La Última LÁgrima Que No Se SecÓ

LA ÚLTIMA LÁGRIMA QUE NO SE SECÓ

CAPÍTULO 1: EL ENGAÑO QUE TODO COMENZÓ
(3.000 palabras)
I
El sol de Lima calentaba los techos de Miraflores cuando Sofía encontró las fotos en la carpeta oculta del ordenador de Martín. Había entrado a revisar un documento de trabajo que él le había pedido enviar por correo, pero sus dedos resbalaron sobre el ratón, abriendo una carpeta con un nombre inocuo: “Archivos de Proyecto”. Dentro, no había planos ni informes, sino cientos de imágenes que mostraban a su marido de diez años abrazado, besando y compartiendo momentos íntimos con una mujer que conocía demasiado bien: Valentina, su propia hermana menor.
Las fotos databan de más de tres años atrás. La primera era de un fin de semana en Paracas, justo en el momento en que Martín había dicho que viajaba por negocios a Arequipa. En la imagen, Valentina llevaba el collar que Sofía le había regalado por su vigésimo quinto cumpleaños, y Martín sostenía su mano con una ternura que hacía tiempo no le dedicaba a su esposa. Sofía se quedó paralizada en el sillón de la sala de estar, sintiendo cómo el mundo que había construido con tanto esfuerzo se desmoronaba bajo sus pies como arena húmeda.
Habían conocido en la universidad, cuando ella estudiaba arquitectura y él cursaba derecho. Martín era el chico popular, el que siempre tenía una broma lista y una sonrisa capaz de iluminar el día más gris. Sofía, más reservada y centrada en sus estudios, se había sentido atraída por su confianza y la forma en que él la hacía sentir visible, importante. Después de dos años de noviazgo, se casaron en una pequeña ceremonia en el Club Lawn Tennis de La Molina, con sus familias reunidas y la promesa de construir un futuro juntos lleno de amor y estabilidad.
Durante los primeros años, todo había sido como en los cuentos. Compraron un departamento en San Isidro, él comenzó a trabajar en un despacho prestigioso y ella se estableció como diseñadora de interiores. Sus planes incluían dos hijos, una casa con jardín en Surco y viajes por el mundo. Pero poco a poco, las cosas habían cambiado. Martín empezó a llegar tarde del trabajo, encontró excusas para no acompañarla a eventos familiares y dejó de compartir con ella sus sueños y preocupaciones. Sofía había atribuido el distanciamiento al estrés laboral y a la rutina del matrimonio, nunca se había imaginado que la razón fuera tan cruel.
Mientras revisaba más fotos, descubrió que la traición no se limitaba solo a Valentina. Había otras mujeres en las imágenes, algunas con rostros desconocidos, otras que parecían colegas de trabajo. Cada clic del ratón era un puñalazo en su pecho, cada imagen una prueba de que el hombre al que había amado con locura era un completo desconocido. En una de las últimas fotos, fechada hace solo dos meses, Martín y Valentina estaban en la misma habitación de hotel donde ella y él habían celebrado su octavo aniversario de bodas. Debajo de la imagen, había un mensaje escrito a mano: “Mi amor por ti es más fuerte que cualquier vínculo de sangre. Pronto estaremos juntos para siempre”.
Sofía sintió cómo las lágrimas corrían por sus mejillas, mezclándose con el maquillaje que se deshacía bajo el calor de la tarde. Escuchó el sonido de las llaves en la cerradura y se apresuró a cerrar la carpeta y salir de la habitación. Martín entró con una sonrisa falsa en el rostro, llevando una bolsa con comida china, su cena favorita.
“¿Qué tal tu día, amor?” – preguntó él, acercándose para besarla en la frente. Sofía se apartó sin querer, sintiendo una ola de náuseas al sentir su aliento cerca. “Estoy cansada – respondió con voz rota – no tengo mucho apetito”. Martín frunció el ceño, notando su estado, pero no insistió. Se sentó en el sillón y encendió la televisión, mientras Sofía se refugiaba en el baño, donde se dejó caer en el suelo junto al inodoro y soltó un llanto silencioso, temiendo que él la escuchara.
