La Última Galleta de Jengibre

Capítulo 5

El milagro de la tregua febril duró cuarenta y ocho horas gloriosas. Cuarenta y ocho horas en las que Gael aprendió que la sopa de pollo podía ser un manjar celestial si Sophia la "supervisaba" desde un taburete de cocina, en las que Isabella le explicó con paciencia infinita las reglas de un juego de mesa llamado "Aventura en el País de los Dulces", y en las que Amy se sentaba a trabajar en sus planes de eventos en el rincón de la suite, su presencia silenciosa un antídoto contra la claustrofobia.

El tercer día, la fiebre cedió. Gael despertó sintiéndose más ligero, pero con una extraña pesadumbre. La suite estaba inusualmente callada. El sol de la mañana se colaba por las ventanas, iluminando motas de polvo que bailaban en el aire como nieve en suspensión. Desde el cuarto de las niñas, venía el murmullo de Amy leyendo. Un cuadro de calma doméstica tan frágil como el ornamento de cristal más antiguo del hotel.

Y entonces, el hechizo se rompió.

El tono distintivo y cortante de su teléfono personal, el que solo usaban cinco personas en el mundo, atravesó el silencio como un escalpelo. Era un tono que no sonaba desde hacía semanas. Lo miró en la mesilla. La pantalla mostraba un nombre: Vivian Sterling.

La pesadumbre se convirtió en un peso de plomo. Antes de poder decidir si responder, el intercomunicador de la suite trinó.

—Señor Vance—la voz de Evelyn, su asistente, sonaba tensa—. La señorita Sterling está en el lobby. Insiste en subir. Dice que tiene una cita con usted.

No había tal cita. Vivian nunca tenía citas. Vivian aparecía. Y el mundo se alineaba a su paso.

—Déjela subir, Evelyn —respondió Gael, su voz recuperando su timbre de acero en un instante. Se levantó del sofá, desechando la manta como si fuera una piel muerta. La debilidad, la convalecencia, todo eso fue barrido bajo una capa instantánea de frío control. Se ajustó la bata de seda oscura, corrió una mano por su cabello para domar cualquier desorden. El bastón de caramelo, olvidado en la mesilla, yació como un artefacto de una civilización pasada.

La puerta se abrió antes de que Amy pudiera salir del cuarto de las niñas. Y Vivian Sterling entró.

No irrumpió. Vivian no irrumpía. Ella ocupaba. Llevaba un abrigo de línea arquitectónica en un gris tan perfecto que hacía parecer antigua la pintura de las paredes. Su cabello, de un rubio platino impecable, estaba recogido en un moño severo que destacaba la geometría aguda de sus pómulos. No llevaba maquillaje, o lo llevaba tan sutilmente que era invisible. Su belleza era glacial, una ecuación resuelta: ángulos correctos, proporciones exactas, cero calorías emocionales.

Sus ojos, del color del agua helada, barrieron la suite, catalogando cada elemento: las mantas desordenadas, los libros infantiles, los restos de galletas en un plato, a Amy asomándose por la puerta con expresión cautelosa. Finalmente, se posaron en Gael.

—Gael. Recibí tu mensaje bastante críptico sobre "asuntos familiares urgentes". Asumí que habías muerto —dijo. Su voz era clara, precisa, sin inflexión. Un informe verbal—. Veo que has optado por una metamorfosis diferente.

—Vivian. No esperaba verte —respondió él. Las palabras sonaron huecas, un guión aprendido.

—Evidentemente.—Dio un paso al interior, sus tacones de aguja haciendo clic-clic sobre la madera, un sonido metronómico que marcaba el ritmo de la vieja vida de Gael—. Estuve en Ginebra. La fusión se cerró. Pensé que te interesaría. Pero tus comunicaciones han sido… erráticas. —Su mirada se desvió hacia Amy, que se había plantado ahora entre el dormitorio y el salón, como una guardiana—. No me presentas a tu… personal.

Amy se adelantó, no con la sonrisa cálida que usaba con todos, sino con una compostura profesional que Gael nunca le había visto.

—Amy Lawson. Coordinadora de eventos del Saint-Clair. —No extendió la mano. Simplemente asintió.

Vivian le dedicó una mirada de dos segundos, el tiempo justo para escanearla y archivarla en una categoría: "Empleada. Prescindible". Volvió su atención a Gael.

—Necesito hablar contigo. En privado. Este ambiente es… cacofónico.

Fue entonces cuando Isabella y Sophia aparecieron en la puerta del dormitorio. Llevaban pijamas con renos, el cabello despeinado. Al ver a la extraña, se detuvieron, cogidas de la mano. Vivian las miró. Fue la mirada más larga que les había dedicado. No hubo curiosidad, ni hostilidad. Fue una evaluación. Como quien observa dos muebles de un estilo discordante.

—¿Y estos son los "asuntos familiares urgentes"? —preguntó, arqueando una ceja perfectamente delineada.

—Mis sobrinas, Isabella y Sophia —dijo Gael. Sintió una necesidad extraña, urgente, de añadir algo, de poner un muro entre la mirada de Vivian y las niñas—. Están bajo mi custodia.

—Ya veo —dijo Vivian. Y con esas dos palabras, lo encapsuló todo: la inconveniencia, la interrupción, el sinsentido sentimental—. Un giro inesperado en la trama. ¿Temporal, supongo?

La pregunta, inocente en su superficie, resonó como un golpe. Gael abrió la boca para responder, pero fue Isabella quien habló primero. Con una valentía que le partió el corazón, la niña dio un paso al frente.

—Vivimos aquí. Con el Tío Gael y Amy. Hacemos galletas y el Tío G tiene un bastón de caramelo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.