La fachada de invencibilidad de Gael Vance, construida con acero templado y hielo puro, comenzó a mostrar su primera grieta un martes por la tarde, en forma de un estornudo que resonó en la suite como un cañonazo. El segundo estornudo hizo temblar las lámparas de cristal. Para el tercero, Isabella dejó caer su pincel sobre el "cuadro abstracto invernal" que estaba creando.
—El Tío G suena como un elefante con hipo —anunció, con la precisión diagnóstica de los seis años.
Gael, hundido en el sofá Chesterfield bajo una manta que Amy había aparecido con la instrucción "envolverse o enfrentar consecuencias termonucleares", intentó refutarlo. Lo que salió de su garganta fue un gruñido áspero.
—Es una leve… Achís!… una leve irritación ambiental. El exceso de… Achís!… pino.
Desde el otro extremo de la suite, donde supervisaba a Sophia en la construcción de un fuerte con cojines, Amy alzó la vista. No con preocupación de enfermera, sino con la expresión calculadora de un general que ve una oportunidad táctica en la debilidad del enemigo.
—Suena a más que pino, señor Vance. Suena al "Síndrome del Bastón de Caramelo".
—¿El qué? —logró articular Gael entre dientes apretados para contener otro estornudo. Su cabeza latía con un ritmo sordo y febril.
—Una enfermedad profesional —explicó Amy, acercándose. Llevaba un delantal con el lema "El Espíritu Navideño se multiplica al compartirlo" y olía a limón y miel—. Afecta a individuos inmunodeprimidos por falta de alegría estacional. Los síntomas incluyen fiebre baja, irritabilidad extrema, y la incapacidad temporal para reconocer la utilidad de una guirnalda.
—Tonterías —masculló Gael, pero el esfuerzo por sonar despectivo se arruinó cuando su voz se quebró en un susurro ronco—. Es un resfriado común. Me tomaré un descongestivo y…
—¡Ah, no, no, no! —intervino Amy, agitando un dedo—. Los descongestivos estándar son incompatibles con el protocolo del Síndrome del Bastón de Caramelo. Se requiere una fórmula especial. Y reposo absoluto.
Gael intentó levantarse, una maniobra que demostró ser tan factible como mover una montaña. Cada músculo protestó. El mundo giró levemente.
—No tengo tiempo para reposar. Tengo una videoconferencia con los inversores de Singapur a las…
—Cancelada —declaró Amy con una tranquilidad absoluta—. Ya me he ocupado. Les dije que tenía una emergencia humanitaria de máxima prioridad que requería su atención personal e intransferible. No mintió.
—¿Y quién eres tú para…?
—La comandante en jefe de las operaciones de recuperación —dijo, cruzando los brazos—. Nombrada por unanimidad por el consejo de administración —señaló a Isabella y Sophia, que asintieron con solemnidad—. Tiene dos opciones, señor Vance: cooperar con el tratamiento, o ser declarado paciente hostil y ser sometido a terapia de villancicos las 24 horas.
Isabella se acercó, llevando un paño húmedo que goteaba sobre la alfombra persa.
—Amy dice que los virus son como pequeños Grinches que se instalan en tu garganta.Hay que ahuyentarlos con cosas calientes y… y bienestar.
La palabra "bienestar" en boca de su sobrina, usualmente aplicada a sus conejos de peluche, le sonó tan ajena como "derivado financiero" le sonaría a ella. Antes de poder protestar, Amy había colocado el paño húmedo (demasiado frío) en su frente y le envolvía más la manta.
—Fase uno: Hidratación y Reconocimiento del Enemigo —anunció. De su bolsa de lona, que parecía un arsenal de dulces, sacó un termo—. Té de jengibre, limón, miel cruda y una pizca de pimienta de cayena. Para sacar el fuego interior.
Gael lo olfateó con recelo. El vapor le picó en los ojos.
—Huele a…a un curry fallido.
—Bébaselo.O le pongo un gorro de Papá Noel y lo paseo por el lobby para que reciba los buenos deseos de los huéspedes. Elija.
Con un suspiro que se convirtió en tos, Gael bebió. El líquido era una explosión de sabores: primero el picante del jengibre, luego la acidez del limón, el dulzor espeso de la miel y, al final, un golpe sutil y ardiente de la cayena. Era, innegablemente, revulsivo.
—¿Satisfecha? —preguntó, con la voz aún más ronca.
—Es un comienzo —concedió Amy—. Ahora, fase dos: Identificación de la Raíz del Malestar. —Se sentó en el borde del sofá, adoptando una pose de psicóloga—. El Síndrome del Bastón de Caramelo no ataca al azar. Suele aprovechar momentos de… debilidad emocional. ¿Ha estado pensando en algo particularmente cínico, amargado o relacionado con balances de cuentas recientemente?
Gael la miró fijamente, atónito.
—¿Me está preguntando si mi resfriado es psicosomático?
—Le estoy preguntando qué le pesa,señor Vance. Además de los mocos. Las enfermedades a veces son el cuerpo gritando lo que la boca calla.
Un silencio incómodo se instaló, solo roto por el crepitar del fuego y los susurros de Sophia, que desde su fuerte de cojines parecía estar organizando un juicio a un peluche desobediente.
—La videollamada con Singapur —admitió Gael, finalmente, mirando el líquido ámbar de su taza—. No es solo una actualización trimestral. Quieren comprar una participación mayoritaria. Ofrecen un precio… obsceno. Podría vender, retirarme, irme a una isla donde la palabra "Navidad" no exista en el diccionario.