes que querer que pase algo bueno. Luego, tus labios se mueven solos. A veces empieza en la barriga, como un cosquilleo.

—Como cuando ves la primera luz del árbol encenderse—susurró Sophia.

Antes de que pudiera procesar esa definión operacional de la felicidad, la puerta de la suite se abrió. Amy entró como una brisa de aire fresco, llevando un delantal con renos bailarines y oliendo a vainilla y a aire invernal.

—¡Buenos días,.taller de galletas! Veo que la producción está en marcha. Señor Vance, tiene una reunión en… —consultó un reloj invisible en su muñeca— veinte minutos. La de la «Optimización de Recursos Festivos».




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