En ese momento, juró a sí misma que descubriría toda la verdad, aunque eso significara destruir lo poco que quedaba de su vida. Sabía que el camino que se disponía a recorrer sería lleno de dolor y desilusión, pero no tenía otra opción: no podía seguir viviendo en una mentira, ni compartir su hogar con un hombre que había traicionado su confianza de la peor manera posible.
II
La noche se hizo presente y Martín se durmió en el sillón, con la televisión aún encendida. Sofía no pudo cerrar los ojos ni por un instante. Se quedó sentada en la cama, revisando su teléfono móvil en busca de pistas que la ayudaran a entender cómo había llegado hasta ahí. Encontró mensajes antiguos de Martín, llenos de amor y promesas, que ahora le parecían una burla. También encontró conversaciones con Valentina, en las que su hermana le escribía cosas como “No puedo esperar a que ella se vaya y podamos estar juntos” o “Eres el amor de mi vida, nunca debiste casarte con ella”.
Sofía recordó cómo Valentina siempre había estado cerca de ellos, cómo venía a cenar todos los fines de semana y cómo Martín siempre la trataba con especial atención. Había creído que se trataba de un afecto hermanastro, de la preocupación de un cuñado por su esposa menor. Nunca se había imaginado que detrás de esas muestras de cariño se ocultara una pasión prohibida.
A la mañana siguiente, decidió tomar cartas en el asunto. Mientras Martín se duchaba, revisó su cartera y encontró un billete de avión a Cusco para la semana siguiente, junto con una reservación en un hotel de lujo en la ciudad imperial. El nombre del huésped era “Martín y Valentina López”. Sofía sintió cómo la ira se apoderaba de ella, reemplazando momentáneamente el dolor. Guardó los documentos en su bolso y esperó a que él saliera del baño.
“Necesitamos hablar – le dijo con voz firme cuando apareció en la habitación, con la toalla aún alrededor de la cintura –. He descubierto tus cosas, Martín. Toda la verdad”. El rostro de Martín se puso pálido en un instante. Intentó hablar, pero no pudo articular ninguna palabra. “No tienes nada que decir – continuó Sofía – ya sé todo sobre ti y Valentina. Sobre los viajes, los hoteles, todas las mentiras que me has contado durante años”.
Martín se sentó en la orilla de la cama, con la cabeza baja. “Sofía, por favor – susurró – déjame explicarte. No es lo que parece”. “¿No es lo que parece?” – replicó ella con sarcasmo – “¿Entonces qué es? ¿Que me has estado engañando con mi propia hermana durante más de tres años? ¿Que has usado nuestro dinero para llevarla de viaje y darle regalos? ¿Qué más me tienes que contar, Martín? ¿Hay más mujeres? ¿Cuántas veces has traicionado mi confianza?”
Él levantó la mirada hacia ella, y en sus ojos vio una mezcla de culpa y algo más, algo que no pudo identificar en ese momento. “Solo es Valentina – dijo con voz rota – nunca he amado a nadie más que a ustedes dos. Perdóname, Sofía. No sé cómo pude hacer esto. Me he sentido atrapado en este matrimonio, en esta vida que construimos juntos. Valentina me hace sentir joven, me hace sentir vivo”.
Sofía sintió cómo su corazón se rompía en mil pedazos. Escuchar esas palabras del hombre que había amado con toda su alma fue más doloroso que cualquier traición. “Entonces todo lo que vivimos juntos no significó nada para ti – preguntó con voz quebrada – todos esos años, todas las promesas, todo fue una mentira?” Martín no respondió. Se limitó a mirar al suelo, con las manos temblando.
“Esto termina aquí – dijo Sofía, levantándose de la cama – voy a llamar a un abogado y empezaré los trámites de divorcio. No quiero volver a verte nunca más en mi vida”. Martín alzó la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas. “Por favor, Sofía – suplicó – no hagas esto. Podemos arreglar las cosas, podemos ir a terapia de pareja, podemos empezar de nuevo”. “No hay nada que arreglar – respondió ella con firmeza – tú ya tomaste tu decisión cuando decidiste engañarme con mi hermana. Ahora tienes que enfrentar las consecuencias”.
