La ausencia de Vivian Sterling dejó en el aire del Saint-Clair una calma eléctrica, como la quietud que sigue a una tormenta que ha arrancado ramas viejas pero ha dejado el suelo limpio y dispuesto para algo nuevo. Gael se encontraba en un estado peculiar: liberado de un yugo que ni siquiera sabía que llevaba, pero a la vez más consciente que nunca del precipicio sobre el que caminaba. No era un precipicio financiero, sino algo más profundo: el abismo de fallarles a dos niñas que habían empezado a mirarlo no como un guardián provisional, sino como un faro.
Una semana después del "Deshielo Sterling", como Amy lo llamaba en privado, Gael intentaba retomar el control de su universo. Estaba en su oficina, revisando el presupuesto de "Navidad Auténtica". Las cifras bailaban ante sus ojos, pero su mente estaba en otra parte. En el silencio de la suite a las 3 a.m., cuando Sophia había tenido una pesadilla y él, por primera vez, había sabido qué hacer: cantar, muy bajo y terriblemente desafinado, la tonadilla de la caja de música. Había funcionado.
Un suave golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos.
—Adelante.
Era Amy. No llevaba suéter navideño, sino un sencillo vestido de lana color vino. En sus manos sostenía un sobre grande de papel kraft, manchado en las esquinas.
—Tiene una visita, señor Vance. O más bien, dos. Y traen… una petición.
—¿Más visitas? —preguntó Gael, con un deje de cansancio. El hotel empezaba a parecerse a Grand Central Terminal.
—No exactamente visitas. Son las niñas. Y quieren celebrar una reunión de directorio. Formal.
Gael arqueó una ceja.
—¿Directorio?
—Sí. Sobre "Asuntos Críticos de la Felicidad Invernal". Citaron textualmente. —Amy esbozó una sonrisa—. Han preparado un orden del día. En la suite. Le sugiero que acuda. Parece urgente.
Intrigado, Gael la siguió. Al entrar en la suite, el escenario que encontró era digno de la junta más surrealista. Las dos sillas más altas del comedor habían sido colocadas frente al sofá. En ellas, sentadas con una solemnidad que rayaba en lo cómico, estaban Isabella y Sophia. Isabella llevaba las gafas de sol de Amy sobre su cabeza, a modo de diadema ejecutiva. Sophia había sujetado su cola de caballo con una pinza dorada de Gael, emulando un moño severo. Frente a ellas, en la mesa de café, había varios objetos: el libro de cuentos antiguo, el bastón de caramelo, un plano del hotel garabateado por ellas, y una caja de galletas vacía.
—Toma asiento, por favor, señor Vance —dijo Isabella, señalando el sofá con un gesto ampuloso.
Gael intercambió una mirada con Amy, quien se encogió de hombros y se sentó en un sillón aparte, como observadora.
—Gracias por recibirme—dijo Gael, tomando asiento y adoptando un tono igualmente formal. Sentía que pisaba un campo minado de emociones infantiles, y cualquier error podría ser catastrófico.
—La primera cuestión del orden del día —anunció Sophia, consultando un papel garabateado— es la Cuenta de los Abrazos. —Alzó la vista, sus ojos serios—. Llevamos siete días. Nuestra data indica un déficit.
Gael parpadeó.
—¿Un déficit de…abrazos?
—Sí—confirmó Isabella, tomando el relevo—. Según los estudios que hemos visto en la televisión, los niños de nuestra edad requieren un mínimo de cuatro abrazos significativos al día para un desarrollo óptimo. Usted está promediando 0.8. Principalmente cuando tenemos pesadillas o nos tropezamos. Es insostenible.
Gael se quedó sin palabras. Miró a Amy en busca de ayuda, pero ella solo miraba al techo, como si estudiara un fascinante defecto en el yeso.
—Yo…no sabía que había una cuota establecida —logró decir.
—No es una cuota,es una necesidad operativa —rectificó Isabella, con una jerga que sin duda había absorbido de él—. Si el hotel no recibe mantenimiento, se cae. Si nosotros no recibimos abrazos, también.
—La segunda cuestión —continuó Sophia, pasando a otro punto de su lista— es la Política de Desayuno. Los cereales con forma de animales son ineficientes. Tardan más en comerse porque hay que clasificarlos. Proponemos tortitas los martes y jueves. Con forma de estrella. Es más rápido y la satisfacción es mayor.
Gael se frotó la sien. Estaba siendo negociado por dos estrategas de seis años.
—Podemos…considerar la propuesta de las tortitas.
—Excelente—dijo Isabella, haciendo una nota en su papel—. Punto tres, y el más crítico: el Protocolo de Estrellas.
Gael notó que Amy se enderezaba en su sillón, su expresión volviéndose atenta.
—¿Protocolo de Estrellas?
—Sí —Sophia bajó de su trono y cogió el plano del hotel—. En el cielo de la ciudad no se ven estrellas. Solo las falsas, las de los edificios. Pero Amy dice que en Nochebuena, si pides un deseo con el corazón muy fuerte, una estrella te lo concede. Es una tradición del Saint-Clair. Pero no hay un procedimiento establecido.
Isabella se unió a su hermana, señalando el plano.
—Hemos identificado el lugar óptimo:la terraza en la azotea, al lado de la antena. Pero está cerrada con llave. Y el manual de seguridad dice que está prohibido el acceso a menores. —Miró a Gael—. Usted es el director. Puede cambiar el manual.