Sofía cogió su bolso y salió de la habitación, dejando a Martín solo en la cama, con la cabeza entre las manos y un llanto ahogado que resonó por todo el departamento. Ella bajó las escaleras del edificio con paso rápido, sintiendo cómo el sol de la mañana le daba en la cara y cómo las lágrimas seguían corrriendo por sus mejillas. Sabía que su vida nunca volvería a ser la misma, que el camino que se disponía a recorrer sería largo y difícil, pero también sabía que había tomado la decisión correcta: no podía seguir viviendo con un hombre que no la amaba, que la había traicionado de la peor manera posible.
Al salir a la calle, llamó a su mejor amiga, Camila, que vivía en Barranco. Le contó todo lo que había descubierto, y Camila la invitó a ir a su casa para estar con ella. Sofía aceptó, sabiendo que necesitaba el apoyo de alguien en quien pudiera confiar, alguien que la ayudara a enfrentar la tormenta que se avecinaba. Mientras caminaba hacia la parada de autobús, pensó en su familia, en cómo iban a reaccionar cuando supieran la verdad sobre Martín y Valentina. Sabía que la noticia sería un golpe para todos, especialmente para sus padres, que siempre habían visto a Martín como el yerno perfecto. Pero también sabía que no podía ocultar la verdad, que tenía que decirlo todo, aunque eso significara romper los lazos familiares que tanto había valorado durante toda su vida.
III
Llegó a la casa de Camila alrededor de las diez de la mañana. Su amiga la recibió con los brazos abiertos y una taza de té caliente en la mano. Sofía se dejó caer en el sillón de la sala de estar y empezó a contar todo lo que había pasado, desde el momento en que encontró las fotos hasta la conversación con Martín esa mañana. Camila la escuchó con atención, sin interrumpirla ni hacer juicios. Cuando terminó de hablar, su amiga la abrazó fuerte y le dijo: “No te preocupes, cariño. Estoy aquí para ti, pase lo que pase. Vamos a salir adelante de esto, juntos”.
Mientras tomaban té, Camila le habló de su propio divorcio, que había sucedido hacía dos años. Le contó cómo había descubierto que su marido la estaba engañando con una secretaria del despacho donde trabajaba, y cómo había tenido que enfrentar el proceso legal y la presión de su familia para perdonarlo y seguir adelante con el matrimonio. “Al final – dijo Camila – me di cuenta de que no podía vivir con alguien que no me respetara ni me amara. Me costó mucho aceptarlo, pero ahora sé que tomé la decisión correcta. Soy más feliz sola que estando en un matrimonio lleno de mentiras y traiciones”.
Sofía escuchó atentamente las palabras de su amiga, sintiendo cómo su apoyo la ayudaba a sentirse un poco mejor. Sabía que no iba a ser fácil superar todo lo que había pasado, pero también sabía que no estaba sola, que contaba con personas que la querían y que estarían ahí para ella en los momentos difíciles.
Después de hablar durante horas, Camila sugirió que llamaran a un abogado especializado en casos de divorcio. Conoció a uno llamado Ricardo Mendoza, que había trabajado en su propio caso y que era conocido por su profesionalismo y su empatía con las víctimas de infidelidad. Sofía aceptó, y Camila llamó inmediatamente para concertar una cita para esa misma tarde.
A las tres de la tarde, llegaron al despacho de Ricardo Mendoza, ubicado en el centro de Lima. El abogado recibió a Sofía con una sonrisa cálida y una mano firme. Escuchó su historia con atención, haciendo preguntas precisas y tomando notas en un cuaderno. Cuando terminó de explicarle todo lo que había sucedido, Ricardo le dijo: “Lo siento mucho por lo que estás pasando, Sofía. Traicionar la confianza de alguien que te ama es una de las cosas más crueles que se puede hacer. Pero te aseguro que estaré aquí para ayudarte a conseguir el divorcio más rápido y justo posible. También podemos considerar acciones legales contra tu marido y tu hermana si así lo deseas, especialmente por el uso indebido de tus bienes comunes para financiar sus aventuras”.
Sofía pensó por un momento. No quería meterse en una batalla legal larga y costosa, pero también no quería que Martín y Valentina se salieran impunes por lo que habían hecho. “Quiero el divorcio lo antes posible – dijo con firmeza – y quiero que me devuelvan todo lo que él gastó en ella con nuestro dinero. No quiero nada más de él, solo quiero cerrar esta etapa de mi vida y seguir adelante”. Ricardo asintió y le explicó los pasos que tendrían que seguir: presentar la demanda de divorcio, realizar la división de bienes, y si es necesario, llevar el caso a juicio. También le advirtió que el proceso podría ser difícil emocionalmente, especialmente si Martín intentara oponerse o buscar una conciliación.
Al salir del despacho, Sofía sintió un peso menos en sus hombros. Sabía que aún tenía un largo camino por recorrer, pero al menos ahora tenía un plan, alguien que la ayudara a enfrentar la situación y la seguridad de que estaba haciendo lo correcto. Camila la acompañó de regreso a su casa, donde Sofía recogió algunas de sus pertenencias antes de irse a vivir con ella temporalmente. No quería volver a pasar una noche más en el departamento que había compartido con Martín, no quería volver a ver su rostro ni escuchar su voz.
Cuando llegaron al departamento, encontraron a Martín sentado en el sillón de la sala, con las manos entre las piernas y la cabeza baja. Al verla entrar, se levantó rápidamente. “Sofía – dijo con voz rota – por favor, déjame hablarte. He estado pensando en todo lo que pasó esta mañana, y me doy cuenta de lo terrible que he sido contigo. Te amo, Sofía. Realmente te amo. Valentina no significa nada para mí en comparación contigo. Por favor, dame una segunda oportunidad. Prometo que dejaré de verla, que haremos todo lo posible para arreglar nuestro matrimonio”.
Sofía se detuvo en la puerta de la sala, mirándolo a los ojos. En ese momento, vio no solo al hombre que la había traicionado, sino también al chico al que había amado en la universidad, al hombre con quien había soñado construir un futuro juntos. Pero esos sentimientos de amor y nostalgia fueron rápidamente reemplazados por el dolor y la ira que sentía por su traición. “No puedo, Martín – respondió con voz firme – ya es demasiado tarde. Ya he hablado con un abogado y estoy empezando los trámites de divorcio. Quiero que te vayas de este departamento lo antes posible. No quiero volver a verte nunca más”.
Martín sintió cómo las lágrimas corrían por sus mejillas. Sabía que no podía hacer nada para cambiar su mente, que había perdido para siempre a la mujer que amaba. “Lo entiendo – dijo con voz ahogada – lo siento mucho por todo lo que te he hecho. Espero que algún día puedas perdonarme”. Sofía no respondió. Se limitó a darle la espalda y subir las escaleras a la habitación, donde empezó a empacar sus cosas. Martín se quedó en la sala por unos minutos más, luego cogió su abrigo y salió del departamento, cerrando la puerta con un ligero clic que resonó por todo el hogar que habían compartido durante diez años.
Sofía se quedó sola en la habitación, rodeada de cajas y bolsas con sus pertenencias. Miró alrededor, recordando todos los momentos que habían vivido juntos en ese lugar: las risas, las lágrimas, las promesas que ahora parecían tan vacías. Sintió cómo un nuevo llanto se despertaba en su pecho, pero esta vez no era de dolor o ira, sino de tristeza por todo lo que habían perdido, por el amor que nunca debió morir de esa manera. Sabía que el camino hacia la sanación sería largo y difícil, pero también sabía que tenía que seguir adelante, que tenía que encontrar la fuerza para construir una nueva vida, una vida en la que no hubiera lugar para las mentiras ni las traiciones.




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